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Oct
09

La crisis (II): la desaparición de la clase media

Hace unos años cualquier adolescente entendía que su futuro estaba programado para que fuera aproximadamente el sigiente: estudios universitarios, un trabajo al acabar esos estudios, suficientemente bien pagado, comprar una vivienda y un coche en los que invertiría entre el 40 y el 50% de su sueldo durante cuatro o cinco años, casarse, tener dos o tres hijos, comprar un pequeño chalet en el campo o en la playa después de unos años… La clase media, la clase social a la que pertenecían sus padres, etc.

Si buscamos a ese mismo adolescente hoy en día y comprobamos su situación, el cambio es espeluznante: terminó sus estudios universitarios, pero vive sólo o con su novia en un piso de alquiler, a un precio por el que debería haber podido comprarlo no hace tanto, o cometió la locura de comprar y vive ahora esclavizado a una hipoteca que lo asfixia; si se ha casado, tiene sólo un hijo, y por un descuido; tiene un coche, y puede que lo haya terminado de pagar, pero gasta mucho más en gasolina de lo que (descuento de la inflación aparte) hubiera pagado hace sólo unos años; puede que tenga contrato indefinido, pero su sueldo y el precio de la vivienda no le permite soñar con llevar una vida como la que llevaban sus padres, cuando tal vez durante su adolescencia sólo entraba en casa el sueldo de su padre. Lo curioso es que realmente su situación no es excepcional. De hecho, la mayoría de sus ex-compañeros de estudios viven en circunstancias parecidas. Es como si la vida de estudiante se les hubiera alargado hasta pasado los treinta, sin opción de cambio.

Tras la Primera Guerra Mundial se forjó una nueva clase social: la clase media. Procedía de las masas de siervos de la tierra del medievo y de la pequeña burguesía de las ciudades. Eran los descendientes de los trabajadores de siempre, de los esclavos, campesinos, siervos, el pueblo llano. Eran los nietos de esas personas que habían sufrido las jornadas de 16 horas en las fábricas en el siglo XIX, más los descendientes de los burgueses caídos en desgracia que se habían arruinado o no habían conseguido mantener su alto nivel económico. Esas personas fueron los protagonistas de un enorme cambio social: por primera vez en la historia podían ganar con su trabajo lo que se necesitaba para vivir, y vivir bien. No se limitaban a sobrevivir, sino que tenían ciertas comodidades impensables para sus abuelos y sus padres. En un par de generaciones, el nieto de un campesino, de un obrero del metal o de un pescador podía ser dentista, abogado, o incluso ser empresario. Mientras que su bisabuelo -al que posiblemente conoció- había tenido que pasar hambre, frío y miseria, malviviendo en un cubículo, él ahora tenía su propia casa, coche, electrodomésticos, dinero en el banco, vacaciones en la playa, hijos sanos y educados en colegios, etc.

Pero en algún momento de finales del siglo XX, las cosas cambiaron. La que estaba llamada a ser la generación más preparada de la Historia vio cómo todo lo que se suponía que iba a disfrutar se iba postergando sine die.

Se empezó con los contratos temporales, la aparición de las empresas de trabajo temporal y las subcontratas: empresas que cobran por ser intermedirios entre una empresa que busca gente y una persona que quiere trabajar. ¿Se acuerdan de la especulación? Pues parecido. Antes, cuando una empresa necesitaba trabajadores, ponía un anuncio en el periódico. Ahora contrata a una empresa de trabajo temporal, que es la que pone el anuncio en el periódico. La empresa de trabajo temporal contrata a los trabajadores, y les paga menos de lo que les hubiera pagado la empresa matriz. Ahora, legalmente, todo recae sobre la empresa de trabajo temporal, la subcontrata. Es ella la que se encarga, teóricamente, de todo. ¿Qué se ha conseguido con eso? Pues sencillamente que los trabajadores cobren menos.

Luego aparecieron las prácticas de empresa, esa costumbre que se ha terminado arraigando en el mercado laboral, y que consiste en que un estudiante o recién licenciado ha de trabajar casi gratis para una empresa, haciendo durante seis meses el trabajo de un trabajador normal y corriente, bajo el pretexto de que “está aprendiendo”. La realidad es que el proceso de aprendizaje, en sí, no dura más de un mes, y precisamente para eso es para lo que se hicieron ya los contratos temporales. El resto del tiempo es trabajo que a la empresa le sale muy barato y que está realizando una persona que ya está perfectamente formada.

La proliferanción de este tipo de prácticas permitió una nueva costumbre: “¿cuánto estás dispuesto a cobrar por trabajar con nosotros?” Siempre hay un estudiante o un recién licenciado dispuesto a hacer lo mismo que tú casi gratis. ¿Por qué deberíamos pagarte a ti tanto dinero si alguien en prácticas lo hace por la tercera o la cuarta parte?

La licenciatura, luego los masters (nuevos estudios que han llegado a ser casi un requisito en muchas áreas), luego las prácticas… Al final resulta que incluso los buenos estudiantes tardan cuatro o cinco años más en comenzar a ganar dinero al mismo nivel que lo hacían sus padres. Eso los buenos estudiantes, los que han conseguido aprobar todo a la primera. Otros nos incorporamos al mercado laboral mucho más tarde.

Para continuar con mi explicación, he de aclarar lo que significa el valor del dinero, en términos económicos. Voy a explicar llánamente lo que significa la inflación.

Imagina que necesitas echar gasolina, pero estás cansado y decides ir mañana. Imagina que ese día precisamente el litro de super cuesta (por decir algo) 1,17€. Imagina que precisamente -no lo sabías- al día siguiente la gasolina subía de precio, y se ponía a 1,21€. Tú tienes exactamente la misma cantidad de dinero al despertarte que anoche al acostarte, pero hoy puedes comprar menos gasolina que ayer. La gasolina se ha encarecido. Puede que otros productos se hayan abaratado -por ejemplo, los tomates-, y que con la misma cantidad de dinero puedas finalmente hacer las compras que necesitas. Pero a la larga no sólo sube la gasolina y bajan los tomates. A la larga la mayoría de los productos terminan siendo más caros, con lo que a la larga, con la misma cantidad de dinero puedes comprar menos cosas. Eso es la inflación: el hecho de que el precio de los productos sube. Es lo que mide el IPC. El IPC viene a ser como una medida de cómo ha subido todo, en conjunto, en general -aun cuando productos en particular bajen de precio-. Así que podemos verlo de la siguiente manera: todo está más caro. O podemos verlo de esta otra manera: nuestro dinero hoy vale menos que ayer.

Ésa es una regla de oro de la economía. Y los bancos y las empresas lo saben muy bien. De ahí el interés que cobran los bancos: el dinero que te prestan no vale lo mismo que cuando se lo devuelves. De ahí también que cualquier empresa tarde todo lo que pueda en pagar.

Por ejemplo, en España todos tuvimos una desagradable sorpresa inflacionista cuando comenzó a circular el euro. Curiosamente el gobierno cambió en esas fechas la manera de calcular el IPC, y la inflación -la teórica inflación de la que hablaba el Ministerio de Economía y que ellos habían calculado con las nuevas reglas- era bastante similar a la de antes de la entrada del euro, mientras que todos comprobamos en nuestros bolsillos que lo que antes costaba 100 pesetas ahora costaba 1€… Pero no quiero provocar un debate sobre partidos políticos. No me cabe ni la menor duda de que cualquier otro partido que hubiera estado en el poder hubieran hecho algo similar.

Pues bien, continuemos con mi exposición: según los datos oficiales, la inflación está controlada, y lo ha estado durante los últimos años, en la mayoría de los países desarrollados. Se suele situar en torno al 3% anual. Es decir, que, en general, los precios de las cosas hoy suelen estar, de media, un 3% por encima de lo que lo estaban hace un año. Repito que no es una cuestión de productos particulares. Me juego el cuello a que una lata de ese refresco de cola que estás pensando lleva años sin subir de precio en tu supermercado. Pero eso es algo puntual. Los alimentos (carne, verduras, pescado, pastas, pan, azucar, leche) sí suelen fluctuar, incluso de un supermercado a otro de la misma cadena. Los precios se mueven libremente, porque vivimos en una economía de libre mercado, en la que cada cual ofrece sus productos al precio que le parece. Claro que luego puede que nadie se los compren (¿recuerdan la ley de la oferta y la demanda?). Una economía de libre mercado se basa precisamente en que nadie controla los precios de nada, ni siquiera el Gobierno. Fin de la aclaración.

La clase media representa, en los países desarrollados, la inmensa mayoría de la población. Es la gente corriente, que ni pasa hambre ni tiene tanto dinero como para no necesitar trabajar. Representa el tejido social de un país, y está desapareciendo progresivamente.

¿Cómo está sucediendo esto? Pues esencialmente se está retrasando cada vez más la independencia económica de la gente joven. El fenómeno es complejo, porque no depende de un único factor, pero no deja de crecer. Por un lado, como ya he mencionado, se encuentran las empresas de trabajo temporal. Éstas han conseguido abaratar el precio de un trabajador no cualificado (obreros de la construcción, ayudantes de producción en fábricas, camareros, servicios de limpieza habituales, servicios de atención al cliente, etc, etc). Las personas sin estudios, las que sólo pueden ocupar puestos no cualificados -y que representan una importante cantidad del total de trabajadores- han visto cómo sus sueldos se han recortado en los últimos veinte años. En la película de Ken Loach Pan y rosas se da un dato concreto, que desgraciadamente o recuerdo con exactitud, pero que sirve perfectamente como ejemplo de lo sucedido: a principios de los ochenta, cualquier mujer de la limpieza que trabajara limpiando en alguna de las grandes empresas de Los Ángeles cobraba más y tenía más derechos sociales y laborales que cualquiera de las que hacían su misma labor a finales de los noventa. La situación no ha mejorado en los casi diez años que han pasado desde que se filmó la película, incluso ha empeorado. La zona más humilde de la clase media, aquella que marca la diferencia con los pobres (aquellas personas que no pueden susbsistir por sus propios medios) queda difuminada, desdibujada. Mientras que a principios de los ochenta, cualquier persona que trabajara en algunas de estas actividades era económicamente independiente (capaz de afrontar, con su sueldo, sus propios gastos), hoy en día esas personas necesitan ingresos apartes para poder sobrevivir.

Es importante tener en cuenta lo que esto significa. No sólo se han bajado (y considerablemente) los sueldos en algunos de estos puestos de trabajo. No sólo se gana menos ahora haciendo esos trabajos. Es que, además, por efecto de la inflación, ahora se gana -comparativamente hablando- mucho menos que antes. Si antes un camarero podía comprar una carne cuatro veces a la semana, ahora tal vez sólo pueda hacerlo dos (por decir algo). Y no sólo la carne. La educación de sus hijos, la vivienda, las vacaciones, etc, etc.

El siguiente factor es el que afecta a los estudiantes que acaban de terminar sus estudios. Primero, como ya he dicho, tienen que realizar prácticas de empresa -es casi imposible en muchos sectores encontrar trabajo si no has relizado prácticas de empresa-, en muchos casos tienen también que realizar un master. Estamos hablando entonces de entre 2 años y medio y 3 años más para comenzar a trabajar. Un master es algo muy caro. Lo normal es que un master cueste entre 6.000 y 12.000 €, aunque ahora comienzan a ofertarse masters por bastante menos dinero (nunca por debajo de los 1.500€). En cualquier caso, pueden alcanzar cifras mucho mayores, dependiendo de la especialidad y de la universidad que lo ofrezca. En buena medida, para lograr pagar su master, el estudiante ha de recurrir a un préstamo, a trabajar en puestos no cualificados -con el consecuente abaratamiento de los sueldos en esos puestos: a mayor cantidad de trabajadores (demanda), menor sueldo (oferta)-. De esta manera, los estudiantes, que en principio están mejor situados dentro de la clase media, ponen las cosas más difíciles a los trabajadores no cualificados. De hecho, cada vez más estudiantes corren el riesgo de caer en el sector de los trabajadores no calificados.

Una vez superado el master, en muchos casos se han de realizar prácticas de empresa, es decir, al menos seis meses de trabajo casi gratuíto (a veces literalmente gratuíto). No es un requisito legal, como tampoco lo es el master, pero lo cierto es que en la práctica, conseguir un trabajo cualificado sin tener un master o unas prácticas es en muchos casos algo imposible. En algunas especialidades, se necesitan ambas. En particular para acceder a puestos altos, se suele requerir tener varios años de experiencia, o un master y unas prácticas.

La alternativa es el mileurismo: puestos bajos aunque especializados, mal pagados, y de los que sólo se sale lentamente tras pasar dos o tres años en la misma empresa. De hecho, incluso las prácticas y el master están dejando de ser una garantía contra el mileurismo.

Por supuesto que saben a lo que me refiero, ¿verdad? Un mileurista es una persona que gana mil euros, más o menos, al mes. En pesetas eran unas 160.000, un buen sueldo para empezar. Pero ahora, en la realidad, estamos hablando de lo que entonces equivalía a 100.000 pesetas. Después de impuestos, se te quedan en alrededor del equivalente a 75.000 pesetas. Estudiar una carrera -lo que desde hace unos años se traduce en bastante más de cinco años-, trabajar de camaero o repartidor de pizzas para pagarte parcialmente un master de otros dos años, del que aun tienes que seguir pagando el crédito, realizar seis meses de prácticas para aprender en un mes todo lo que necesitass saber sobre ese puesto de trabajo y finalizar sacando 750€ al mes limpios, durante al menos tus primeros dos años… Si se empieza con 18 años la carrera, digamos que se tarda 6 años en completarla, dos años de master, seis meses de prácticas, dos años cobrando 750€ al mes limpios… Esa persona (A), con 28 ó 29 años empieza a cobrar (con suerte) lo mismo que otra 15 años atrás (B) comenzó a cobrar cuando ya tenía 25. Pero es que a eso no le hemos añadido el factor inflación. Mientras que B con 25 años podía comprar ciertas cosas con ese dinero, A ya no puede hacerlo. La vivienda, los alimentos, la gasolina… todo está bastante más caro que cuando B cobraba, antes de impuestos, 150.000 pesetas. Los 1500€ que tal vez empiece a cobrar A con 29 años (antes de impuestos) le llegan demasiado tarde, y le saben a muy poco.

Por supuesto que su posición es, sin embargo, mucho más ventajosa que su compañero de colegio que decidió no estudiar y comenzar a trabajar. Al menos A tiene trabajo, y sabe que si se queda en paro, tiene unos conocimientos y una experiencia que lo distinguen del resto de la masa de pardos. Su compañero del colegio sólo tiene sus manos y la experiencia que haya podido acumular, que es idéntica a la de cientos de miles de personas como él.

La clase media está desapareciendo. No de manera inmediata, pero sí imparablemente. Conforme pasa el tiempo, las personas que hasta ahora formaban la clase media van envejeciendo, algunas fallecen, y sus puestos son ocupados por otras personas, con menor nivel adquisitivo, con menos dinero. Si un trabajador se prejubila, su puesto de trabajo se pierde. Si un trabajador se jubila, las empresas aprovechan para -en caso de que su puesto no sea imprescindible- crear de ese puesto de trabajo uno o dos puestos de prácticas. Los jóvenes, que han nacido, crecido y vivido en el seno de la clase media, arropados por sus familias, comprueban que a su llegada al mercado laboral son expulsados de la clase media, para caer en ese limbo que es el mileurismo, o en ese otro que son los contratos temporales. El sueño tácito de un trabajo suficientemente bien pagado y seguro se retrasa, se aleja, y termina por convertirse en eso, en un sueño. Los precios de los bienes básicos, en particular de la vivienda y del transporte, están completamente alejados de las posibilidades económicas de los jóvenes. No es sólo que no se les paga lo adecuado, es que se les cobra mucho más de lo que pueden pagar. Sus familias les ayudan con lo que pueden, pero ¿qué pasará el día en que los padres ya no puedan seguir ayudando a sus hijos? ¿Qué pasará el día en que el padre se jubile, o pierda su trabajo? Ese día ya ha llegado para algunas familias, desgraciadamente.

Sé que algunos pensarán “¿y a mí qué, si muchos no estudian porque no quieren? ¿Y qué me importa a mí si en vez de estudiar una carrera con posibilidades decidiste estudiar Humanidades y ahora no encuentras trabajo? ¿Por qué he de preocuparme, si yo ya tengo un puesto de trabajo bien pagado, ya he pasado por un master, unas prácticas, y al fin estoy cobrándolo bien?”. Si no tienes sentido de la solidaridad, si no tienes un poco de humanidad, si no te conmueve ver a un semejante tuyo pasándolo mal, al menos hay un argumento que seguro que te va a importar: tu propio puesto de trabajo.

La única razón de ser de que tú tengas un puesto de trabajo es porque el mercado exige a tu empresa productividad. De nuevo la eterna ley de la oferta y la demanda. Tu empresa, sea la que sea, produce algo (ya sea algún tipo de objeto para venderse, ya sea algún servicio). Si ese producto deja de venderse, para sobrevivir, tu empresa reducirá su plantilla. Todos y cada uno de los puestos de trabajo de tu empresa estarán en examen, para ver cuánto son de necesarios. Si la empresa juzga que tu sueldo es demasiado alto para tu trabajo -y si además considera que uno o dos practicantes pueden hacer tu mismo trabajo por mucho menos dinero-, no te quepa duda de cuál será su decisión.

¿Qué tiene que pasar para que un producto deje de venderse como antes? Pues es bastante sencillo, o bien el producto deja de ser interesante o indispensable, o bien aparece un producto similar y más barato, o bien sencillamente deja e venderse. En cualquier caso, el hecho de que la gente tenga menos dinero para gastar, o que todo se encarezca por encima de las posibilidades de compra de la mayoría de la gente, pone en peligro la venta de cualquier producto. Si la gente puede gastar menos (bien porque le paguen menos, bien porque la inflación haya hecho que su dinero valga menos y pueda comprar menos cosas), comenzará a dejar de gastar tanto. Y es increíble cómo de similar es el comportamiento de la gente en ese sentido. Todo el mundo decide comenzar a ahorrar por el mismo tipo de productos, por ejemplo: el cine, las salidas nocturnas, las cenas fuera de casa, los viajes, pero también los productos electrónicos, la ropa… Para una empresa de ropa de cierta calidad, el hecho de que la población gane menos dinero significa que sus ventas caerán en picado, con lo que, si la situación se alarga más allá de unas semanas, los ingresos caen, y en unos meses se comienza a plantear la necesidad de recortar gastos en la producción. Eso se traduce por lo general en despidos. Así, el hecho de que a los demás no les vaya bien económicamente se puede terminar traduciendo en que tu puesto de trabajo peligre.

Ése ha sido uno de los grandes factores de esta crisis. Lo que ha ocurrido ha sido que las políticas llevadas por la mayoría de las empresas en los últimos diez o quince años, de recortar gastos eliminando puestos de trabajo, sustituyendo los puestos de personas que se jubilaban por puestos de prácticas de empresa, los contratos temporales y los recortes sociales en general han terminado por producir una gran bolsa de gente que puede trabajar pero que no se puede permitir gastar al mismo ritmo y al mismo nivel con que se consumía hace unos años. En nivel adquisitivo general ha descendido, no porque las personas en concreto ganen menos, sino porque los jóvenes que se han ido incorporando al mercado labolar -sustituyendo a las personas que se han ido jubilando o prejubilando- lo hacen cada ve más tarde y cobrando menos, y a su vez, cada vez hay más puestos de trabajo “baratos”.

Esto genera dos preguntas. La primera tiene respuesta inmediata. ¿Por qué o para qué ha ocurrido todo esto? Sencillamente porque toda empresa busca el beneficio económico. Es la ley última del capitalismo: el máximo beneficio. Las empresas buscan la mayor cantidad de dinero, con tal de que no perjudique a su propia supervivencia. De hecho, la supervivencia de una empresa depende exclusivamente de la obtención de beneficios económicos. Las empresas funcionan si hay dinero para pagar a sus empleados, para comprar instrumentos que hay que recambiar, para comprar materias primas, para pagar el transporte de esas materias primas a las fábricas y de los productos a los mercados, etc. Ese dinero sale de los beneficios, y de la inversión. Las empresas buscan inversores que paguen, en espera de recibir parte de los beneficios. Cuanto más beneficio obtiene una empresa, más gente estará dispuesta a invertir en ella. Así que en último término, las empresas existen porque existe gente con dinero dispuesta a conseguir más dinero, sin importarles nada más.

La segunda pregunta requiere un análisis mucho más profundo, y será el tema de un nuevo artículo: ¿cómo hemos podido entonces sobrevivir hasta ahora, si desde hace más de 15 años cada vez hay menos gente con capacidad adquisitiva como para comprar todo lo que se produce? ¿Cómo puedo argumentar que cada vez la gente tiene menos poder adquisitivo, cuando estamos sin lugar a duda ante el momento de mayor producción de la Historia? La respuesta: próximamente.

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2 Responses to “La crisis (II): la desaparición de la clase media”


  1. 1 Alejandro
    12 octubre 2009 en 11:54 am

    Chapó, buena disertación. Aún seguimos viviendo en la España de charanga y pandereta, y así nos vá. La sociedad ha llegado a un punto de absentismo irreversible, nos roban, nos manipulan y en vez de hacer frente miramos a otro lado obteniendo por respuesta otro cruce de miradas. Nos hemos perdido en un charco y nadie sabe remar.

    • 2 wewe0
      16 octubre 2009 en 1:01 am

      Te agradezco profundamente tu comentario y el tiempo que te has tomado en leer mi reflexión. He de señalar que mi análisis no se refiere a un fenómeno nacional, sino que la desaparición de la clase media viene observándose en casi todos los países desarrollado por sociólogos de todo tipo. España no es más que un caso particular -con sus peculiaridades, y desde luego el que más de cerca nos toca, pero no deja de ser un caso particular- de un fenómeno que desgraciadamente se está produciendo a nivel global: Francia, Italia, Grecia, Reino Unido, Estados Unidos, y en menor medida Alemania, son algunos otros ejemplos de cómo se está acabando con la clase media. Pero aunque el fenómeno es global, no en todos los países está ocurriendo lo mismo. Las economías emergentes (Brasil, India y China) están experimentando precisamente el efecto contrario: un aumento de la clase media a la vez que va menguando las clases más pobres.

      Después de hablar de créditos al consumo analizaré el caso particular de España. Paciencia.

      Un abrazo.


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