01
May
11

El verdadero partido del siglo

Como no estoy en España no puedo medir por mí mismo el pulso de la actualidad allí, pero por lo que leo los medios de comunicación y conociendo el percal, puedo imaginar que en los últimos días se ha hablado mucho de fútbol. Yo sólo he escrito una vez sobre fútbol, y no pensaba volver a hacerlo. Pero creo que ha llegado el momento de poner ciertas cosas por escrito.

Soy una de esas personas a las que el fútbol se la trae bastante al fresco. No digo que no me emocione ver un buen partido, pero por lo general, me aburre. Tuve incluso mi época en la que despreciaba todo lo que tuviera que ver con ese deporte. Tampoco he mantenido durante mi vida una fidelidad inamovible a cierto equipo o a ciertos colores. Me he sentido durante distintos periodos seguidor del Madrid, del Barça, del Atlético, de la selección y del Cádiz, aunque, como digo, mi desinterés es bastante amplio. A veces los lunes miro los resultados de los partidos y la clasificación, especialmente por si ciertas personas se han llevado una alegría. De todas formas, como decía antes, eso no significa que no haya vibrado y disfrutado mucho con ciertos partidos, cuando me he dejado llevar por la emoción y la pasión. La sensación de ver que el equipo al que apoyas finalmente logra marcar un gol y ganar un partido… Bueno, supongo que todos sabemos lo que es eso, no hace falta que redescubra la rueda.

En cualquier caso siempre he tenido algo en contra del fútbol. Un cierto sector de mis amigos –no precisamente minoritario– son de los que piensan que el fútbol embrutece, que no es más que un medio de distracción y manipulación, que crea división y que fomenta artificialmente un sentimiento de patria, nación, seguimiento ciego, no lejos del fanatismo religioso o patriótico. El hecho de que las aficiones se enfrenten más allá del césped y de que la violencia a veces termine por producir desgracias –algo casi inédito en otros deportes–, de que los estadios se llenen de banderas, muchas veces de ideología extrema, las manifestaciones racistas…

El fútbol es un deporte, pero también es un espectáculo. Es el circo de nuestros tiempos. Pero también es más cosas. Es –y lo digo no como una metáfora, sino completamente convencido de ello– una nueva religión. Fidelidad a unos colores, pertenencia a un clan, inculcación de padres a hijos del amor a ciertos colores, rito semanal, el club como deidad, los jugadores y su entrenador como sacerdotes… He visto romperse amistades por el fútbol, y ni siquiera ninguno de ellos jugaba.

Con esa idea en la cabeza, es fácil entender lo que está ocurriendo en España estos días. Los dos grandes dioses de la religión futbolística española (y europea) se han medido varias veces en poco tiempo. Por un lado, el rey de reyes por antonomasia, pero que se encuentra en momentos bajos. Por el otro, su eterno rival, que vive el periodo de mayor éxito de su historia. Por si fuera poco, los medios de comunicación se encargan de azuzar a los fieles, mezclando negligentemente la política con esa nueva religión…

Yo, como mero espectador distante, sólo veo dos conjuntos de jugadores que se enfrentan, con dos técnicos que los dirigen. Y como yo, todos los demás infieles. Y qué quieren que les diga: polémicas aparte, al resto de impíos hay una de las deidades que les resulta más honrada que la otra.

No puedo concebir que la misma prensa y la misma afición que siempre atacó el estilo de juego de Italia, del catenazzo, de encerrarse atrás, del juego sucio y bronco, que defendió, admiró y sucumbió ante el juego minimalista, preciso, precioso, alegre y espectacular de la Roja, ahora sea la misma afición y la misma prensa que, donde dije digo, digo Diego, y justifique como estrategia válida lo que sólo hace diez meses denostaba. La Suiza transmutada de Italia que nos hizo perder el único partido en Sudáfrica o la patada de De Jong a Xavi Alonso se basan exactamente en la misma filosofía de juego (de no juego) que la de cierto entrenador de cierto club al que ahora se le defiende a capa y espada. Y como yo, tampoco lo entienden los espectadores ajenos a la mitología interna del choque, los alemanes y extranjeros con los que a diario me relaciono. Para ellos no existe diferencia entre el juego de la Roja y el del Barça. Y ellos tienen claro algo que, de puro obvio, nadie en el club blanco quiere admitir, precisamente por esa ceguera de fanatismo religioso: que han vendido su alma al diablo, y encima no les ha salido bien la jugada.

Tengo un amigo que decía que uno no juega para perder, sino para ganar. Dice que lo importante no es participar, sino ganar. Y supongo que eso es lo que condena al Madrid.

El fútbol no es una religión. El Madrid no es un dios, ni el Barça, ni siquiera la selección lo es. El fútbol es un juego, un deporte. Y sobretodo, es un espectáculo. Cuando un lego en materia futbolística ve ciertos vídeos de ciertos goles, independientemente del color de la camiseta o del nombre del que realiza esas maravillas, no puede menos que emocionarse. Algo que provoca una emoción es algo muy cercano al arte. Y eso es la esencia del espectáculo. Cuando veo una jugada en la que Pelé, o Maradona, o Villa, o Mágico Gonzalez se escapa de unos cuantos jugadores, hace virguerías con el balón y encima la cuela en el fondo de la red, incluso un profano infiel como yo se admira. Y me da exactamente igual cómo haya quedado al final el partido. De la misma manera que cuando veo un partido de baloncesto –deporte al que soy bastante más aficionado– y puedo presenciar un triple, un mate o una jugada espectacular, algo se mueve dentro de mí, y disfruto con ellos, con independencia de cómo haya terminado el encuentro.

Puede que muchos consideren –aun sin saberlo– al fútbol como una religión, pero el fútbol es un espectáculo, y por eso el equipo que hace espectáculo tiene el apoyo de quienes no nos sentimos influenciados por cuestiones de colores. Pero aun hay algo más, y es esa la razón de que escriba hoy esto.

El fútbol, aun más incluso que religión o que espectáculo, es un deporte. Es una actividad física y lúdica. Pero, como todo deporte, es una forma de educación. En España hemos ignorado siempre el componente educativo que tiene el deporte. Para nosotros educación física nunca ha sido algo importante, más que como una manera de tener entretenidos a los chavales. La educación física es mucho más que ejercicio. Además de ser una manera de pretender lograr que los chicos adopten una serie de hábitos saludables y sanos, es la expresión de otra meta importante.

Educación física es educar a través del deporte. Se basa en las ideas del olimpismo y del Barón de Coubertin, en educar en el respeto mutuo, la integración, la igualdad, la solidaridad, la convivencia pacífica, y también en la formación del carácter, el poder del esfuerzo, del sacrificio, de la fuerza de voluntad, de la autosuperación, de la autoconfianza y la autoestima… La educación física es –o ha de ser– una educación en valores, capaz de generar personas maduras, sensatas, dispuestas a esforzarse por conseguir sus objetivos, dispuestas a luchar por un sueño. La finalidad de la educación física –y por extensión, la del deporte– no es sólo la de mantener a los chicos sanos y quemar las grasas con las que los Bollicaos y las Play-Stations los vuelven obesos. La finalidad de la educación física y del deporte es la de mostrar a los chavales que con esfuerzo, dedicación y determinación, todo es posible. Enseñarles que ellos no son unos escuálidos debiluchos, sino que son personas en desarrollo. Enseñarles que lo que les parece un mundo, como correr 2 kilómetros, a base de entrenamiento, de esfuerzo, de dedicación, de trabajo, se hace realidad y se consigue. Y si uno consigue correr 2 kilómetros, también consigue, si se lo propone, sacar un doctorado. Se trata de demostrarles a los chavales que el esfuerzo sí tiene recompensa, que la dedicación, la autodisciplina, el trabajo sistemático, la perseverancia, tarde o temprano terminan por dar sus frutos. Se trata de que comprendan que los límites se los impone uno mismo.

Pero no sólo eso. El deporte también es una manera de comprender a los demás. Quien conoce el valor del esfuerzo, comprende el valor del esfuerzo ajeno, y lo respeta. Quien sabe lo que se sufre al conseguir batir las propias marcas, al superar los propios límites, al conseguir un paso más allá, no puede menos que reconocer el valor del esfuerzo de los que se quedan atrás. Eso es un enorme ejercicio de humildad, de respeto y de honestidad con uno mismo: reconocer la valía del rival. El rival no es un enemigo, sino que puede ser un amigo. De hecho, puede llegar a ser el mejor de todos los amigos.

El deporte también nos enseña lo que es la integración, el trabajo en equipo, la búsqueda de la mejor función para cada individuo, de manera que el resultado sea el mejor para todos. El deporte nos enseña a valorar que sin los demás, no somos nada, por muy bien que hagamos lo que sabemos hacer.

El deporte es un modelo de valores. ¿Qué valores pretendemos que sirvan como modelo a nuestra sociedad, a nuestro país? ¿El del trabajo bien hecho, el reconocimiento del esfuerzo, la excelencia conseguida a base de tesón, de perseverancia, de autosuperación, de trabajo? ¿El de la integración, la comprensión, el altruísmo, la fraternidad, la humanidad, la tolerancia, el respeto, la humildad, la igualdad? ¿El del disfrute por lo que se hace, la satisfacción del trabajo bien hecho, la recompensa del esfuerzo? ¿O queremos que nuestra sociedad tenga por valores la violencia, el juego sucio, la idea de que el fin justifica los medios, que el dinero lo puede todo, el individualismo, el desprecio de lo distinto, de lo ajeno, el miedo a perder el estatus…?

El verdadero partido del siglo se juega en nuestras mentes, y tiene que ver con estos valores. No se trata de que ganen unos colores u otros, sino de que cada uno decida si todo vale o si hay que cambiar el chip y empezar a comportarnos de otra manera. El verdadero partido del siglo es el que nos pone frente a las opciones de fomentar la violencia, el individualismo y la cobardía, o la del esfuerzo, el tesón, la valía y la camaradería. Es el partido que nos pone en la disyuntiva de si preferimos que gane un equipo esforzándose y haciendo las cosas bien, o un conjunto de individuos haciendo las cosas de cualquier manera.

Yo tengo claro qué valores quiero para mi país. Y a mí me da igual los colores del equipo que los fomente. Pero claro, para eso hay que ser honesto con uno mismo y ser capaz de dejar de lado los fanatismos. No sé qué pensareis vosotros.

Trabaja y esfuérzate, con humildad y respeto. Lucha contra la oscuridad. Sé la luz que dicen que hemos perdido.

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3 Responses to “El verdadero partido del siglo”


  1. 20 enero 2012 en 3:00 am

    Solo puedo decir que leyendo como leo a diario no menos de docena y media de artículos de opinión, este me ha parecido simplemente genial. Olé.

    • 2 wewe0
      20 enero 2012 en 11:23 pm

      Me halaga usted. Hay un proverbio que viene a decir: “el tonto habla, el listo calla y el sabio escucha”. Yo, al escribir, hablo, luego soy de los tontos. Si le gustan mis palabras, imagínese todo lo que nos perdemos de las personas inteligentes y sabias que no hablan.

      Un enorme saludo.


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