18
Jul
11

La próxima crisis

La lógica de los mercados, según Vergara.

Hace ahora algo menos de tres años que comenzó la crisis económica. Aunque ahora suene increíble, en aquellas fechas personalidades tan poco sospechosas de ser tachados como antisistema como Georges Soros, Alan Greenspan, Rodrigo Rato, Paul Kurgman y periódicos como el Financial Times, The Economist, Fortune o Business Week coincidían en el carácter extraordinario de la crisis económica (incluso más de uno de ellos la llegó a calificar de apocalíptica) que en aquellos momentos se estaba desatando. Periodistas de uno y otro signo político se preguntaban si no estaríamos ante el fin del capitalismo. Los Jefes de Estado o de Gobierno de Francia, EEUU o China, entre otros, apelaban a la necesidad de reformar el sistema económico-financiero desde una perspectiva más ética.

 

Por supuesto, los que manejan la economía no permitieron que ninguna de las medidas que pudieran rebajar sus astronómicos beneficios salieran adelante. Reformas, sí, pero no en la dirección a la que apuntaban los líderes globales. Mientras que por un lado la clase media se encamina hacia su extinción, su poder adquisitivo cae, y una gran parte de la población apenas gana lo suficiente como para sobrevivir (algunos optan directamente por el suicidio), por otro lado, directivos, ejecutivos, consejos de administración, banqueros (incluso los de entidades apoyadas por dinero público y también aquellos que provocaron la crisis), jefes del Fondo Monetario Internacional, miembros de partidos políticos (incluso alcaldes de pueblo) parecen mantenerse ajenos al espíritu de austeridad y contención de sueldos que promulgan.

 

La situación es clara: lejos de actuar en la linea de poner unas normas claras sobre qué se puede hacer y qué no (regularizar los mercados) y sobre cuánto puede ganar una persona, las medidas de reforma han caído sobre los ciudadanos de a pié, sobre nosotros. Mientras que la UE, los EEUU, el FMI y el G20 no dudaron mucho en movilizar y poner encima de la mesa billones de dólares para salvar bancos sin exigirles absolutamente nada, los dirigentes de la zona Euro se pelean a navajazos por decidir quién pone el dinero para salvar a Grecia, a la vez que colocan esas mismas navajas en el cuello de los dirigentes griegos, irlandeses, portugueses, españoles e italianos para que acometan las reformas más sangrantes que jamás se hayan visto en tiempos de paz y democracia. Y todo con tal de que Angela Merkel no tenga que reconocer que los bancos alemanes se han equivocado, que han invertido los ahorros de sus pensionistas en bonos basura y que Grecia no puede hacer frente a su deuda. La OCDE ya reconoció que el principal problema económico de la zona Euro no es ya la deuda pública ni el mercado laboral, sino las instituciones financieras. Por lo tanto estas medidas no sirven para nada. No conseguirán calmar a los mercados, porque los mercados ya actúan de espaldas a la realidad. Los mercados de hecho están falseando la realidad. Cuando un Premio Nobel de Economía reconoce que se está actuando de manera equivocada, uno empieza a pensar que lo que falla es la filosofía que subyace en las medidas y por lo tanto la ideología que alienta esas medidas. Insistir en cerrar los ojos a la realidad es como pretender que el Titanic puede seguir navegando y llegar a puerto tras chocar con el iceberg.

 

No nos engañemos. Las medidas draconianas no tienen el más mínimo efecto. No se puede continuar con esta farsa. Grecia no puede pagar, y punto. Los que invirtieron en ella han de asumir sus pérdidas. Aunque eso signifique que las agencias de seguros por impago deban hacer frente a pérdidas que ellas mismas no pueden tampoco asumir. Quien juega a ganar tiene que estar dispuesto a perder. Al fin y al cabo, para algo están las primas de riesgo. Lo que no es justo ni admisible es que alguien exija altos beneficios por correr el riesgo de invertir, y que luego no esté dispuesto a asumir pérdidas. Por mucho que la banca no quiera comprenderlo, no se puede ganar siempre.

 

Yo no sé si es o no lo mejor dejar caer a Grecia. Lo que sé es que la realidad me hace pensar que Grecia no puede hacer frente a sus deudas. Así que tarde o temprano tendrá que caer. Y en su caída puede arrastrar a España o a Italia (o a los dos). ¿Qué pasará entonces? Previsiblemente, que el efecto dominó termine por arrastrar también a Alemania, y se hunda la zona Euro, la primera economía del mundo. Porque no nos engañemos: Europa es un enano políticamente hablando, pero es un gigante en lo que a economía se refiere.

 

¿Es casual esta dicotomía? Parece que muchos –incluido Paul Krugman, Premio Nobel de Economía– piensan (pensamos) que la actual situación de inestabilidad económica podría solucionarse (en parte) con una mayor unidad política. De hecho, solamente con que hubiera una única política fiscal (es decir, de impuestos) a nivel europeo (equiparable a la de la media de la Unión Europea), ya España dejaría tener déficit, y no tendríamos que someternos a recortes públicos.

 

Pero parece imposible un acuerdo de mayor unidad política (o incluso fiscal) en una Unión Europea en la que a pesar de –o quizá precisamente por– tener un Parlamento, un Presidente (van Rompuy), un presidente de la Comisión Europea (Barroso) y un presidente de turno (actualmente Donald Tusk, Primer Ministro de Polonia), quienes realmente cortan el bacalao son Angela Merkel y Nicolas Sarkozy. Así que mucho me temo que Grecia terminará cayendo, y que, o mucho cambian las cosas, o arrastrará en su caída a España y a Italia, y toda la zona Euro se irá al carajo. O puede que incluso eso no llegue a pasar, porque antes sean ni más ni menos los mismísimos Estados Unidos quienes no puedan pagar sus deudas.

 

Inquietante panorama, ¿no es cierto? Tal vez sea porque intentar negar la realidad y mirar para otro lado, aun a costa de hacer pagar a los de siempre, no es la manera de afrontar una crisis sistémica. Tal vez sea porque en el fondo es verdad que esto no funciona, que cuando una máquina no la conduce nadie, lo más normal es que antes o después se despeñe. Tal vez sea porque –aunque nos hayan intentado convencer de lo contrario durante los últimos dos años– lo mismo es verdad que esto es el final del capitalismo tal y como lo hemos estado conociendo (y sufriendo) durante las últimas dos décadas: el fin del modelo económico neoliberal. Tal vez lo que se avecina no sea una nueva crisis, sino la misma que hemos venido padeciendo. Son las cosas que pasan cuando los problemas se cierran en falso.

Actualización de última hora (19/VII/2011): Parece que me he adelantado al FMI.

Segunda actualización de última hora (07/VIII/2011): No soy el único que cree que entramos en una nueva recesión.

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