07
Mar
08

Antonio Aizpuru

Bajito, o mejor dicho, achaparrado; pantalones de pinza con las bolsillos manchados de tiza; el pelo negro ensortijado; frente a la pizarra, mirándonos y sonriendo, con esa sonrisa que le llenaba la cara, de oreja a ojera, casi cerrándole los ojos; sonrisa de niño grande. Así es como recuerdo a Antonio Aizpuru.

Antonio fue mi profesor desde el primer día que comencé mi carrera como matemático. Me dio asignaturas en primero, segundo, cuarto y quinto de carrera. En total seis asignaturas y un seminario. Es seguramente el profesor con el que más horas de clase he pasado. Y qué horas… Al tercer o cuarto día de clase ya había dado tanta cantidad de materia que por mucho que te lo propusieses, ya te habías perdido. Sus clases eran el más estricto modelo del esquema "teorema-demostración". Horas y horas de abstractos contenidos, de cálculos y tecnicismos, de complicadas definiciones… Y sin embargo, paradójicamente, uno nunca se aburría. Antonio llenaba esas horas con su personalidad, su humor, su presencia… Yo me he perdido muy pocas de esas horas. Era genial ver cómo daba vida a esos abstractos y aburridos conceptos, haciéndolo humanos:  "yo llamo a todos los términos de la sucesión a mi despacho, y les voy preguntando si viven a menos de épsilon del límite", "a los elementos ê los llamaremos los chinos, por el gorrito de chino que llevan, y a los x** los llamaremos capitanes, por las 2 estrellas", "no me numeres los densos, mis densos no son numerables, no me numeres los densos, que yo no soy separable", y un larguísimo etcétera.

No tengo la calidad y los conocimientos suficientes como para juzgar su trabajo como investigador. Sólo sé de ello que tenía una basta colección de publicaciones, y que una vez, con motivo de la visita de un amigo matemático rumano a Cádiz (Bogdan), cuando le dije a ese amigo que llegaría más tarde porque iba a estar en el despacho de Aizpuru preguntándole una cierta duda, me miró con los ojos como platos y me dijo: "¿Aizpuru, Antonio Aizpuru? ¿El de la propiedad tal (no recuerdo lo que era)?". Yo le dije que sí, que seguramente no habría muchos matemáticos apellidados Aizpuru, y que me sonaba que ese tipo de propiedades eran de las típicas que a él le gustaba estudiar. Bogdan me dijo que su tesis doctoral versaba sobre cierta propiedad, y que se había basado mucho en esos resultados de Antonio.

Sus exámenes eran titánicos: cinco horas, diez preguntas, cada pregunta con seis o siete apartados… Tenías que conocer la materia -una materia nada sencilla, y sobretodo muy extensa- al dedillo para no tener la más mínima duda. En las asignaturas de cuarto y quinto, además, a veces ponía algún problema con el que estaba trabajando en ese momento y que no le salía. Pero luego era muy generoso con las notas. Si se quedaba con la impresión de que habías estudiado lo suficiente, no tenía ningún reparo en aprobarte. Para él un examen era una prueba de aptitud, de cómo habías asimilado la materia, que constaba de muchas pruebas, pero de las que no tenías que superar nada en concreto. Sencillamente tenías que demostrarle que habías comprendido la materia, que la habías asimilado, que podías defenderte, con independencia de que pudieras resolver 5 de las 10 preguntas. Él no puntuaba: juzgaba lo que sabías por lo que hacías. Si consideraba que lo que hacías demostraba que sabías lo suficiente, no dudaba en aprobarte y en ponerte la nota que él considerara más acorde con lo que demostrabas que sabías. Si veía que tus conocimientos estaban demasiado verdes, que no habías asimilado la materia, que no tenías destreza, que sólo repetías como un loro lo que te habías aprendido de memoria… En ese caso no podías engañarle, y no te aprobaba.

Supongo que ya no importa, así que lo diré. Espero que, esté donde esté, Antonio me perdone por revelarlo. Antonio me aprobó un par de asignaturas optativas sin siquiera hacer el examen. Y en una de ellas me puso muy buena nota. Sé que es injusto para los otros compañeros, que tuvieron que lidiar con cuatro o cinco exámenes. Pero en mi defensa he de decir que estoy totalmente convencido de que Antonio sabía lo que hacía. Me había pasado todo el verano estudiando, le había preguntado sobre decenas de dudas, habíamos colocado la fecha del examen de manera que a ambos nos viniera bien (es una de las ventajas de que en una asignatura sólo seamos seis alumnos matriculados, y que además todos los demás hayan aprobado en junio; en otra de las asignaturas que tuve con él éramos tan sólo tres los alumnos matriculados). Creo que él ya sabía cuánto sabía yo sobre las asignaturas incluso el día en que fijamos el examen, dos o tres semanas antes del mismo. Así que, cuando llegó la fecha, cuando entré en su despacho con la cabeza llena de teoremas y definiciones, dispuesto a pasar cinco horas peleándome con sus preguntas, me miró y me dijo: "Mira, yo no tengo ganas de ponerte un examen ahora. Imagino que tú tampoco tienes ganas de hacerlo. Total, si has venido es porque estás preparado." Y lo mismo hizo al año siguiente con otra de las asignaturas. Así era Antonio.

Si algo era propio de él como profesor era las ganas de ayudarnos como alumnos. Siempre estaba con la coña de que la relación profesor-alumno era una lucha de clases, en la que él era el patrón y nosotros los proletarios. Pero a la hora de la verdad nos ayudaba aun a costa de que desde el decanato le llamaran la atención. De hecho, durante un cierto periodo llegó a comportarse de una manera un tanto gamberra, buscando casi el enfrentamiento con el decanato, para favorecernos. Cambios de exámenes, permitirnos hacer las dos vueltas de cada convocatoria y elegir la nota más alta, permitirnos mirar los apuntes durante unos minutos por si nos habíamos atascado en algún paso… Y cuando éramos pocos, nos regalaba directamente el examen: nos llevaba a los despachos vacíos y nos dejaba allí solos haciendo el examen, sin pasarse por allí más que una vez o dos, y siempre haciendo el suficiente ruido como para que nos enteráramos de que llegaba. También muchas veces nos daba caramelos o chocolate durante los exámenes, o agua en verano.

Incluso hay una cierta anécdota de dos compañeros a los que sólo les quedaban dos asignaturas para terminar, una de ellas de Antonio. Una tarde de verano, a mediados de junio quizá, Antonio se los encontró a ambos en la cafetería. Ellos habían hecho una pausa, pues estaban estudiando en la biblioteca para el examen de la otra asignatura. Antonio se les acercó y charló con ellos. Les preguntó que si se iban a presentar a su examen, a lo que ambos dijeron que no, que ya en septiembre. Antonio les dijo que por qué. Ellos dijeron que el examen de la otra asignatura era en julio, y que no tenían tiempo, que el examen de su asignatura les venía en muy mala fecha. Antonio les dijo: "¿cuándo lo queréis hacer?" Ambos alumnos se miraron y se rieron: "Antonio, no tenemos tiempo, pero muchas gracias." "¿Cómo que no? Venga, cuándo os viene bien." "Antonio, gracias, pero es que no hay tiempo, como no nos pongas el examen el 31 de julio, no vamos a tener tiempo para hacerlo." Antonio los miró y sin siquiera pensarlo un momento les dijo: "Pues el 31 de julio os venís a mi despacho y os hago el examen." Los dos alumnos se miraron asombrados. Eso supera con creces la marca de la fecha más prostrera en la que yo he hecho un examen: un 14 de julio. ¿Adivinan qué profesor hacía exámenes en un 14 de julio…?

Pero la cosa no termina ahí. Cualquiera que haya estudiado Matemática en la UCA sabe lo que son los exámenes de junio. Son casi dos meses de exámenes con muchísimo calor. ¡Dos meses! Dos meses de exámenes son demasiado. Para cualquiera. Cuando llegan las fechas de San Juan y ves cómo casi todo el mundo ha terminado ya menos tú, y que a ti aun te quedan tres semanas, mientras los demás están ya en la playa… Es inhumano, y pienso sinceramente que es esa la principal causa del fracaso académico. Imagínense a estos dos alumnos, un 31 de julio, con la presión añadida de que están a punto de terminar la carrera… Y la materia de aquél examen es extensísima. Se presentaron sólo por intentarlo. Al fin y al cabo era sólo una asignatura optativa, la última para terminar, y no perdían nada. Pero no iban bien preparados. Uno de ellos, al ver el examen, tras pasarse media hora intentando recordar, se dio por vencido y fue a decirle a Antonio que abandonaba, que se presentaba en septiembre. Antonio lo miró y le dijo: "Anda… Anda, siéntate y demuéstrame el Teorema de Bolzano" (un teorema muy básico que se estudia en primero de carrera en su versión más particular, y que luego estudiamos en otras asignaturas bajo otras versiones, con una demostración aun más sencilla).

No sabría decir la de horas que he pasado en su despacho, preguntándole cientos de dudas. Me tenía por un caso imposible, sin remedio. Siempre decía que lo que tenía que hacer es dejar de estudiar tan a fondo y empezar a estudiar para aprobar, que sólo hacía lo que me daba la gana (matemáticamente hablando, lo que quiere decir no que no estudiara, sino que estudiaba aquello que me apetecía, que me gustaba); que dejara de una vez la Topología y me pusiera a estudiar las asignaturas que me quedaban. Francis Cadenas y yo éramos su gran preocupación académica. Veía en nosotros talento, madera, veía que nos gusta lo que hacemos, lo que estudiamos, pero que no estudiamos para aprobar, sino para aprender. Se desesperaba con nosotros, porque en el fondo él era igual que nosotros. Pero a diferencia que nosotros, él cuando llegaban los exámenes dejaba el placer a un lado y se ponía a estudiar lo que caía en los exámenes, según me confesó una vez. "Como no apruebes de una vez la Estadística, te pego dos ostias.", me decía hace tres años. "A ver si me terminas ya de una vez, cojones…". Pero no lo decía como regañina ni para que empezara a buscar trabajo, ni nada de eso. Lo decía para que pudiera dedicarme completamente a estudiar e investigar.

Con los años habíamos entablado una curiosa amistad. Se preocupaba especialmente por mí, lo cual no le impedía suspenderme si no veía claro que hubiera aprendido lo suficiente. Pero le encantaba hablar, de Matemática y de lo que fuera: política, religión, filosofía, la vida, etcétera , y como a mí me encanta escuchar, enseguida conectamos muy bien. Jamás me concedió ningún favor especial. No me trató de manera distinta al resto de sus alumnos, académicamente hablando. No fui el único que se benefició de sus "pocas ganas repentinas" de hacer un examen, aunque ya he dicho que sólo creo que lo hiciera cuando estaba convencido de que el examen iba a decirle lo que ya sabía sobre cómo dominábamos la materia. Tampoco se cortó un pelo cuando tuvo que suspenderme, ni fui alumno colaborador suyo, ni me beneficié de las becas de colaboración que dependían de él. Pero tuve el privilegio de estar cerca de él, de él como persona y como matemático. Tuve el privilegio de que me permitiera entrar un poco en su vida, en su mundo. Me invitó a los seminarios de Análisis que él dirigía, me contaba en qué problema trabajaba, qué cosas había hecho quién últimamente en el mundo de la investigación, a qué tema le gustaría dedicarse cuando terminara con lo que estaba haciendo… Y me alegra decir que a veces pude poner mi pequeñito grano de arena, al conseguirle algún libro interesante. Él sabía de mi pasión por los libros -matemáticos y no matemáticos- y de vez en cuando me encargaba la cruzada de conseguir alguno que se le resistía. No fueron muy numerosas las ocasiones, pero en todas pude conseguir lo que me pedía, aunque tardara meses en hacerlo.

Antonio siempre estaba ahí para echarte una mano. Hubo periodos en los que yo no era alumno suyo, oficialmente. Quiero decir que no estaba matriculado en ninguna de sus asignaturas. Aun así, cuando deambulaba por el pasillo del Departamento de Matemática, nunca dejaba de acercarme a su despacho, ya fuera para saludar, ya fuera para comentarle una duda en concreto. Nunca me dio largas. Nunca. Siempre intentaba despejar mis dudas. En los dos o tres últimos años, también me daba sencillamente ánimos. A veces, cuando salía de algún examen que no me salía bien, me soltaba una de esas charlas en las que las cosas perdían la gravedad que tenían y me elevaba la moral, o me felicitaba cuando me había salido bien un examen especialmente difícil.

Antonio era de Análisis. No cabe ninguna duda. Yo no, yo soy de Álgebra y de Geometría. Esa es la razón de que yo nunca intentara seriamente meterme en las filas de sus colaboradores, ni de que él me animara a hacerlo. Sabía que yo era animal de otro corral, y que no iba a estar a gusto nadando entre sus problemas, que no eran los problemas que a mí me apasionaban. Eso se notaba, se notaba que el Análisis no me disgusta, pero que el Álgebra y la Geometría me apasionan. Él sabía que si había tomado sus asignaturas no era porque me sintiera a gusto entre sus conceptos y sus demostraciones, sino por razones prácticas, y porque mejor eso, que seguía siendo Matemática Pura, que las Aplicadas, la Didáctica o la Geodesia. Pero aun así teníamos una pasión en común: la Topología. Es imposible explicar para un profano lo que es la Topología, y ahora tampoco tengo ganas de hacerlo. Sólo diré que no tiene nada que ver con la Topografía, con la que la gente la confunde mucho. La Topografía se parece a la Topología como la Economía a la Ecología: es decir, sólo en el nombre.

No me avergüenza decirlo: estoy enamorado de la Topología. Y la culpa (bendita culpa) la tiene Antonio y su libro de Topología. El único manual realmente completo que he visto al respecto. Creo que le gustaba poder tener a alguien fuera del círculo del Análisis que amara tanto la Topología como él. A veces charlábamos sobre tal o cual contraejemplo, sobre lo curioso de cierta propiedad, e incluso alguna que otra vez me comentaba algún problema abierto, de esos de los que él ya no se ocupaba, pero que le encantaría que alguien resolviera alguna vez. Durante algunos años, su libro de Topología fue mi libro de mesilla de noche. En serio, me pasaba (a veces demasiadas) horas hojeándolo, leyendo una parte u otra… Incluso cuando me hartaba de estudiar otras cosas, muchas veces me ponía a leerlo. Creo que es el libro del que más he aprendido como matemático.

Porque Antonio fue el primero en abrirme las puertas de la Matemática. En su primer día de clase nos explicó cómo está construida realmente la Matemática. Hace unas horas he vuelto a leer las primeras páginas de su libro de Dominios Algebraicos Numéricos, Los principios del Análisis Matemático. Esas primeras páginas son las que cambiaron totalmente mi forma de ver la Matemática -forma de verla que sólo ha evolucionado un poco, madurado, pero no cambiado- del utilitarismo del Bachillerato a la sutil forma de arte como la considero ahora, confirmando mis sospechas. Gracias a Antonio supe desde el primer día de clase que finalmente no me había equivocado de carrera, que efectivamente, lo que iba a estudiar, se le parecía mucho a lo que suponía que iba a estudiar.

Como es natural, hablo de Antonio desde mi perspectiva como alumno y como matemático. Pero a nadie que lo conociera se le escapa que Antonio tenía una dimensión humana que sobrepasaba con creces su figura como profesor y como matemático. Siempre, siempre estaba dispuesto a echar una mano a quien lo necesitara. Me llevó a mi casa decenas de veces en su coche, como a otros compañeros. Si no tenías dinero para el autobús, siempre tenías un sitio en su coche. En esos viajes en coche desde el Campus de Puerto Real hasta que me dejaba cerca de mi casa es donde más lo conocí. Sus ideas republicanas federales, su catolicismo practicante, su visión de la vida. Me contó decenas de batallitas, de historias de cuando tenía mi edad. Me hablaba de su mujer, de la que aun estaba profundamente enamorado, y de sus hijos, a los que quería con locura. En una de esas ocasiones es donde me dio la segunda lección más importante que me dio jamás. Hablábamos de su preocupación por el futuro laboral de su hijo, y me dijo que él jamás le había dicho qué es lo que tenía que hacer. Antonio me dijo que eso es basarse uno en la propia experiencia para aconsejar a otro cuál es el camino que debía seguir. Estábamos parados frente un semáforo en rojo, me miró y me dijo: "y la experiencia, Javi, es una de las cosas menos transferibles que existe". A él le había ido bien haciendo unas cosas, pero los tiempos habían cambiado, las circunstancias que su hijo vivía eran distintas a las que vivió él… No podía transferirle a su hijo su experiencia. Por eso no le decía qué era lo que tenía que hacer, y le dejaba que él mismo lo descubriera. En esa frase Antonio plasmó una verdad que llevaba yo bastante tiempo rondando. Me confirmó algo que hacía tiempo que sospechaba: nadie es quién para decirte lo que tienes que hacer. Ni siquiera tu propio padre.

He dicho que esa es la segunda lección más importante que me dio. La primera fue con su ejemplo: su humanidad, su buen humor, su preocupación y entrega a los demás. Antonio era una de esas personas que hacía que el mundo fuera un poquito mejor, que te hacía creer que el ser humano no es tan malo, que existe buena gente en el mundo. Y lo más importante es que con su ejemplo ha conseguido sembrar esa semilla en todos los que lo conocíamos. Tal vez no todas las tierras sean buen terreno para que esa semilla crezca, pero en muchos de nosotros caló hondo su ejemplo.

La última vez que estuve en el Campus, como todas las veces desde hace ya un par de años, me pasé por su despacho. Como de costumbre estaba abierto, pero vacío. Tenía que hacer ciertas cosas, así que me marché a hacerlas con la idea de volver más tarde. Desgraciadamente tardé bastante más de lo que imaginaba. Eran ya la una y media y debía marcharme a casa a preparar la comida para mi hermana y mi hermano, que llegaría de trabajar sobre las tres. Había huelga de los autobuses de Comes, y estos pasaban cada dos horas. No sabía cuándo había pasado el último, pero no podía arriesgarme a dejar a mis hermanos sin comer cuando llegaran, así que al pasar por la puerta de sus despacho no entré a saludar. Ni siquiera sé si estaba allí o no. Pero sí que sabía que me volvía a Alemania en tres días y que ya no iba a regresar al menos hasta junio. Así que en ese mismo momento me resultó feo pasar por la puerta de su despacho sin pararme a saludar aunque sólo fueran cinco minutos. Incluso en la parada del autobús, donde finalmente tuve que esperar 40 minutos, pensaba constantemente que podía estar con él charlando en lugar de allí esperando como un idiota. Tres días más tarde, aproximadamente a la misma hora a la que yo aterrizaba en el aeropuerto de Hahn, a Antonio le daba un infarto, el segundo en dos años, y entraba en un coma del que ya nunca saldría. El fin de semana pasado finalmente fallecía. Me sentí fatal, primero evidentemente por la desgracia personal que eso significaba. Pero también conmigo mismo por no haberme parado, aunque sólo fueran cinco minutos para decirle: "Hola Antonio. Estoy aquí por unos días pero me vuelvo a Alemania enseguida. Sólo quería saludarte. Hasta la próxima."

Así que al menos me queda el consuelo de recordarlo la última vez que lo vi. Y la verdad es que me quedo con ese recuerdo: en la playa, caminando por la orilla (esos ocho kilómetros que caminaba a diario desde hacía dos años, por prescripción médica), un día de diciembre, con el cielo totalmente despejado y el sol radiante, a mediodía, con cierto calorcito. Yo acababa de dejar en el autobús de Sevilla a un amigo mexicano que me visitó, y regresaba a mi casa disfrutando de esa magnífica playa y ese magnífico día. Lo divisé de lejos, con su aspecto y sus andares inconfundibles. Llevaba un bañador, una camiseta, una sudadera y una toalla, y nos paramos a charlar. Hablamos apenas unos minutos, y los dos coincidimos en lo mismo: era un lujo poder disfrutar de una playa como esa en un día como ese, "uno de los pocos placeres gratuitos que aun nos permite el Ayuntamiento", bromeó. Me comentó que andaría aun medio kilómetro más, para completar los ocho kilómetros, y se daría un baño, como cada día. Me dijo que unos turistas se le acercaron admirados y le felicitaron unos días atrás al verlo salir del agua en un día de diciembre. Me aconsejó que descansara esos días de vacaciones, que aprovechara un momento como ese para cargar las pilas.

No recuerdo bien de qué más hablamos. Algo más hablamos, pero no sé de qué más. Nos despedimos y nos alejamos, en sentidos opuestos, él hacia su baño marino diario y yo hacia mi casa, caminando por la orilla, aquél espléndido día de todos los santos. Ahora sé que nunca más volveré a verle, pero tal vez sea mejor que esa fuera la última vez que lo veía. Tal vez sea mejor que su último recuerdo fuera tan feliz, verlo realmente contento por algo tan simple como un paseo por la playa en un día magnífico, en lugar de enfrascado en uno de sus problemas, en su despacho. Tal vez sea mejor recordarlo así.

Antonio, dondequiera que estés, gracias.

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