02
May
11

Derechos torcidos.

Extracto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Asamblea General de las Naciones Unidas. Resolución 217 A (III) del 10 de diciembre de 1948. París.

«Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.
Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.
» (Artículo 2.)

«Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.» (Artículo 3.)

«Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad, conforme a la ley y en juicio público en el que se le hayan asegurado todas las garantías necesarias para su defensa.» (Artículo 10, párrafo 1.)

La democracia es aquél sistema político basado en el escrupuloso respeto y la encendida defensa de los Derechos Humanos. La idea esencial es que nadie tiene derecho a pasar por encima de los Derechos Humanos de otra persona, y que si lo hace, ha de ser juzgada y –en caso de ser encontrada culpable– condenada por ello, pero siempre bajo el imperio de la ley. Y así ha de ser, con completa independencia de los crímenes de los que se acuse a dicha persona, y con independencia de que esa persona haya manifestado su culpabilidad.

La diferencia fundamental entre la democracia y cualquier otro sistema político es que en democracia existe un escrupuloso respeto por las normas. Y si la norma dice que TODA PERSONA TIENE DERECHO A UN JUICIO JUSTO, por mucho que nos duela hacerlo, por mucho que nos gustaría a todos pagarle con la misma moneda, no podemos saltarnos la norma.

Si la norma permite a un violador de menores o a un asesino salir a la calle tras cumplir su condena (o la parte de la condena que las normas estipulan como de obligado cumplimiento), la obligación de un sistema democrático es cumplir sus propias normas, por mucho que nos duela. Otra cosa muy distinta es que el sistema se asegure de que esa persona no vuelva a delinquir, pero siempre observando un escrupuloso respeto de las normas democráticas.

La esencia de la democracia es exactamente ésa: la ley está por encima de cualquier consideración particular, y ha de cumplirse para todos por igual. Y, por pura humanidad, sólo deberíamos considerar posibles excepciones para ablandarla, nunca para permitir un comportamiento más duro y restrictivo que la propia norma. Porque las leyes no nos dicen qué es lo que podemos hacer, sino qué es lo que no podemos hacer. Para todo lo demás, somos completamente libres. E iguales ante la ley.

Cuando un sistema democrático, una nación que presume de ser democrática, se salta los propios principios que la inspiran y pisotea los Derechos Humanos, todos y cada uno de los seres humanos salimos perdiendo. Porque cuando una persona o una nación decide saltarse sus propios principios para actuar al margen de ellos, sienta un peligroso precedente. Los principios son eso, principios rectores de nuestro comportamiento. Una persona que se comporta rompiendo uno de sus principios, es una persona rota. O bien se arrepiente inmediatamente de ello –con lo que se siente rota–, o bien decide convencerse a sí misma de que nada pasa por romper con ese principio, y se rompe por completo.

Hay algo muy curioso en no ser honesto con uno mismo, en actuar más allá de los propios principios: uno necesita justificarse, convencerse a sí mismo de que lo que ha hecho es correcto, que no cabía otra opción. Uno apela a la lógica, a las palabras, al discurso, para justificarse. ¿Por qué esa necesidad? Porque en el fondo uno sabe que no ha actuado de manera correcta. Uno necesita acallar la conciencia, y lo hace no dejándola hablar. La conciencia está más allá de la lógica. La conciencia no sabe de silogismos ni de la coherencia interna de un discurso. La conciencia sólo comprende su propia coherencia. Es imposible convencer a la propia conciencia de que lo hecho era la única opción posible. La única posibilidad que contempla quien no puede acallar su propia conciencia, pues, romperla, romper con los principios, asesinarla.

Hoy la democracia ha perdido su coherencia. Hoy se ha cometido un crimen de estado. Hoy se apela a la razón de estado, a la sangre derramada, a la culpabilidad manifiesta y declarada para justificar lo injustificable: que la primera potencia del mundo, la que presume ser la abanderada de la democracia, ha cometido un acto de verdadero terrorismo de estado y ha pasado por encima de la Declaración de los Derechos Humanos.

Considero personalmente a Bin Laden como un deleznable loco, un fanático ciego de ira que ha hecho muchísimo daño a la humanidad. Pero creo que lo único coherente que los demócratas de todo el mundo podíamos hacer era denunciar ante Paquistán la situación, y que fueran las fuerzas de seguridad paquistaníes las que detuvieran a Bin Laden, para luego entregarlo a la justicia norteamericana, y que los jueces decidieran, en juicio justo y en base a la ley, qué castigo debería inflingírsele.

No soy un iluso. No se me escapa cuál hubiera sido su destino. Soy perfectamente capaz de imaginar las terrible dificultades que todo esto supondría. Pero no soy yo quien decide esas dificultades. Son las dificultades inherentes a las circunstancias, y al escrupuloso respeto de los Derechos Humanos. Son dificultades inherentes a la democracia.

Podrá decirse que este caso era excepcional, que las circunstancias eran completamente excepcionales. Pero si las circunstancias excepcionales justifican medidas excepcionales, entonces estamos perdidos. El mundo está lleno de personas en situación excepcional. ¿Quién decide lo que es lícito en una situación excepcional? ¿Quién decide qué es una situación excepcional?

Lo peor de todo esto es que al saltarnos los Derechos Humanos, damos alas a aquellos que no los respetan. Si nosotros, los demócratas, no respetamos los Derechos Humanos bajo cualquier circunstancia, entonces los Derechos Humanos no tienen sentido. Si somos tan poco honestos como para decidir que los Derechos Humanos no son inalienables y que, en contra de los que ellos mismos declara, existen circunstancias en las que pueden ser escamoteados, entonces la democracia no tiene sentido ni fundamento alguno. Y por lo tanto tampoco tiene legitimidad el regimen que sostenga tal falacia.

¿Con qué legitimidad podrá ahora Obama hablar de Derechos Humanos con China, Cuba o Irán? ¿Con qué autoridad moral puede ahora pretender que se realicen juicios justos a cualquier preso político, acusado de enemigo del Estado?

Hoy es un día extraño. Ha muerto un loco asesino, un peligro para la humanidad, un fanático que ha sembrado la muerte y la división, el recelo, el miedo y la angustia por todo el mundo. Pero para desgracia de la demoscracia, ha muerto en un acto de terrorismo de estado por parte de los que dicen ser garantes y guardianes de la democracia, y que sin embargo han demostrado, una vez más, que no tienen el más mínimo respeto por los Derechos Humanos.

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1 Response to “Derechos torcidos.”


  1. 1 ivan
    7 julio 2011 en 5:44 pm

    por fin pude leerlo entero.me gusto mucho la parte donde hay que asesinar a la conciencia de culpabilidad muy bueno.Lo demás es para mi como el pan nuestro de cada dia desgraciadamente por eso intento no ver estos crimenes diarios contra la libertad del ser humano.personalmente a mi me afecta y si se cumplieran las leyes españa no seria españa enn fin es un tema largo a debatir….
    un saludo


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