Archivo para 28 junio 2009

28
Jun
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Historias de A

A es licenciado en matemática. Obtuvo la mejor nota en la Selectividad en su comunidad autónoma. Realizó su licenciatura a curso por año. Proviene de una familia de clase media, sin lujos pero sin agobios. Durante toda su licenciatura ha disfrutado de la beca compensatoria del ministerio, que le permite estudiar sin tener que trabajar, ya que se le paga la matrícula y alrededor de 3000 € anuales. A tiene una mente realmente brillante, tiene un gran futuro como matemático por delante. Podría trabajar prefectamente en cualquier equipo de investigación (en una universidad o en una empresa).

Obtenida su licenciatura, A se decide por estudiar unas oposiciones para ser profesor de secundaria. No es su vocación. Sabe que dar clases a una panda de adolescentes es estresante, a veces incluso peligroso, y que la sociedad no reconoce ese trabajo. Pero es la oportunidad de ser funcionario, de trabajar en algo seguro, bien pagado, con mucho tiempo libre y buenas vacaciones.

A tiene que competir por una plaza con varios miles de opositores. Algunos son interinos con varios años de experiencia en aulas, por lo que parten con una enorme ventaja sobre él. Si un interino realiza el mismo examen que A, tendrá más puntos que él.

A se prepara el temario durante 2 años. Son dos años de durísimo trabajo, de una enorme disciplina, de repasos. De poco le sirve ahora todo lo que ha estudiado, porque en la oposición no se trata de comprender lo que estudia, sino de luchar contra el paso del tiempo. Es una doble lucha. Por un lado lucha contra el calendario. Las semanas pasan, y A tiene que memorizar los temas, uno a uno, para repetirlos como un papagallo. Por otro lado es una lucha contra el reloj: tiene que condensar cada tema en lo fundamental, para que quepa perfectamente en el tiempo que tiene para exponerlo en el examen. Así que no sirve de mucho todo lo que ha estudiado durante su licenciatura: ahora se trata, sencillamente, de ser el mejor en técnicas de estudio. Y cualquiera que haya estudiado la licenciatura en matemática sabe que estudiar la carrera no tiene absolutamente nada que ver con estudiar un temario. En la licenciatura de matemática no valen las técnicas de estudio. Lo único que vale es comprender lo que lees, comprender cada demostración, cada paso que das, y realizar cientos de ejercicios y problemas. De nada vale subrayar, hacer esquemas, resúmenes, etc. Todo eso no funciona en la licenciatura en matemática. Así que A se ve en la tesitura de tener que comenzar de cero.

A tiene que competir con muchos de sus compañeros, tiene que competir con interinos, tiene que competir con muchos otros opositores de oposiciones anteriores, de otras comunidades. E incluso tiene que competir con licenciados en otras areas, que perfieren dar clases de matemática antes que de aquello de lo que se han  licenciado (por ejemplo, muchos físicos optan por opositar en matemática porque no quieren tener que enseñar química). A está muy seguro de sí mismo, pero una oposición es algo muy distinto a todo lo que ha estudiado anteriormente. Tiene que luchar también contra sí mismo: contra sus nervios, su ansiedad, sus miedos, su agotamiento, su angustia…

Finalmente llega el día del examen. Puede ser que A tenga suerte, haya conseguido el milagro de preparar los setentaytantos temas, y lo haga muy bien, pero también puede ocurrir lo más habitual: que no haya tenido tiempo material de estudiar todos los temas, y no le pregunten ninguno de los que lleva realmente bien preparados. Se puede dar la paradoja (y es una paradoja no muy improbable) que un brillantísimo estudiante como A quede muy por debajo de otros licenciados que terminaron la carrera con mucha menos nota que él, teniendo que dedicarle además varios años más que él.

A decide no ceder, y vuelve a prepararse las oposiciones de la siguiente convocatoria, 2 años más tarde. Ya tiene buena parte del camino recorrido, así que en los dos siguientes años sólo tiene que completar lo que no pudo estudiar en la anterior ocasión, y repasar, repasar mucho. Con suerte, le llaman de la bolsa de interinos para hacer alguna sustitución en algún pueblo de su comunidad autónoma, a veces muy lejanos. Eso le permite adquirir puntos extras.

Finalmente, después de 4 años de intensivo estudio, sacrificios y penurias, nuestro brillantísimo licenciado en matemática ha conseguido ser funcionario de carrera, tiene un puesto de trabajo para el resto de su vida, un sueldo envidiable (sobretodo ahora) y ya tiene la vida resuelta. Pero no todo son ventajas: ahora tiene que comenzar a enseñar, a luchar en las aulas, de por vida. En el fondo, esto no es lo que más le llena, y su trabajo se convierte para él en algo monótono, pesado e intrascendente. No es que lo pase mal, porque entre los profesores, personas que están en una situación parecida a la suya, o que ya la han vivido, suele haber muy buen ambiente, e incluso también tiene buenos alumnos. Pero a él, su trabajo en sí, no le llena. Es completamente administrativo y monótono. Es un trabajo de funcionario. Su mente está hecha para otra cosa.

Además está el tema de las relaciones personales. Tiene que compaginar su realidad laboral con una relación de varios años, lo que a menudo se traduce en llevar una vida durante la semana en un pueblo, y viajar los fines de semana durante varias horas para poder estar junto a su pareja y su familia.

Finalmente A termina asqueado de la matemática. Para él tiene una doble cara: la que tuvo durante sus estudios universitarios, seguramente una cara interesante, fascinante, estimulante, y la otra, la experiencia postuniversitaria: cuatro años de oposiciones, de estudio mecánico e insulso de un temario que en realidad ya conocía perfectamente. Cuatro años en los que la matemática ha parecido quedar para él completamente muerta, paralizada, disecada. Un temario que en su momento le resultó fascinante, interesante, pero que la presión psicológica, el tedio y la monotonía de las oposiciones conviertieron en algo indiferente, en el mejor de los casos. Y luego la cotidianidad de tener que explicar, año tras año, exactamente las mismas cuestiones elementales, los mismos ejercicios, los mismos problemas, a los mismo alumnos completamente desinteresados por la materia. Incluso el temario de las oposiciones, que él encontraba ya sencillo y conocido (a nivel intelectual, meramente matemático), es miles de veces más interesante que esa mecánica de operaciones y reglas de manipulación que, año tras año, tiene que enseñar a esos chavales completamente indiferentes, que sólo quieren que la clase pase cuanto antes. De vez en cuando aparece un chico o una chica brillante, interesado por la materia, y algo de la magia, de la ilusión, vuelve a su espíritu. Pero A está perdido completamente para la matemática. A se ha convertido en un funcionario.

La historia que acabo de contar es ficticia, pero es el argumento general de muchas de las mejores mentes matemáticas que he tenido el privilegio de conocer. En los 12 años que he tardado en completar mi licenciatura, he podido conocer a personas realmente bien dotadas para la matemática, mentes muy brillantes, que podrían haber hecho descubrimientos interesantes, o que podrían haber aportado bastante al avance del conocimiento. Hay muchas personas reales -realmente muchas- que podrían interpretar perfectamente el papel de A. Incluso muchas de esas personas no han tenido tanta suerte como A, y han tenido que pasarlo muy mal durante sus estudios, sus oposiciones o incluso durante su vida laboral como maestro de secundaria. Por supuesto, también hay maestros por vocación, personas muy brillantes que desde el primer día que comenzaron sus estudios tenian ya clarísimo que lo que ellos querían era enseñar, dar clases, ser maestros. Ellos lo son por vocación, y aunque eso no signifique que no lo hayan pasado mal, luego obtienen la recompensa de trabajar exactamente en aquello que siempre han querido. A ellos no les es aplicable esta historia, naturalmente.

Ahora viene mi reflexión: dejando al margen a los maestros vocacionales, aquellas personas para las que enseñar es su pasión, ¿no es un enorme despilfarro de dinero, recursos, y -lo que es peor- de potencial científico todo esto? El Estado invierte en cada una de esas personas una interesante cantidad de recursos para formarlas, para dotarlas de unos conocimientos y unas destrezas con las que desarrollar una labor: la labor del matemático. La matemática trata, en último término, de resolver problemas. Problemas como el de desarrollar las herramientas necesarias con las que modelizar los fenómenos de la realidad. Gracias a la matemática tenemos hoy en día, por ejemplo, los archivos mp3, la telefonía móvil, el GPS… Pero también se han desarrollado nuevas técnicas de detección precoz de enfermedades, se sabe mucho más sobre el genoma, han aparecido nuevas manera de diagnosticar enfermedades, se puede planificar mejor cómo realizar una plantación de tomates para obtener los máximos beneficios, se puede predecir el tiempo meteorológico con bastante más precisión y con más días de antelación… Gracias a la matemática hoy en día una empresa puede decidir cómo realizar los turnos de trabajo para obtener mayores beneficios sin necesitar que los empleados trabajen más. Gracias a la matemática se pueden establecer las rutas más seguras y a la vez más baratas para realizar transportes, tanto de mercancía como de pasajeros, con lo que ahora mismo puedes viajar a Londres, París, Berlín, Roma o Praga por un precio que hace sólo quince años parecía imposible. Gracias a la matemática podemos comprar a través de internet, de manera segura, con lo que cualquiera puede montar en su casa una tienda on-line. Gracias a la matemática se ha podido determinar con una enorme exactitud qué riesgo se corre de que una persona a la que se le da un crédito pueda o no pagarlo (sí, el origen de la actual crisis está precisamente en cómo los bancos ignoraron esos cálculos, en cómo -a pesar de que el riesgo de que esas personas pudieran no devolver el dinero era muy alto- decidieron anteponer beneficios a sentido común, maquillando a veces los resultados matemáticos o minimizando su importancia).

La matemática está detrás de miles de situaciones que la gente ignora. Muchas decisiones muy importantes en tu propia vida se toman en un despacho después de que alguien haya hecho una serie de cálculos. Alguien con una gran capacidad de análisis. Alguien que no es sustituible por una computadora, porque aunque una computadora pueda hacer esos cálculos -y de hecho son ellas las que siempre hacen esas cuentas-, ninguna tiene los conocimientos necesarios para interpretar esos cálculos, ninguna sabe cómo tomar decisiones con esos cálculos.

La investigación es la piedra angular del desarrollo de una sociedad. Un país desarrollado es siempre un país en el que se ha invertido y se invierte mucho en investigación. Existe en España un enorme potencial científico desperdiciado. La ausencia de inveresión en investigación nos condena a ser un país cateto. Sólo hay que pensar en cómo la crisis está afectando a España, el país del ladrillo, y cómo está sin embargo afectando a un país como Alemania, de una gran tradición investigadora. La investigación tiene como corolario la industrialización, la diversificación de la economía, y la capacidad para sortear mucho mejor una situación de crisis económica. En España no se ha dado la oportunidad a muchas de sus mentes más brillantes para que aporten sus ideas, para que contribuyan a la investigación. Al licenciado en matemática se le condena a optar entre ser programador en una cosultoría -1000€ al mes, durante varios años, trabajando sin horario ni calendarios, en un puesto para el que no ha sido formado durante su licenciatura: un matemático no es un programador, aunque puede reconvertirse en uno-, opositar en secundaria, o trabajar de lo que sea, sin ninguna relación con la matemática. Pero lo peor de todo es que no es cierto que no se invierta en esa persona. Como alguien muy inteligentemente me apuntó tras mi anterior artículo, el Estado paga cinco sextas partes del coste de cada alumno universitario. En el caso de los becarios, cubre el 100% de ese coste, y además le ayuda económicamente. El Estado hace una fuerte inversión en cada alumno universitario. Pero es que la hace muy mal.

Si la matrícula de un alumno universitario cubre sólo la sexta parte de lo que realmente cuesta que ese alumno estudie, ¿qué es lo más inteligente? ¿Que el alumno no reciba recursos económicos y alargue sus estudios año tras año, porque tiene que dedicar parte de su tiempo -en muchos casos además son las mejores horas de su tiempo, aquellas en las que más puede aprender- realizando un trabajo completamente no cualificado, obligando al Estado a cubrir, año tras año, las cinco sextas partes de lo que ese alumno cuesta? ¿O es más inteligente cubrir también esa sexta parte y financiar al alumno para que pueda dedicar plenamente su tiempo y sus esfuerzos a estudiar, y termine lo antes posible? A mí no me cabe ni la menor duda de que, con la financiación adecuada, liberándome de tener que impartir clases particulares o de trabajar de lo que fuera para pagarme los estudios, en lugar de 12 años, hubiera necesitado tal vez 6 o a lo más 7. Es sencillo hacer las cuentas: si se me hubiera dado beca desde el principio, el Estado hubiera gastado mucho menos en mí que no haciéndolo. Yo le he costado más al Estado, sin beca, que lo que le hubiera costado con beca. Y os aseguro que mi caso no es un caso aislado.

Pero no es mi intención ir por ese camino. Lo que me pregunto es, ¿para qué esa enorme inversión? ¿Para que luego toda la capacidad se vaya en enseñar a multiplicar potencias de la misma base, año tras año? Está claro que España no puede prescindir de la investigación, de la ciencia, de la cultura, de la Universidad. Hay que ser muy cateto, muy ignorante, muy torpe y muy estúpido para no darse cuenta de que un país desarrollado es siempre un país culto. Actualmente, nivel cultural y nivel económico de una población van parejos (siempre que el Estado invierta lo suficiente en investigación). Por la sencilla razón de que la cultura es conocimiento, el conocimiento bien financiado conlleva investigación, y de la investigación sale la industria, que genera riqueza. Y la cultura es un todo. No basta con crear ingenieros. La gente con conocimientos, la gente culta, tiene unos gustos, unas motivaciones, unas inquietudes. Invertir en arqueología también repercute, a la larga y de manera indirecta, en la producción tecnológica. Los grandes centros científicos de todos los tiempos han sido siempre a la vez grandes centros artísticos y culturales. Los lugares en los que se intenta fomentar la ciencia sin fomentar otros aspectos culturales no cuajan. Por la sencilla razón de que los a científicos, cuando no están estudiando, les gusta distraerse con cosas que no tienen nada que ver con la ciencia. Cualquier sala de teatro, danza, cualquier ópera, cualquier museo de arte tendrá con toda seguridad al menos una tercera parte de su público formado por científicos, médicos, ingenieros, etc. Si le preguntas a cualquier investigador si prefiere vivir en un lugar donde no hay actividades culturales e intelectuales o vivir en un sitio donde hay exposiciones, teatro, librerías, auditorios, la respuesta es evidente.

Un licenciado en matemática es una persona que, con independencia de lo que el Estado haya ya invertido en él, ha realizado ya un enorme esfuerzo formativo. En general, cualquier licenciado lo es, pero yo hablo del caso que me toca, porque es el caso que conozco bien. La sociedad no puede permitirse el lujo que supone formar a alguien así para luego tenerla haciendo un trabajo que podrían haber hecho muchos otros profesionales. Y como un país no puede permitirse el lujo de no invertir en gente que pueda investigar, la conclusión lógica es que lo inteligente es hacer una invesrión más fuerte, para que cuando esa persona se forma, en lugar de irse al extranjero -donde las expectativas laborales son mucho mejores, y además va a tener una enorme oferta cultural-, revierta en la sociedad los dividendos de la inversión que se ha hecho en esa persona. No es sólo una labor del Estado. La empresa también tiene que ser consciente de ello, del enorme potencial de beneficios que supone invertir en investigación. Es una inversión a largo plazo, pero cuyos dividendos son altísimos. No existe ninguna sociedad rica que no mime a su clase intelectual y científica.

A pasará los próximos 40 años enseñando a multiplicar matrices y cosas así. Su gran ineligencia y sus conocimientos ya se están malgastando, y es ya inveitable que se pierdan. Por supuesto que juega un papel importante en la sociedad, pero desde luego no se le permite jugar el importantísimo papel que podría desempeñar.

A veces me pregunto cómo sería el mundo actualmente si Gauss hubiera estudiado unas oposición y se hubiera dedicado toda su vida a bregar con adolescentes en una clase. A veces me pregunto la cantidad de avances que nos estamos perdiendo (y el nivel económico que no llegaremos nunca a alcanzar) por la cantidad de Gauss que están dando clase en institutos.

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14
Jun
09

58 millones de euros

Un millón de euros son 166.386.000 pesetas. 58 millones vienen a ser alrededor de los 10.000 millones de pesetas.

Yo tardé 12 años en terminar la licenciatura en matemática, entre otras cosas, porque para poder pagar la matrícula tenía que dar clases particulares, ya que no alcanzaba los parámetros académicos necesarios (aprobar el 80% de los créditos matriculados). Gastaba mis tardes yendo y viniendo (naturalmente andando, porque en Cádiz un bonobús son 10 viajes, no hay ninguna otra oferta para personas que toman mucho el autobús) a las casas de mis alumnos, e intentando meter en la cabeza de aquellos adolescentes cómo se suman fracciones, cómo se multiplican matrices, cómo se derivan funciones… Las horas más fructíferas del día para el estudio se me iban en explicar una y otra vez algo que yo ya sabía perfectamente, en obligar a hacer y corregir una y otra vez, constantemente, ejercicios que para mí no tenían el menor interés, en lugar de aprender y estudiar lo que realmente estaba viendo en clase. Luego llegaba a casa a eso de las ocho, mentalmente desgastado, y después de cenar me ponía a estudiar, hasta que mi cabeza decía “basta”. Cuando llegaba la época de exámenes, mis alumnos, aterrorizados, y sus madres, preocupadas (tanto por el hecho de pensar que su hijo o hija iba a terminar suspendiendo, como por el de pensar que todo el dinero gastado no iba a terminar sirviendo para nada) me pedían dar más clases. Naturalmente, para alguien que tenía que pagar la matrícula de ese curso y preveer cómo pagar la del curso siguiente, esa oferta no se podía rechazar. Así que mientras mis compañeros estaban concentrados estudiando para los exámenes, yo tenía que repartir mi tiempo y mis energías entre estudiar para mis exámenes y en dar más clases a mis alumnos. Por supuesto, el mejor horario se lo llevaban ellos, y yo me tenía que conformar con las obras de mi tiempo y de mi capacidad de concentración. Así año tras año. Los resultados son fáciles de imaginar: ganaba lo suficiente como para pagar la matrícula de las asignaturas que no podía estudiar porque tenía que dar clases particulares.

No me cabe ni la menor duda de que lo que cuento le sonará a más de uno y de una.

Un día me cansé, y le dije a mi madre que al curso siguiente me iba a centrar en los estudios. Que no iba a dar más clases y que necesitaba su ayuda. Ella lo vio bien, e intenté romper el círculo vicioso en el que me hayaba. El problema fue que estaba exactamente en el punto de no retorno de la licenciatura: para comprender lo que estudiaba necesitaba de cientos de conceptos, teoremas, definiciones y resultados que había aprendido (mal) varios años atrás. Mientras que mis compañeros (los que iban más o menos bien) tenían esos resultados y conceptos algo más frescos, y repasarlos no les resultó una proeza, yo tenía que bucear entre apuntes de 4, 5 ó 6 años atrás y recordar qué era esto o aquello. Era como estudiar dos carreras a la vez. Así que aunque creo que hice lo único que podía hacer para poder terminar finalmente mi licenciatura, seguramente lo hice demasiado tarde.

En esos días no podía dejar de pensar en lo paradójico de la siguiente circunstancia: una vez leí que por encima de Medicina, Teleco o Arquitectura, las carreras consideradas más difíciles eran, a la par, Matemática y Física. Si estudias una carrera normal tienes que aprobar un 80% de los créditos matriculados (para el que no esté familiarizado con el lenguaje de los créditos, corresponden a 10 horas de clase; así, una asignatura de 9 créditos es una asignatura de 90 horas de clase, y es la medida que el Ministerio considera a la hora de medir el rendimiento de tu esfuerzo: de cuántos créditos te matriculas y cuántos de ellos apruebas; como digo, para obtener una beca, yo tenía que matricularme de al menos 54 créditos en un curso, aprobar al menos 43,2, o sea, 43,5 con el redondeo, volver a matricularme de 54 créditos y entonces es cuando me podían dar ya la beca). Si estudias una carrera técnica (una ingeniería o una arquitectura), basta con aprobar el 60% de los créditos. La razón: las carreras técnicas se consideran más difíciles por la enorme carga de Física y Matemática que contienen, y se asume que vas a tardar más en terminarla. Lo paradójico es que ni Física ni Matemática se consideran carreras técnicas…

Una vez tuve la oportunidad de charlar con un cargo de cierta importancia dentro del Ministerios de Educación y Ciencia. Cuando le planteé la paradoja me respondió que ojalá hubiera dinero para dar becas a todo el mundo, pero que como no lo había, se tenía que establecer un criterio para decidir cómo repartir el dinero. Huelga decir que la respuesta, como es normal entre los políticos, no respondía a mi pregunta. Pero ante mi inistencia me dijo que así se había considerado oportuno, y me recordó que él no estaba relacionado con ese área del Ministerio.

Así que con el tiempo tuve que volver a dar clases particulares, a andar y andar cada tarde, a repetir una y otra vez cómo se opera con fracciones, cómo se multiplican matrices, cómo se derivan funciones… De nuevo a dejar los restos de mi propio tiempo, las sobras de mi propia energía mental para mi formación. “Ojalá hubiera dinero para dar becas a todo el mundo”. Ojalá hubiera dinero para darme una beca a mí.

Podreis imginar el asco que me da hoy el sistema democrático occidental cuando me entero de que España se ha gastado 58 millones de euros (10.000 millones de pesetas) -entre 2005 y hoy- en unos misiles de alta tecnología. Lo dicho, asco.

08
Jun
09

Elecciones europeas

¿Es que hace falta que venga un matemático a decir que 1+1=2? ¿Los periódicos no saben sumar? Es increíble que todos los análisis de los resultados electorales de ayer incidan en lo mismo, en los datos superficiales, sin ser capaces de encontrar una razón que relacione esos datos, que comprenda cuál es la realidad subyacente.

Por un lado, la altísima abstención. Por otro, el ascenso de la derecha. Que si las elecciones son en clave nacional, que si no se debate sobre Europa, que si los gobiernos han tomado las elecciones europeas como un plebiscito popular… Pues voy a dar mi opinión, mi opinión de ciudadano europeo, parado y sin perspectivas de llegar algún día a formar parte de aquél estado del bienestar.

La abstención aumenta al mismo ritmo que la izquierda pierde votos, en especial la izquierda moderada. Los distintos partidos socialistas han tenido una verdadera sangría de votos. ¿Aumento de la derecha o retroceso de la izquierda? ¿Desencanto ante el proyecto europeo, aburrimiento, indiferencia? ¿No será más bien que una buena parte del electorado no se siente representado por ningún partido?

Es curioso que la abstención comenzara a crecer al mismo tiempo que los partidos de centro izquierda comenzaban a venderse a la empresa. Es curioso ver que la izquierda moderada pierde fuelle conforme se centra más en aspectos secundarios del debate político en detrimento de lo principal: el salario. Los partidos socialistas tienen cada vez un programa más parecido a los partidos de derechas en lo que a economía se refiere. Mucha reconocimiento de los derechos de las minorías -cosa que me parece perfecto-, pero se callan como putas en lo que a que a trabajo se refiere. Mucho diálogo social, mucho gritar a los cuatro vientos que no se va a abaratar el despido, pero ni una palabra sobre cómo cojones se supone que debe sobrevivir un titulado universitario ganando 1000€ al mes y pagando 700€ de hipoteca.

La izquierda europea ha perdido el norte. Se ha bajado los pantalones ante la empresa, ha permitido que la derecha construya Europa como le ha apatecido, y ahora se lamenta por los malos resultados cosechados, por la alta abstención y por dejar Europa en mano de los neoliberales por otros cinco años más, y sobretodo porque a ver qué hacen ahora con tanto candidato que ya no va a tener asiento y que hay que meter con calzador donde sea. Izquierda caviar, de traje y corbata, que vendió a sus votantes por 30 monedas de plata y sólo se lleva las manos a la cabeza cuando ve peligrar de verdad sus escaños (esto es, sus sueldos).

¿Qué razones puede tener una persona de la izquierda moderada para votar? ¿Cómo va a depositar su confianza en un partido que es incapaz defender con uñas y dientes lo conquistado hasta ahora, que prefiere el bien de la empresa al bien de los ciudadanos? ¿Cómo se supone que un licenciado que cobra 1000€ al mes (sin perspectivas de mejorar a medio plazo) y paga 700€ de hipoteca va a confiar en alguien que después de cinco años gobernando -cuatro de los cuales de bonanza económica- se ha dedicado a mirar para otro lado al respecto? ¿Cómo se supone que una persona con ciertos ideales va a sentirse identificada con otra persona que usa el término “progresista” para definirse, pero que es incapaz de levantar la voz y denunciar que mientras los dueños de los bancos ganan cientos de millones de euros al año, los trabajadores (trabajadores, no mendigos) las pasan putas para poder tener un techo? ¿Qué persona con dos dedos de frente va a sentirse identificada con un partido que permite que se destrulla el tejido social, la clase media, que se retroceda en cuestiones como salarios, beneficios laborales, que se recorten impuestos…?

La izquierda moderada ha renunciado hace tiempo a un pilar del izquierdismo: la redistribución de la riqueza. Se dedica a postular que hay que proteger a los que menos tienen, pero se cuidan mucho de atacar a los que más tienen. En consecuencia, al final se reparte sólo lo que ponemos entre todos, con lo que al final los ricos salen siendo más ricos. Como es la clase media la que paga, encima lo que está permitiendo es que la gente pida a gritos menos impuestos: no sólo no es capaz de movilizar electores, sino que además le da argumentos a la derecha para que le robe votantes.

En los países nórdicos se creó un sistema político utópico, un sistema que funciona y que se llevó perfectamente a la práctica allí. Un sistema económico que permite crecimiento económico a la vez que enormes ventajas sociales. Es la demostración de que es posible, de que puede funcionar una economía basada en servicios públicos, impuestos altos, enormes beneficios laborales y sociales, con tal de que se ponga claro que es eso lo que el pueblo quiere. Durante décadas, en Suecia gobernó la socialdemocracia demostrando que el sueño se puede hacer realidad, que funciona y que genera un sistema eficaz y estable.

Sin embargo, en el resto de Europa, lo que estas elecciones han venido a demostrarle a la izquierda es que lo contrario no vale. Venderse a los holdings, a las empresas, poner por delante el beneficio empresarial frente al bienestar del trabajador… renunciar a la lucha de clases, al fin y al cabo, a lo que ha conducido es a que la gente que se siente de izquierda moderada, que piensa en clave de unos ciertos ideales, no se vea identificada ni representada. Lo que estas elecciones han demostrado es que la socialdemocracia tiene que cambiar su discurso, su planteamiento, sus prioridades y su relación con la empresa si quiere volver a recuperar la confianza de sus votantes naturales. O eso, o va a terminar por morir muy pronto empujada por otras opciones políticas.