Archivo para 16 febrero 2010

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La crisis (III): los créditos de alto riesgo

La última vez dejé en el aire una pregunta: cada vez hay menos gente con capacidad de consumir, ¿cómo se ha mantenido entoces la economía hasta ahora? Lo lógico es que el consumo (y con él la capacidad económica) se hubieran ido reduciendo paulatinamente, y no de una manera abrupta, en forma de crisis. ¿Cómo se explica esto?

La respuesta es compleja, tiene varias caras: por un lado la nueva clase media que va surgiendo en China, Brasil, India y otros países; por otro, el crecimiento de empresas de bajo coste, como Ryanair, Ikea, Wal-Mart, Zara, McDonall’s, etc, y en un tercer pero fundamental lugar está la generalización del crédito de alto riesgo.

Las economías china, brasileña e india están generando clase media entre su población. Esta nueva clase media quiere consumir los mismos productos que las clases medias de los países tradicionales: una casa con agua corriente y electricidad, un coche, electrodomésticos, aparatos electónicos, etc. Hablo de China, India y Brasil por poner ejemplos muy conocidos por todos, pero lo mismo se puede decir de otros países. En general, a nivel mundial ha aumentado la clase media, aunque a costa de rebajar sus expectativas a nivel general.

Con la rebaja de la capacidad adquisitiva de la clase media han triunfado las empresas low cost, empresas que producen o comercializan productos y servicios a bajo o muy bajo coste. Estas empresas venden barato, e incluso a veces venden productos de calidad, aunque por lo general son productos de baja calidad, o minimizan el servicio. La nueva clase media se ha montado a ese tren sin pensarlo dos veces, en parte empujada por su decreciente capacidad adquisitiva. No quiero entrar ahora en ese análisis, pero tampoco quiero dejar escapar la ocasión para incidir en ello: el alarmante aumento de enfermedades, dolencias y perturbaciones de la salud que el consumo habitual de la mayoría de la comida barata produce en nuestros organismos (ya sea comida ya preparada -restaurantes de comida rápida-, semipreparada -comida congelada, snacks, comida deshidratada- o directamente los alimentos crudos -frutos, legumbres y verdudas transgénicos, tratados con pesticidas, carne, lacteos y pescado tratados con hormonas, provenientes de animales engordados en jaulas, sin capacidad de movimiento, y con alimentación basada en piensos que no son más que, en último término, restos de otros animales, aceites tratados químicamente, etc).

La posición cada vez más dominante de este tipo de empresas lleva a la ruina al pequeño comercio local y a los pequeños productores. Esto redunda en el descenso de la cantidad de personas que hacen circular dinero. El dinero “se fuga” hacia otros lugares, empobreciendo a la larga a las comunidades donde estas empresas se asientan. Además, muchas de estas empresas emplean mano de obra barata en economías emergentes, con un dobre impacto: la creación de puestos de trabajo sin garantías sociales en países en desarrollo y por otro lado la desaparición de puestos de trabajo en países donde esas garantías sociales son más respetadas. De esa manera, el cómputo global es que la clase media de los países ricos se empobrece, favoreciendo a las clases más humildes de algunos países emergente.

¿Es entonces una cuestión entre la clase media occidental y las clases humildes de hasta ahora considerado Tercer Mundo? Aunque lo parezca, no es así. El verdadero problema reside en que en esas nuevas economías no hay garantías sociales. Es pan para hoy, y hambre para mañana. Los más probres trabajarán sin descanso para poder así sobrevivir, pero tienen un techo económico que no pueden superar. La producción -y sus condiciones laborales y salariales- se mantendrá mientras haya beneficios, pero por la propia lógica interna de la economía, esa situación no es sostenible. La aparente prosperidad de esas clases más humildes no es otra cosa que mera supervivencia.

Con diferencia, el factor más importante para responder a la pegunta inicial es sin embargo la genreralización del crédito. Durante los últimos quince años los bancos han prestado mucho dinero. La idea es simple: te presto algo de dinero, y con los beneficios de los interses que te cobro, consigo mañana más dinero, el cual puedo prestar a otros y aumentar así mis beneficios. Esto lo han ido realizando no sólo los bancos, sino también algunas nuevas empresas que no exigían avales, que no hacían demasiadas preguntas, pero que cobraban unos intereses muy altos.

Una clase media sin liquidez (es decir, sin dinero que poder gastar inmediatamente), atraída por unas facilidades de pago en “cómodos pagos mensuales”, fue internándose poco a poco en una tela de araña de créditos y de deudas. Compre usted hoy y pague usted mañana. Más caro, eso sí. Pero compre, porque si usted no compra, si usted no mueve la rueda, la máquina se para. Así que no se preocupe usted si esto le parece caro, porque nosotros fraccionamos su pago para que aun sea más caro y quede usted esclavizado a su banco durente unos cuantos meses o años. Y como usted tiene deudas que pagar, deberá de aceptar cualquier trabajo que le ofrezcan para no perderlo todo.

La estupidez o la ceguera de una buena parte de la población ha sido total. Han vendido su vida a los bancos con tal de tener un pedazo de tierra, un coche, un ordenador, una lavadora o incluso un robot de cocina. Millones y millones de personas comprando a base de crédito, pagando hoy lo que compraste hace dos años, y comenzando a pagar mañana lo que has comprado hoy. Bancos que han ido compitiendo entre sí para presar cuanto más dinero mejor, un dinero que ni siquiera tenían aun, que era dinero que alguien debía devolverles algún día pactado. Un gran castillo de naipes construido sobre una premisa: todo el mundo terminará pagando.

He ahí el fallo principal del sistema, el pecado original. Suponer que la gente terminaría pagando a toda costa, que no se perdería dinero. Pero un mal día alguien tuvo que elegir entre seguir pagando su humilde casa o seguir comiendo, entre dar al banco el poco dinero que tenía o pagar las medicinas de las que sus hijos dependían. Alguien tuvo que tomar una difícil elección entre seguir malviviendo a costa de pagar una hipoteca o hacer las maletas, entregar las llaves de la casa, extinguir la deuda y volver a casa de sus padres, con sus hijos y buscar alguna manera de salir adelante. Y por desgracia para todos -para ellos y para el resto del mundo-, lo tuvieron completamente claro. Dijeron “hasta aquí hemos llegado, no podemos pagar más”, y dejaron al banco cn una propiedad inmobiliaria que tal vez valía menos que lo que el préstamo iba a reportarle. Y lo malo es que no fue una situación aislada, sino que se dió miles y miles de veces en muy poco tiempo. Miles de familias decidían devolver al banco las llave de la casa, rescindir el contrato hipotecario y dejar al banco con miles de propiedades ilíquidas y cuyo precio caía día tras día.

Ahí tenemos pues el origen de esta crisis. Una crisis que se ha ido incubando en la avaicia y la competitividad entre los bancos -dispuestos a exprimir a sus clientes esclavizándolos mediante créditos y préstamos-, en la estupidez de una masa sin capacidad crítica -una masa que no es capaz de pensar en las consecuencias de lo que firma, que sólo piensa en la falsa felicidad que la publicidad le vende y que no se para a meditar en si lo que ya ha comprado le ha hecho feliz o si por el contrario lo que ha hecho no es otra cosa que crearle quebraderos de cabeza, vendiendo su vida a una empresa y a un banco-, en la ambición de unas sanguijuelas que no dudan en mercadear sin escrúpulos con cualquier materia o producto -sin imporetarles otras consecuencias que no sean los beneficios económicos, por encima de vidas humanas incluso-, y en la de un sector del mundo político y emprearial que ha sido tan estúpido como para no comprender que el trabajador no es sólo un esclavo al que explotar, sino que también es el cliente que va a comprar el producto, y que si no tiene dinero suficiente, no podrá comprar los productos, y no habrá beneficios.

Esta crisis ha sido el final de una ilusión, la ilusión de que todo esto funciona, de que el mundo puede continuar así. El problema es que después de que el pánico se adueñara de todos al ver el borde del abismo tan cerca de las ruedas, cuando hemos comenzado a redirigir el coche con un considerable esfuerzo de los brazos, muchos parecen querer hacer olvidar que el hecho de que nos hayamos acercado tanto al borde del abismo no ha sido un hecho puntual, sino la consecuencia lógica de tantos excesos. Ahora se pretende no sólo que todo siga como hasta ahora, sino que además hagamos un enorme esfuerzo de austeridad. Se pretende que aceptemos que los legisladores bajen los sueldos, que eleven la edad de jubilación, que se refuercen exactamente las mismas medidas que nos han llevado al borde del abismo…

No hemos aprendido nada, o tal vez pretendan hacernos olvidar lo que ha ocurrido. No se lo permitamos. Pero no olvidemos también nuestra parte de culpa. No olvidemos que también nosotros hemos contribuído a esta situación, endeudándonos por encima de nuestras posibilidades, con tal de adquirir objetos que no nos han hecho más felices, sino todo lo contrario, más endeuados y más agobiados.

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