Archivos para 24 octubre 2005

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Hay que ser muy tonto para celebrar una derrota.

¿Se imagina alguien a los ingleses celebrando el 4 de julio? ¿O a los republicanos españoles celebrando el 17 de julio? ¿Cabe en la cabeza de alguien que en España se realicen celebraciones para conmemorar la batalla del Guadalete? ¿Entonces a qué viene esto de Trafalgar?
Es muy sencillo: para los británicos es un hito en su historia, un punto de inflexión. Celebran que Napoleón no pudo hacer nada para invadirlos, que después de mil años, ningún ejército extranjero ha conseguido pisar suelo británico desde el de Guillermo el Conquistador. Es la conmemoración de la caída, en acto de servicio, de uno de sus héroes más ilustres, el comandante Nelson. Celebran a su ídolo. Que nadie se confunda: esto es una celebración púramente inglesa.
¿A qué entonces tanta complicidad y tanta complacencia por parte de nuestras autoridades (empezando por la Armada y terminando por el Ayuntamiento)? Se tiene mucho cuidado en que, oficialmente, no aparezca la palabra “celebración” ni “conmemoración”. Lo sustituyen por eufemismos como “actos conmemorativos”, y nos venden la idea de que esto es un “homenaje a los caidos, de cualquier nacionalidad o bando”. Y dos huevos duros.
Se nos están choteando, señores, se nos están choteando. Los súbditos de su graciosa majestad se están partiendo el miembro de ver como nuestras autoridades, sonrisa en cara, se unen a las celebraciones y les ponen el culo en pompa. Se nos están cachondeando en nuestras caras, con cargo a nuestros impuestos, todo sea dicho, en unas celebraciones (desfiles militares, banderas, colorido, paseos por las calles típicas de la ciudad… menudo homenaje a los difuntos) que a nosotros nada nos aporta.
Porque aquí lo que se celebra es que miles de gaditanos fueron forzosamente alistados en los ya entonces destartalados buques de la flota hispano-francesa para morir a mayor gloria de Napoleón o del Imperio Británico, según quién ganase, pero nunca de España. Aquí se celebra que el inútil de Carlos IV fue tan corto de vista que se alió con Satanás, argumentando los lazos familiares que tradicionalmente habían unido a su familia con Francia (la misma Francia republicana que había decapitado a su rey) y la tradicional enemistad con los ingleses, en lugar de aliarse con Austria e Inglaterra para pararle los piés al general corso. Y así nos fue, primero Trafalgar, luego lo de Bayona…
El general Mazarredo escribiría (aun antes de la batalla) «…llenamos los buques de una porción de ancianos, de achacosos, de enfermos e inútiles para la mar» (Wikipedia dixit). O sea, que la incompetencia y la improvisación estaban cantadas ya desde antes. Se le estaban viendo las orejas al lobo. Conquistar las Islas Británicas era para Napoleón un sueño, como lo fue también para otro loco algo más de un siglo después. Algo debe de tener de reto personal eso de ser el primero en mil y pico años que pone un pie enemigo en territorio inglés. Y el caprichito lo pagó España, concretamente Cádiz, con la vida de miles de sus habitantes. El 21 de Octubre de 1805 hubo aquí mucha gente que murió sin saber muy bien por qué lo hacía. Mucha gente que fue obligada a tomar las armas para defender a España del perro inglés, cuando lo que en realidad -y ellos lo sabían- estaban defendiendo era la posición de un rey inútil frente a un loco que, como luego se vió, no iba a vacilar ni un sólo instante en arrebatarle la corona. Aquí se luchaba por un emperador extranjero, que ni de lejos casaba con la mentalidad de la época -ya fuera tradicionalista y católica, ya revolucionaria y republicana-, por alquien que no dudaría en sacrificar la vida de sus soldados para obtener la gloria.
Eso, y no otra cosa, es lo que se está celebrando hoy. Y lo peor de todo es que, ironías de la vida, los ingleses nos quedan como los enemigos, la pérfida Alvion que nos vuelve a poner en cintura. “Celebramos que matamos a Nelson y que Napoleón no llegó a pisar Cádiz”, escuché el otro día. Sí, no llegó a pisar Cádiz precisamente porque la flota británica estaba fondeada en la bahía. La misma flota que había hecho trizas el sueño de Napoleón. Nosotros contra Nelson no teníamos nada.
Háganme un favor: guárdense las banderas, los barquitos, los trajes de la época, los desfiles, y con el dinero que se gastan en traerse aquí a unos pocos burócratas franceses e ingléses, a ver si hacen algo para que la gente no se tenga que ir a Castellón. A ver si ahora vamos a tener que buscar un nuevo Nelson a quien echarle las culpas de que nuestra Carlos IV que ocupa el sillón de San Juan de Dios no consiga ponerle las cosas claras al Napoleón que es el paro, y que esta vez ha entrado de lleno en la ciudad.