Archivos para 20 abril 2007

20
Abr
07

Europa.

¡Ay, Europa, Europa! ¿Dónde vas, Europa? ¿A dónde te dirigen?
¿Quién eres, Europa? ¿Eres Estrasburgo o eres Bruselas? ¿O acaso eres Paris, Berlín, Londres, Roma, Madrid, todas y ninguna? ¿Eres Praga o Sofía? ¿Dónde
estás, Europa? ¿Dónde vas, Europa?

Europa sufre de esquizofrenia. Ya no sabe si es una vieja dama, una joven niña aun por nacer, un selecto club de seis, diez, doce, quince, veinticinco, veintisiete miembros, una inmensa comunidad de vecinos,
un botín de mercado o una fábrica de normativas. Quinientos millones de personas con la única idea en común de que quieren tener algo en común. Todo lo demás:
discrepancias. Gobiernos, funcionarios, parlamento, empresas, corporaciones… La Europa del capital, la Europa de los pueblos, la Europa de los estados. La Europa de los ciudadanos. Mil falacias para una gran mentira: Europa.

Pero ocurrió lo que nadie se esperaba: el primer “NO” a Europa no fue pronunciado en inglés, sino en francés y en flamenco. Algo ha de
fallar para que desde el mismo corazón de Europa se reniegue de esta Europa. Algo debe de estar mal para que la Galia de Cesar –-aquella tesela fundamental del mosaico del Imperio Romano, aquella que le dio alas para cruzar el Rubicón y hacer nacer a esaprimera Europa–, para que el Imperio de Carlomagno, para que la Frisia de Lotario, la joya de la Corona borgoñona, renieguen
de esta farsa que tiene el descaro de llamarse Europa.

Ahora todos se preocupan, se preguntan unos a otros qué se puede hacer, se pide calma, tiempo. “Komt Zeit, komt Rat”, como dicen los teutónicos. “Que no cunda el pánico. Aun podemos salvar el pellejo”,
pero ¿cómo?

Dijo una vez Curzio Malaparte –cuando los asientos ocupados por los fascistas en Roma aun estaban calientes, los nazis se retiraban hacia el norte y aquellas dos locuras, la nazi y la fascista se consumían en sus propias ascuas– que “nuestra verdadera patria es la piel”. Y es que hubo un tiempo en que en Europa se mataba y se moría por salvar el alma, en el que en el nombre de Dios y de la salvación de las almas se proclamaban guerras. Y hubo otro tiempo en el que en el nombre de la Libertad y la Razón se pretendió salvar a la humanidad , matando y muriendo por ello. Pero hoy, seis décadas después de que Malaparte pronunciara sus palabras, tan sólo buscamos salvar nuestra propia piel.

Hemos caído en lo más bajo que podíamos haber caído. Algunos han puesto el dedo en la llaga, pero su voz exhala un aliento que apesta a incienso pascual o a redencionismo evangélico (lo cual siempre hace sospechar que su verdadera intención es llenarse el bolsillo, aun más): Europa está perdida espiritualmente. Pero que las palabras vengan de quien vienen no les
resta razón. A Europa, a los europeos, lo que nos pasa es que ya no creemos en nada, ni siquiera en nosotros mismos. Europa ya no cree ni en Europa. Y cualquiera que escuche esta verdad (yo incluido)lo primero que se le viene a la mente es un crucifijo o una media luna. ¡Qué bajo has caído, Europa! Tan escéptica te has vuelto que ya no sabes creer en nada que no tenga un dios de
por medio.

Hubo un tiempo en el que unos ateos crearon una nueva forma de paganismo. Crearon un dios –el Estado, el Pueblo, la Raza–; robaron y prostituyeron despiadadamente un hermoso símbolo sagrado, un símbolo milenario de felicidad, de buenos augurios, de paz, de deseos de felicidad y de
armonía –la esvástica– hasta tal punto que se hizo abominar de él; pervirtieron una filosofía –la de Nietzsche– y una hermosa cultura –la germánica– para hacer de ellos el vehículo de la más execrable de los sacrificios a su nuevo dios. De la misma manera que los griegos y romanos ofrecían holocaustos de aves, corderos y toros a sus dioses, estos subhumanos acomplejados ofrecieron sacrificios de sangre humana a su dios Raza. La más funesta de las locuras,
la más execrable de las abominaciones, la forma más horrible de las cegueras enfermó Europa, y miles de gargantas, jurando al unísono fidelidad al Líder, al Estado y a la Raza, consiguieron ahogar los desesperados gritos de la Razón.
El hombre mató al hombre por venir de un linaje distinto, por tener distintas creencias, por comer ciertos alimentos, por comunicarse en determinadas lenguas, por comulgar con diversas ideas, o sencillamente por haber cometido el terrible pecado de nacer bajo una bandera ajena.

Cuando no hubo más remedio que imponer la razón y la paz por medio de las armas, cuando el hombre tuvo que enseñarle a su hermano a dejar de
ser un animal para volver a convertirse en un ser humano, cuando éste se dio cuenta de su horrible error y se avergonzó hasta lo más profundo de su corazón por sus crímenes y su comportamiento, se impuso una evidencia, una verdad indiscutible: había llegado, finalmente, el día en que despertaba Europa, el día en que no podía continuarse siendo una familia desvertebrada en la que ningún hermano reconocía como tal a su hermano. Tras un milenio y medio desde la caída del Imperio Romano, pasados mil años desde el nacimiento de las naciones de Europa, cinco siglos después de la formación de los estados independientes, al sin llegó el día en que Europa reconocía la gran verdad sobre sí misma: el recuerdo casi infantil, atávico, innato, de la pax romana, de la unidad bajo los Imperios de Augusto, de Trajano y de Carlomagno, la prosperidad, la paz y la estabilidad que supone el no perder una generación en guerras… Ninguna nación, ningún pueblo podía, con sinceridad, renunciar a ello, pero ninguno estaba dispuesto a dejarse doblegar por ninguno de sus hermanos. Por eso, los hijos de Carlomagno pactaron, en el seno de la madre Roma, caminar unidos desde un 25 de marzo de 1957 en adelante, e invitaron a todos los pueblos, naciones y estados de Europa a acompañarlos en su caminar.

Debió de ser un momento de gran emoción, probablemente el último en que Europa creyó en algo: en sí misma, en la propia Europa. Sin embargo el mundo estaba entonces dividido en dos concepciones políticas y económicas opuestas: la de los seguidores de Adam Smith y la de los seguidores de Karl Marx.

El proyecto europeo nace bajo la égida estadounidense, y por lo tanto con vocación capitalista. Se programa una institución suprenacional que da prioridad al mercado, y las empresas protagonizan la nueva comedia. Los burócratas y los economistas se habían infiltrado en el proyecto desde su rigen. Los estados se reservan la dirección del mismo, robando a los pueblos su poder y vendiendo sus ilusiones a las empresas. Los intereses económicos y nacionales ralentizan el avance político de integración, la decisión de crear una institución plena, de vertebrar definitivamente este nuevo proyecto.

En el tiempo en el que caminamos juntos, los europeos hemos visto caer el comunismo, nacer naciones, aparecer el integrismo islámico de corte wahhabista, el integrismo islámico de corte shií, el surgimiento de
los movimientos de ciudadanos, la concienciación sobre la gravedad de las enfermedades de nuestra madre Tierra… Pero hemos perdido la fe en Europa. Medio siglo de libertad de mercado, de algunas ventajas de movilidad para los ciudadanos, pero poco más. Muchas infraestructuras, sí, pero demasiada burocracia y demasiado poder de los estados. Los estados, guionistas de esta
comedia, han decidido darle el papel protagonista al mercado, al dinero, a las empresas. Y los europeos, los ciudadanos, cada vez nos sentimos más como figurantes. La maquinaria de los estados, verdaderos directores de la comedia, no se atreve a ceder su poder a los pueblos, porque la unidad –la verdadera unidad europea– implicaría a la larga prescindir de ellos, y eso supondría
su desaparición. El excepticismo ha ido calando cada vez más entre los europeos, que empiezan a cansarse de ser engañados y manipulados por esta Europa.

Pero los estados y las empresas no habían calculado bien, y no contaban con que no toda la sociedad europea es borrega. La maquinaria burocrática no contaba con un “NO” a su proyecto de Constitución, redactado por un burócrata francés liberalista y tecnócrata, y no por un parlamento constituyente elegido democráticamente para ello. El director, los guionistas y la protagonista no se esperaban la negativa de los figurantes, y ahora no saben cómo continuar con la comedia. Los jefes de estado y de gobierno se miran los nos a los otros preguntándose mutuamente qué hacer ahora.

Los europeos estamos desencantados con este proyecto de Europa. La abstención no sólo muestra desinterés, sino un vacío, un vacío
ideológico, un vacío espiritual, un vacío intelectual: el de una sociedad basada en la economía, que carece de metas, a la que le han robado las ilusiones, una sociedad abocada a un liberalismo salvaje y enfermizo. Una sociedad en la que
los jóvenes tienen cada vez más incertidumbre sobre su propio futuro, en la que casi hay que pagar para trabajar, o en la que el trabajo es pagado a precios irrisibles.

Francia y Holanda han dicho “NO” a ese modelo de Europa. No se niegan a que Europa se vertebre en un proyecto, pero no aceptan cualquier proyecto, porque lo que nos han presentado es sólo un proyecto, tan solo una
posibilidad más de entre las miles que hay de construir Europa.

Ha llegado el momento de dar voz al pueblo, a todos y cada uno de los ciudadanos europeos. Europa está ante una encrucijada. Los ciudadanos no queremos seguir formando parte de una Europa que nos ignora. Queremos ser los
protagonistas de Europa. La democracia significa que es el pueblo el que decide, quien tiene el poder, quien elige lo que quiere. En una democracia, el sujeto de derecho debe ser el ciudadano, el ser humano, y no las empresas o las administraciones intermedias. La única entidad con poder de decisión debe ser cada uno de los ciudadanos. Los estados y el resto de administraciones no son
más que la concreción común de las aspiraciones del conjunto de las personas que viven en sociedad. Por eso los estados no pueden imponer ningún modelo al conjunto sus súbditos si este modelo no ha surgido de la propia voluntad
popular. Y la administración europea debe comprender que las empresas, el mercado, la economía no son más que un instrumento, que el dinero es un medio de vida, no un fin en sí mismo. Cuando la vida de un ser humano gira entorno al dinero, cuando el dinero se convierte en el único fin, la única meta
de la existencia de alguien, esa persona ha dejado de ser persona. Cuando un estado no es capaz de comprender que la economía es sólo un instrumento para el bienestar y el progreso de sus ciudadanos –de TODOS sus ciudadanos–, ese estado pierde toda legitimidad y pierde la confianza de la sociedad.

Ha llegado el momento de que Europa vuelva a creer en Europa, de que los europeos nos escuchemos los unos a los otros, tomemos el poder y decidamos la manera en la que queremos seguir juntos. Sólo así puede
haber Europa.