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Jun
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Historias de A

A es licenciado en matemática. Obtuvo la mejor nota en la Selectividad en su comunidad autónoma. Realizó su licenciatura a curso por año. Proviene de una familia de clase media, sin lujos pero sin agobios. Durante toda su licenciatura ha disfrutado de la beca compensatoria del ministerio, que le permite estudiar sin tener que trabajar, ya que se le paga la matrícula y alrededor de 3000 € anuales. A tiene una mente realmente brillante, tiene un gran futuro como matemático por delante. Podría trabajar prefectamente en cualquier equipo de investigación (en una universidad o en una empresa).

Obtenida su licenciatura, A se decide por estudiar unas oposiciones para ser profesor de secundaria. No es su vocación. Sabe que dar clases a una panda de adolescentes es estresante, a veces incluso peligroso, y que la sociedad no reconoce ese trabajo. Pero es la oportunidad de ser funcionario, de trabajar en algo seguro, bien pagado, con mucho tiempo libre y buenas vacaciones.

A tiene que competir por una plaza con varios miles de opositores. Algunos son interinos con varios años de experiencia en aulas, por lo que parten con una enorme ventaja sobre él. Si un interino realiza el mismo examen que A, tendrá más puntos que él.

A se prepara el temario durante 2 años. Son dos años de durísimo trabajo, de una enorme disciplina, de repasos. De poco le sirve ahora todo lo que ha estudiado, porque en la oposición no se trata de comprender lo que estudia, sino de luchar contra el paso del tiempo. Es una doble lucha. Por un lado lucha contra el calendario. Las semanas pasan, y A tiene que memorizar los temas, uno a uno, para repetirlos como un papagallo. Por otro lado es una lucha contra el reloj: tiene que condensar cada tema en lo fundamental, para que quepa perfectamente en el tiempo que tiene para exponerlo en el examen. Así que no sirve de mucho todo lo que ha estudiado durante su licenciatura: ahora se trata, sencillamente, de ser el mejor en técnicas de estudio. Y cualquiera que haya estudiado la licenciatura en matemática sabe que estudiar la carrera no tiene absolutamente nada que ver con estudiar un temario. En la licenciatura de matemática no valen las técnicas de estudio. Lo único que vale es comprender lo que lees, comprender cada demostración, cada paso que das, y realizar cientos de ejercicios y problemas. De nada vale subrayar, hacer esquemas, resúmenes, etc. Todo eso no funciona en la licenciatura en matemática. Así que A se ve en la tesitura de tener que comenzar de cero.

A tiene que competir con muchos de sus compañeros, tiene que competir con interinos, tiene que competir con muchos otros opositores de oposiciones anteriores, de otras comunidades. E incluso tiene que competir con licenciados en otras areas, que perfieren dar clases de matemática antes que de aquello de lo que se han  licenciado (por ejemplo, muchos físicos optan por opositar en matemática porque no quieren tener que enseñar química). A está muy seguro de sí mismo, pero una oposición es algo muy distinto a todo lo que ha estudiado anteriormente. Tiene que luchar también contra sí mismo: contra sus nervios, su ansiedad, sus miedos, su agotamiento, su angustia…

Finalmente llega el día del examen. Puede ser que A tenga suerte, haya conseguido el milagro de preparar los setentaytantos temas, y lo haga muy bien, pero también puede ocurrir lo más habitual: que no haya tenido tiempo material de estudiar todos los temas, y no le pregunten ninguno de los que lleva realmente bien preparados. Se puede dar la paradoja (y es una paradoja no muy improbable) que un brillantísimo estudiante como A quede muy por debajo de otros licenciados que terminaron la carrera con mucha menos nota que él, teniendo que dedicarle además varios años más que él.

A decide no ceder, y vuelve a prepararse las oposiciones de la siguiente convocatoria, 2 años más tarde. Ya tiene buena parte del camino recorrido, así que en los dos siguientes años sólo tiene que completar lo que no pudo estudiar en la anterior ocasión, y repasar, repasar mucho. Con suerte, le llaman de la bolsa de interinos para hacer alguna sustitución en algún pueblo de su comunidad autónoma, a veces muy lejanos. Eso le permite adquirir puntos extras.

Finalmente, después de 4 años de intensivo estudio, sacrificios y penurias, nuestro brillantísimo licenciado en matemática ha conseguido ser funcionario de carrera, tiene un puesto de trabajo para el resto de su vida, un sueldo envidiable (sobretodo ahora) y ya tiene la vida resuelta. Pero no todo son ventajas: ahora tiene que comenzar a enseñar, a luchar en las aulas, de por vida. En el fondo, esto no es lo que más le llena, y su trabajo se convierte para él en algo monótono, pesado e intrascendente. No es que lo pase mal, porque entre los profesores, personas que están en una situación parecida a la suya, o que ya la han vivido, suele haber muy buen ambiente, e incluso también tiene buenos alumnos. Pero a él, su trabajo en sí, no le llena. Es completamente administrativo y monótono. Es un trabajo de funcionario. Su mente está hecha para otra cosa.

Además está el tema de las relaciones personales. Tiene que compaginar su realidad laboral con una relación de varios años, lo que a menudo se traduce en llevar una vida durante la semana en un pueblo, y viajar los fines de semana durante varias horas para poder estar junto a su pareja y su familia.

Finalmente A termina asqueado de la matemática. Para él tiene una doble cara: la que tuvo durante sus estudios universitarios, seguramente una cara interesante, fascinante, estimulante, y la otra, la experiencia postuniversitaria: cuatro años de oposiciones, de estudio mecánico e insulso de un temario que en realidad ya conocía perfectamente. Cuatro años en los que la matemática ha parecido quedar para él completamente muerta, paralizada, disecada. Un temario que en su momento le resultó fascinante, interesante, pero que la presión psicológica, el tedio y la monotonía de las oposiciones conviertieron en algo indiferente, en el mejor de los casos. Y luego la cotidianidad de tener que explicar, año tras año, exactamente las mismas cuestiones elementales, los mismos ejercicios, los mismos problemas, a los mismo alumnos completamente desinteresados por la materia. Incluso el temario de las oposiciones, que él encontraba ya sencillo y conocido (a nivel intelectual, meramente matemático), es miles de veces más interesante que esa mecánica de operaciones y reglas de manipulación que, año tras año, tiene que enseñar a esos chavales completamente indiferentes, que sólo quieren que la clase pase cuanto antes. De vez en cuando aparece un chico o una chica brillante, interesado por la materia, y algo de la magia, de la ilusión, vuelve a su espíritu. Pero A está perdido completamente para la matemática. A se ha convertido en un funcionario.

La historia que acabo de contar es ficticia, pero es el argumento general de muchas de las mejores mentes matemáticas que he tenido el privilegio de conocer. En los 12 años que he tardado en completar mi licenciatura, he podido conocer a personas realmente bien dotadas para la matemática, mentes muy brillantes, que podrían haber hecho descubrimientos interesantes, o que podrían haber aportado bastante al avance del conocimiento. Hay muchas personas reales -realmente muchas- que podrían interpretar perfectamente el papel de A. Incluso muchas de esas personas no han tenido tanta suerte como A, y han tenido que pasarlo muy mal durante sus estudios, sus oposiciones o incluso durante su vida laboral como maestro de secundaria. Por supuesto, también hay maestros por vocación, personas muy brillantes que desde el primer día que comenzaron sus estudios tenian ya clarísimo que lo que ellos querían era enseñar, dar clases, ser maestros. Ellos lo son por vocación, y aunque eso no signifique que no lo hayan pasado mal, luego obtienen la recompensa de trabajar exactamente en aquello que siempre han querido. A ellos no les es aplicable esta historia, naturalmente.

Ahora viene mi reflexión: dejando al margen a los maestros vocacionales, aquellas personas para las que enseñar es su pasión, ¿no es un enorme despilfarro de dinero, recursos, y -lo que es peor- de potencial científico todo esto? El Estado invierte en cada una de esas personas una interesante cantidad de recursos para formarlas, para dotarlas de unos conocimientos y unas destrezas con las que desarrollar una labor: la labor del matemático. La matemática trata, en último término, de resolver problemas. Problemas como el de desarrollar las herramientas necesarias con las que modelizar los fenómenos de la realidad. Gracias a la matemática tenemos hoy en día, por ejemplo, los archivos mp3, la telefonía móvil, el GPS… Pero también se han desarrollado nuevas técnicas de detección precoz de enfermedades, se sabe mucho más sobre el genoma, han aparecido nuevas manera de diagnosticar enfermedades, se puede planificar mejor cómo realizar una plantación de tomates para obtener los máximos beneficios, se puede predecir el tiempo meteorológico con bastante más precisión y con más días de antelación… Gracias a la matemática hoy en día una empresa puede decidir cómo realizar los turnos de trabajo para obtener mayores beneficios sin necesitar que los empleados trabajen más. Gracias a la matemática se pueden establecer las rutas más seguras y a la vez más baratas para realizar transportes, tanto de mercancía como de pasajeros, con lo que ahora mismo puedes viajar a Londres, París, Berlín, Roma o Praga por un precio que hace sólo quince años parecía imposible. Gracias a la matemática podemos comprar a través de internet, de manera segura, con lo que cualquiera puede montar en su casa una tienda on-line. Gracias a la matemática se ha podido determinar con una enorme exactitud qué riesgo se corre de que una persona a la que se le da un crédito pueda o no pagarlo (sí, el origen de la actual crisis está precisamente en cómo los bancos ignoraron esos cálculos, en cómo -a pesar de que el riesgo de que esas personas pudieran no devolver el dinero era muy alto- decidieron anteponer beneficios a sentido común, maquillando a veces los resultados matemáticos o minimizando su importancia).

La matemática está detrás de miles de situaciones que la gente ignora. Muchas decisiones muy importantes en tu propia vida se toman en un despacho después de que alguien haya hecho una serie de cálculos. Alguien con una gran capacidad de análisis. Alguien que no es sustituible por una computadora, porque aunque una computadora pueda hacer esos cálculos -y de hecho son ellas las que siempre hacen esas cuentas-, ninguna tiene los conocimientos necesarios para interpretar esos cálculos, ninguna sabe cómo tomar decisiones con esos cálculos.

La investigación es la piedra angular del desarrollo de una sociedad. Un país desarrollado es siempre un país en el que se ha invertido y se invierte mucho en investigación. Existe en España un enorme potencial científico desperdiciado. La ausencia de inveresión en investigación nos condena a ser un país cateto. Sólo hay que pensar en cómo la crisis está afectando a España, el país del ladrillo, y cómo está sin embargo afectando a un país como Alemania, de una gran tradición investigadora. La investigación tiene como corolario la industrialización, la diversificación de la economía, y la capacidad para sortear mucho mejor una situación de crisis económica. En España no se ha dado la oportunidad a muchas de sus mentes más brillantes para que aporten sus ideas, para que contribuyan a la investigación. Al licenciado en matemática se le condena a optar entre ser programador en una cosultoría -1000€ al mes, durante varios años, trabajando sin horario ni calendarios, en un puesto para el que no ha sido formado durante su licenciatura: un matemático no es un programador, aunque puede reconvertirse en uno-, opositar en secundaria, o trabajar de lo que sea, sin ninguna relación con la matemática. Pero lo peor de todo es que no es cierto que no se invierta en esa persona. Como alguien muy inteligentemente me apuntó tras mi anterior artículo, el Estado paga cinco sextas partes del coste de cada alumno universitario. En el caso de los becarios, cubre el 100% de ese coste, y además le ayuda económicamente. El Estado hace una fuerte inversión en cada alumno universitario. Pero es que la hace muy mal.

Si la matrícula de un alumno universitario cubre sólo la sexta parte de lo que realmente cuesta que ese alumno estudie, ¿qué es lo más inteligente? ¿Que el alumno no reciba recursos económicos y alargue sus estudios año tras año, porque tiene que dedicar parte de su tiempo -en muchos casos además son las mejores horas de su tiempo, aquellas en las que más puede aprender- realizando un trabajo completamente no cualificado, obligando al Estado a cubrir, año tras año, las cinco sextas partes de lo que ese alumno cuesta? ¿O es más inteligente cubrir también esa sexta parte y financiar al alumno para que pueda dedicar plenamente su tiempo y sus esfuerzos a estudiar, y termine lo antes posible? A mí no me cabe ni la menor duda de que, con la financiación adecuada, liberándome de tener que impartir clases particulares o de trabajar de lo que fuera para pagarme los estudios, en lugar de 12 años, hubiera necesitado tal vez 6 o a lo más 7. Es sencillo hacer las cuentas: si se me hubiera dado beca desde el principio, el Estado hubiera gastado mucho menos en mí que no haciéndolo. Yo le he costado más al Estado, sin beca, que lo que le hubiera costado con beca. Y os aseguro que mi caso no es un caso aislado.

Pero no es mi intención ir por ese camino. Lo que me pregunto es, ¿para qué esa enorme inversión? ¿Para que luego toda la capacidad se vaya en enseñar a multiplicar potencias de la misma base, año tras año? Está claro que España no puede prescindir de la investigación, de la ciencia, de la cultura, de la Universidad. Hay que ser muy cateto, muy ignorante, muy torpe y muy estúpido para no darse cuenta de que un país desarrollado es siempre un país culto. Actualmente, nivel cultural y nivel económico de una población van parejos (siempre que el Estado invierta lo suficiente en investigación). Por la sencilla razón de que la cultura es conocimiento, el conocimiento bien financiado conlleva investigación, y de la investigación sale la industria, que genera riqueza. Y la cultura es un todo. No basta con crear ingenieros. La gente con conocimientos, la gente culta, tiene unos gustos, unas motivaciones, unas inquietudes. Invertir en arqueología también repercute, a la larga y de manera indirecta, en la producción tecnológica. Los grandes centros científicos de todos los tiempos han sido siempre a la vez grandes centros artísticos y culturales. Los lugares en los que se intenta fomentar la ciencia sin fomentar otros aspectos culturales no cuajan. Por la sencilla razón de que los a científicos, cuando no están estudiando, les gusta distraerse con cosas que no tienen nada que ver con la ciencia. Cualquier sala de teatro, danza, cualquier ópera, cualquier museo de arte tendrá con toda seguridad al menos una tercera parte de su público formado por científicos, médicos, ingenieros, etc. Si le preguntas a cualquier investigador si prefiere vivir en un lugar donde no hay actividades culturales e intelectuales o vivir en un sitio donde hay exposiciones, teatro, librerías, auditorios, la respuesta es evidente.

Un licenciado en matemática es una persona que, con independencia de lo que el Estado haya ya invertido en él, ha realizado ya un enorme esfuerzo formativo. En general, cualquier licenciado lo es, pero yo hablo del caso que me toca, porque es el caso que conozco bien. La sociedad no puede permitirse el lujo que supone formar a alguien así para luego tenerla haciendo un trabajo que podrían haber hecho muchos otros profesionales. Y como un país no puede permitirse el lujo de no invertir en gente que pueda investigar, la conclusión lógica es que lo inteligente es hacer una invesrión más fuerte, para que cuando esa persona se forma, en lugar de irse al extranjero -donde las expectativas laborales son mucho mejores, y además va a tener una enorme oferta cultural-, revierta en la sociedad los dividendos de la inversión que se ha hecho en esa persona. No es sólo una labor del Estado. La empresa también tiene que ser consciente de ello, del enorme potencial de beneficios que supone invertir en investigación. Es una inversión a largo plazo, pero cuyos dividendos son altísimos. No existe ninguna sociedad rica que no mime a su clase intelectual y científica.

A pasará los próximos 40 años enseñando a multiplicar matrices y cosas así. Su gran ineligencia y sus conocimientos ya se están malgastando, y es ya inveitable que se pierdan. Por supuesto que juega un papel importante en la sociedad, pero desde luego no se le permite jugar el importantísimo papel que podría desempeñar.

A veces me pregunto cómo sería el mundo actualmente si Gauss hubiera estudiado unas oposición y se hubiera dedicado toda su vida a bregar con adolescentes en una clase. A veces me pregunto la cantidad de avances que nos estamos perdiendo (y el nivel económico que no llegaremos nunca a alcanzar) por la cantidad de Gauss que están dando clase en institutos.

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3 Responses to “Historias de A”


  1. 1 Raf
    7 agosto 2009 en 2:36 pm

    Hombre, por Dios…
    No te hagas más la víctima. No se puede tener todo lo que uno quiere, estudiar lo que te gusta sin que te cueste dinero ni esfuerzo, trabajar en lo que te llena desde el principio de tu carrera profesional y vivir donde más te apetece. Creo que ni siquiera el Rey tiene todo eso, ya que no elige ser Rey. Hay que intentar buscar la felicidad en el “camino del medio”. La vida se compone de blancos y negros, picos y valles y no es una buena idea tratar de establecerse en un pico del que nunca se va a bajar. Creo que a casi nadie le gusta trabajar, y muy pocos se sienten llenos con su trabajo. Seguro que a muchos les ha costado un gran esfuerzo obtener sus títulos, tanto en tiempo como en dinero. Y otros se han visto obligados a estudiar o a trabajar en cosas que no les gustan en absoluto, por diferentes razones. Tú has estudiado lo que más te gusta, aunque tal vez no sea la mejor salida profesional. Siempre puedes trabajar de otra cosa y cultivar la matemática en tu tiempo libre, plantéatelo de esa forma.

    No todos pueden ser grandes investigadores, ni dirigir las empresas más importantes… eso está reservado a unos pocos, que normalmente no son los que más se lo merecen. Lo veo a diario en el mundo laboral. Si todos tuvésemos lo que creemos que nos merecemos el mundo estaría cubierto por estatuillas de Óscars o de Premios Nobel.

    Valor en la batalla.

    • 2 wewe0
      7 agosto 2009 en 5:11 pm

      No, Rafa, no. Yo no me quejo por mí. No hablo de mi situación particular. En eso estoy completmente de acuerdo contigo: yo me he metido donde he querido, y he de apechugar yo solito con las consecuencias de haber estudiado lo que he querido estudiar. No van por ahí mis tiros. Lo que yo quiero decir -y cuando lo escribí pensaba en algunos compañeros de carrera en concreto, no en mí- es el enorme desperdicio de dinero y de potencial humano que España -no un gobierno en concreto, sino todos- asume con los licenciados en Matemática. Forma a unos profesionales excelentes, algo que le cuesta mucho dinero al estado, para que luego se dediquen a menesteres ridículos, completamente al margen de sus verdaderas capacidades.

      Yo no soy A, ni el modelo en el que me he basado para crear a A. Ni he sacado las mejores notas en la Selectividad, ni he terminado la carrera en 5 años, ni nada de nada. Pero he conocido a 3 ó 4 personas con curriculums parecidos a los de A durante mis (largos) estudios, y me choca enormemente ver como esas personas terminaron todas dando clases en institutos, cuando sé que lo han asumido como un mal menor, un puesto de trabajo que no les llena para nada, que nunca sintieron como algo vocacional. La paradoja es que España necesita de matemáticos mucho más que para dar clases en institutos. Es así, es un requisito imprescindible para superar la brecha tecnológica (no el único requisito imprescindible, también faltan profesionales en otras áreas, pero hablo de lo que conozco bien) que nos separa de otros países. Necesita los cerebros que abundan en las aulas de muchas facultades (como estudiantes) e isntitutos (como profesores). Los forma correctamente. Y luego, aunque los necesita, no hace nada por atraerlos y sacarles todo el jugo.
      Creo que está muy claro que no todo el mundo que realmente merece un cierto puesto lo consigue. Pero lo que tampoco me parece aceptable es la situación extrema de que sistemáticamente se prescinda de los mejores cerebros -y repito que yo me considero muy lejos de ser uno de ellos-.

  2. 3 Raf
    9 agosto 2009 en 11:14 am

    Ok, comprendido. Por cierto, si de aquí a una semana no acabas el foro, lo haré yo mismo. Aunque no es mi estilo, reproduzco aquí un artículo de “El Confidencial” que explica de una forma clara por qué los buenos cerebros no alcanzan los mejores puestos:

    LA GENERACIÓN TAPÓN, SI DESTACAS, AL RINCÓN

    Nunca llegarás arriba porque los que mandan, gente acomodada, gris y antigua, ejercen de barrera. Nunca llegarás arriba porque tienen miedo a las innovaciones, al talento, a que les quites el puesto. En síntesis, esa es la situación en que, afirman los implicados, vive la Generación Tapón, supervivientes de la segunda fila que Manuel Duarte, ex becario, ex contratado temporal y estudiante de un nuevo posgrado define como “profesionales de la fontanería”. No estamos hablando de ese becario que la empresa destina a llevar cafés y a hacer fotocopias; mas al contrario, “se trata de profesionales preparados que toman decisiones y hacen correctamente su trabajo pero que chocan con el muro insalvable que colocan los de arriba”. Y el problema añadido, asegura Duarte, de sufrir esa barrera, es tener que aguantar que quienes toman las decisiones “se apropien de nuestras ideas, proyectos y trabajos o se mofen de lo que producimos”.

    Sin embargo, desde ámbitos empresariales se ven este tipo de afirmaciones como producto del resentimiento y como prueba del fracaso de personas que carecen de paciencia o que no han sabido superar las pruebas de calidad que la vida les ha ido colocando. De modo que el primer asunto sería preguntarnos si existe de verdad una Generación Tapón o si ésta no es otra cosa que la invención de una mediocridad rencorosa. Para Augusto Zamora, profesor de Derecho internacional en la Universidad Autónoma de Madrid, no hay manera de ponerla en duda: “las estadísticas mandan y son muy evidentes”.

    Coincide el bloguero y periodista de La Voz de Galicia Nacho de la Fuente: “por supuesto que existe una Generación Tapón. Nunca hubo tantos profesionales tan bien preparados como ahora y con tantas ganas de progresar en sus trabajos y empresas. Y es algo que sucede en todos los sectores profesionales, pero especialmente en aquellos en los que hay mayor competitividad y donde la creatividad es un valor añadido”. Que son, además, aquellos en los que más patente se hace la distancia entre los discursos y las prácticas, entre lo que se dice y la realidad cotidiana. En España, señala de la Fuente “si alguien destaca en alguna faceta de su trabajo, lo normal es que sus jefes lo desplacen de forma sibilina para que no les cause problemas y para que no suponga un peligro para sus puestos. En otros países, como es el caso de Estados Unidos, al que destaca le aplauden y le recolocan para que sus habilidades vayan en consonancia con su puesto de trabajo”.

    Las consecuencias inmediatas de la existencia de tal barrera son de orden material. La situación típica sería la del treintañero mileurista y con hipoteca que malvive en los estratos inferiores de la empresa rogando no quedarse sin trabajo. También afecta, según de la Fuente, a quienes rozan o superan los 40 años, que están viendo cómo sus oportunidades se disipan con el paso del tiempo “porque encima de ellos hay una generación que no sabe o no quiere darles protagonismo”. Y sería también el caso de jóvenes que están en la frontera (por arriba y por abajo) de los 30 y a los que, asegura Duarte, “los términos mileurista e hipoteca les quedan demasiado lejos. Para muchos de nosotros, ochocientoeuristas/novecientoeuristas, adquirir una casa es más una utopía que una posibilidad real”.

    Hablamos, pues, de un sector de la población que creyó que los estudios les proporcionarían un trabajo acorde con su formación, que entendía las situaciones precarias como una inversión para el futuro y que no llegó a ver los réditos de tales esfuerzos. “Nos inculcaron la idea de la meritocracia e invertimos nuestros años en acumular títulos. De hecho, una gran mayoría sufrimos de “titulitis peterpaniana” intentando acumular diplomas y especialidades porque pensamos que de algo nos servirá el día de mañana. Pero el mañana llegó ya hace años”.

    Inmovilismo en las empresas:

    Y es que no estamos hablando de un contexto de precariedad momentánea ni de un tránsito obligado antes de ascender en la empresa, sino de un escenario definitivo que afecta por igual a todas las edades. Se trataría de que tales barreras son parte de una estructura empresarial burocrática en la que, según de la Fuente, lo mejor para ascender es no destacar demasiado, no plantear problemas y hacer siempre lo que nos ordenan. “Después de hablar con mucha gente llegas a la conclusión de que cuando alguien mejora en su puesto casi siempre es porque ha realizado política de despachos y porque se somete a lo que le dictan sus jefes en cada momento sin tener un criterio profesional propio. Eso de aportar ideas nuevas o de cuestionar ciertas estrategias está muy mal visto, aunque de cara a la galería se diga lo contrario”.

    La génesis de esta situación tuvo lugar, según Augusto Zamora, en la época de la Transición, cuando gracias al proceso de fortalecimiento estatal hubo infinidad de plazas disponibles que eran inmediatamente ocupadas por quienes salían de la universidad. “Con las reformas de la España democrática en marcha y con una economía en transformación, con los funcionarios del franquismo jubilándose y con la llegada de nuevas necesidades para el régimen democrático, hubo un sin fin de oportunidades para la generación de los 70”. Desde entonces, según Zamora, nadie se ha bajado del sillón. Así ha sido en el Estado, “donde quien está aposentado en un puesto de trabajo vitalicio no lo suelta”, pero también en el mundo de la empresa, donde se ha consolidado un estrato dirigente formado por “ejecutivos con salarios obscenos que pueden ir sin problema de una empresa a otra”. Duarte coincide en cifrar la Transición como el momento en que surgió “una elite aburguesada que copó los puestos que el nuevo sistema político posibilitaba. Así, quien era director de algo ha podido ser director de todo y permanecer inalterablemente en su puesto de trabajo. Hoy siguen en esos lugares, taponando”.

    Y lo seguirán haciendo. Según Zamora, estamos hablando de una situación estructural, ya que hemos pasado de un contexto en el que el empleo quedaba asegurado mediante la formación universitaria a otro en el que una licenciatura es una fuente segura de desempleo. “En muchas carreras, el 80% de los egresados no trabajan en lo que estudiaron. Al estar todo ocupado, quienes salen de las facultades se tienen que quedar con lo residual, es decir, con los puestos con salarios que oscilan entre 700 y 1.200 euros”. Y el problema se agravará en los próximos años, en tanto, asegura de la Fuente, en estos tiempos de crisis “hay tolerancia cero a la hora de contratar nuevo personal. Por ello, los jefes seguirán siendo jefes y los subalternos perderán su oportunidad de escalar posiciones o que, al menos, puedan ser escuchados por sus superiores. Se consolida eso de “el que se mueva no sale en la foto”.

    Un inmovilismo que perjudicará a las empresas tanto como a sus trabajadores, en la medida en que se están perdiendo posibilidades de producir más y mejor. Así, asegura de la Fuente, “mucha gente no está en el puesto en el que podría ofrecer lo mejor de sí porque se tiene miedo a que destaquen a nivel profesional: los de arriba tienen miedo de que los de abajo les hagan sombra”. Además, prolongar esta clase de situaciones provoca la desmotivación de muchos profesionales, que no encuentran aliciente, más allá de lo puramente alimenticio, para realizar un trabajo “donde rara es la ocasión en la que se les escuche o, simplemente, se les anime. Cuando los reproches son habituales y los halagos se quedan en la excepción, es que algo falla”.

    Y ahora vuelvo a hablar yo: Si concedemos crédito al artículo, es totalmente imposible que podamos hacer algo por solucionarlo y no se trata de que el estadopromueva a los nuevos talentos, sino de que la “vieja guardia” deje paso a las nuevas generaciones.

    Valor en la batalla.


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