Archivo para 23 abril 2006

23
Abr
06

Tu calor.

Tú estabas sentada
a mi lado. No sé cómo terminamos sentados uno junto al otro, porque
desde hacía meses nos evitábamos. A mí me daba vergüenza volver a
mirarte, y tú supongo que querías evitar situaciones incómodas. Imagino
que llegué tarde, como siempre, y tuve que sentarme en el único asiento
libre que quedaba: junto a ti.

No hablamos en toda la hora, más allá de un lacónico “hola”. Creo que
ni siquiera nos miramos. En algún momento tu pie fue a dar con el mío
bajo la mesa, o tal vez tu codo rozó el mío, no recuerdo bien qué fue.
Lo que sí recuerdo fue la instintiva reacción de apartarme, como si tu
sólo roce me hiciera daño. Y, curiosamente, la inmediata reacción de mi
cerebro pensando “¡no, busca su contacto!”.

Había algo. No sé qué
sería, pero había algo. Dos personas normales no se comportan así
durante años. Yo sé muy bien lo que había por mi parte. Lo supe desde
la primera vez que te vi, que no pude despegar de ti mis ojos. Aunque
tardé mucho en aceptarlo. Demasiado tiempo. Y luego vino lo que vino.
La ausencia, el deseo en la distancia, sin esperanza alguna de volver a
verte, y aun así persistiendo en el tiempo. Y el regreso, tan
inesperado como inexplicable. Luego los meses más bonitos de mi vida, y
después…

Había algo. Aun no sé qué era lo que había por tu parte, pero había
algo. Reconozco que me porté como un idiota, sé que fui infantil e
irracional. Pero eso no explica tu comportamiento, también errático e
incomprensible. Me tenías jugando al juego del gato y el ratón: huías
de mí cada vez que buscaba tu presencia, cada vez que me acercaba a ti,
cada vez que comenzaba una conversación… Pero en cuanto decidía que
no merecía la pena seguir buscándote comenzabas a mirarme desde lejos,
de reojo, a sentarte cerca de mi, a buscar sutilmente una cierta
cercanía lejana, un estar ahí pero sin estar. Y de vez en cuando
incluso cambiábamos los papeles y eras tú la que me hablaba. Tus
palabras solían ser entonces tentadoras. Jamás eran inocentes, siempre
parecían contener un doble mensaje. Nunca, nunca entonces me dijiste
algo trivial, sin importancia. Siempre dejabas caer, como quien no
quiere la cosa, indirectas que sabías que sólo yo podía interpretar.
Siempre me mirabas de soslayo cuando decías esas cosas, buscando en mi
cara mi reacción. Y siempre mi mirada te revelaba que no caían en saco
roto. Y vuelta a empezar, vuelta a perseguirte, y tú a huir de mí.

Pero aquella mañana las cosas ya habían cambiado mucho. Yo ya hacía
mucho que no te veía como lo que siempre habías sido para mí. Tus
indirectas ya no funcionaban. Hacía mucho que había dejado de temblar
cuando te veía. Paradojas de la vida, la última vez que hablamos, dos
semanas atrás, fuiste tú la que no pudiste disimular el temblor de tu
voz y de tus manos.

El destino es a veces muy cruel. Conmigo lo es especialmente en
cuestiones sentimentales. Le gusta ponerme la miel en los labios y
luego llevarse el tarro. Lo de aquella mañana fue, sencillamente, una
putada. Irónico, ¿verdad?, sentarnos juntos, uno al lado del otro, a
esas alturas, precisamente en ese momento.

Tú mirabas constantemente hacia el frente, sin desviar la mirada, sin
dar ningún paso en falso. No querías que pensara que te importaba que
me hubiera sentado a tu lado. Hubiera colado, pero nunca se te dio bien
fingir. Se te notaba alterada. No te comportaste con naturalidad. No te
esperabas que una situación como esa se pudiera dar a esas alturas. Y
tu propio empeño por hacer como que te daba igual demostraba que no te
daba igual, ni mucho menos. Me había pasado años observándote como para
que me engañaras a mí precisamente ahora.

Entonces ocurrió. Llevábamos así unos minutos. Tú estabas ligeramente
ladeada hacia mí. Y empecé a sentirlo: tu calor. Estabas a unos
cuarenta centímetros de mí, pero el calor que irradiabas llegaba hasta
mí. Era un día frío de marzo, la calefacción no estaba encendida. No
cabía duda, eras tú. Lo comprobé porque me eché un poco hacia detrás y
no té que el calor provenía de ti. No me atreví a mirarte.

Sentir tu calor… Todo el absurdo de nuestro comportamiento del uno
con el otro parecía derretirse con el calor que desprendías. Por
primera vez en algunos años me sentía de nuevo a gusto a tu lado. A
pesar de todo, en ese momento lo único que hubiera querido es
abrazarte. Es curioso que lo que siempre había sospechado que sentías
por mí, aquello que habías ocultado y probablemente negado a ti misma
–ahora que habías encontrado un novio que tan feliz te hacía,
precisamente ahora no podías admitir algo así–, eso que te hacía
comportarte así conmigo y que te había hecho que mi sola presencia te
pusiera nerviosa en las semanas atrás, todo lo opuesto a aquello que tu
comportamiento intentaba transmitir, tu cuerpo lo estaba delatando con
tu calor.

No fui impasible ante tu calor. Lo sentí, y deseé que aquella hora no
terminara nunca. El calor que desprendías era la confirmación de lo que
había sospechado durante años. Tu cuerpo desmentía lo que tu cerebro
intentaba decir. Sentir tu calor, aun a 40 centímetros de distancia…
Fue precioso.

La hora terminó. Te marchaste con un lacónico “adiós”. Yo permanecí
allí, pensando, intentando revivir aquello. Y en ese preciso momento
comprendí lo estúpido que era todo aquello. No tenía sentido alguno. Y
no podía seguir pensando que lo tenía. Así que hice lo que debería
haber hecho mucho tiempo atrás: cerrar definitivamente esa puerta.

Ahora puedo recordar todo aquello sin sentir que había perdido algo.
Ahora puedo reconocer que todo estaba perdido desde hacía demasiado
tiempo. Ya no siento nada por ti. Desde aquel día pasaron muchas cosas
en mi vida, muchas experiencias. Lo que no pudo hacer la distancia y el
tiempo lo hizo el sentarnos una hora juntos sin mirarnos siquiera. Tú
ya no eras la chica a la que conocí una noche de verano en
circunstancias poco ortodoxas. Seguramente yo tampoco era ya el mismo.
Pero algo extraño, misterioso, un deseo atávico, un sentimiento fuera
de toda lógica parecía seguir uniéndonos. Era un vínculo dañino, ni tú
ni yo conseguíamos liberarnos de él. Hasta ese día.

Pasaron algunos meses antes de que decidiera desaparecer por competo.
No me resultaba fácil. No por ti, sino por todos los demás. Pero un día
volviste a mirarme de esa manera, como lo hacías siempre, como diciendo
con los ojos: “te hecho de menos”. Me dije: “se acabó”. No quería
volver a verte. Sabes que no podemos ser amigos, que entre nosotros
sólo hay dos posibilidades: o todo o nada. No caben medias tintas. Yo
ya estoy demasiado cansado del juego del gato y el ratón. Pero además
estoy convencido de que, con todo nuestro curriculum sería imposible
que las cosas fueran bien. Así que rompí definitivamente con esa
situación, y me fui.

Hace un par de días escuché de pasada una canción. La echaban por la
radio, y era la canción que me cantaste aquella noche de verano, justo
antes de que nuestras miradas se quedaran clavadas, como pegadas, tus
ojos en mis ojos y los míos en los tuyos. No pude evitar recordar
aquella noche en la que el destino decidió entretenerse algunos años
con nosotros haciéndomelo pasar perras a mí (no sé a ti). Me sigo
preguntando qué hubiera sido de mi vida de llevar tan sólo un lápiz y
un trozo de papel encima para poder apuntar tu número de teléfono y
darte el mío, como me pediste. Desde entonces nunca, absolutamente
nunca, salgo sin algo con lo que escribir.

La canción me trajo recuerdos, y el más vívido fue el de tu calor. Creo
que fue un error del destino que nuestros caminos se cruzaran. Ahora,
cuando ya nada de aquello me importa, puedo reconocerlo sin
remordimientos. Pero aun así, sentir tu calor como lo sentí aquella
mañana de marzo…

Sé que es imposible que leas estas lineas. Seguramente por eso las
escribo. De todas formas, ya todo aquello me da igual. Me hubiera
gustado decírtelo a la cara, eso y muchas cosas más. Pero creo que todo
está mejor así.

Ciao.

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