Archivo para 26 abril 2009

26
Abr
09

Magia…

Una vez más se impone el gris sobre el azúl en Saarland. El frío viento de poniente mece las copas de los árboles, susurra entre las hojas, acariciándolos con sus gélidas manos. Pero ya no le queda apenas aire en los pulmones. Una fina cortina de agua moja sin demadiada gana a los transeuntes. Son los últimos estertores de este invierno que se resiste a dejarnos.

Yo permanezco aquí, encerrado sin motivo ni salida en mi particular y voluntario arresto. Días difíciles e inciertos.

Pero nada puede ocultar que este invierno se va, que la primavera ya llegó hace tiempo y que por fin mis fieles golondrinas están aquí de nuevo.

No sé qué va a ser de mí. No sé qué me depara el destino, si me dejará seguir adelante o si mi camino se termina aquí. Sólo sé que seguiré peleando hasta el último momento.

Y mientras seguiré disfrutando de la magia que esconde cada momento. De esa mágia que sólo pude verse si se mira el mundo a través de los ojos de un niño. De esa magia de la que la vida está llena y que la mayoría de las personas han olvidado.

Hoy, como ayer y como siempre, aun en medio de la adversidad, el mundo me ofrece su magia, y yo seguiré disfrutando de ella.

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14
Abr
09

14 de abril

Para quien no lo sepa, el 14 de abril de 1931 se proclamó en España la Segunda República, un hecho, a mi juicio, fascinante.

Sin entrar en el debate sobre “Monarquía sí o Monarquía no”, el periodo de la Segunda República es, seguramente, uno de los de mayor ilusión y decepción de nuestra historia. Un tiempo lleno de pasiones encontradas que terminó con la piel de toro rota en dos pedazos. Una República proclamada sin disparar ni un solo tiro, sin derramar ni una sola gota de sangre, sino de la manera más democrática que existe: mediante unas elecciones libres.

Porque el domingo 12 de abril de 1931, España eligió a sus concejales en unas elecciones locales que marcaron la historia, unas elecciones en las que los resultados, incluso en el bando monárquico, no dejaban lugar a la duda: España había elegido ser republicana. El rey Alfonso XIII, todo hay que decirlo, como un verdadero señor, decidió exiliarse y dejar que los españoles decidieran por sí solos su propio destino. Realmente bellas son estas palabras de su último comunicado:

<<Soy el rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa.
Espero a conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, y mientras habla la nación suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real y me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos.>>

(Portada del diario ABC del 17 de abril de 1931)

El 14 de octubre de ese mismo año se proclama la Constitución de la Segunda República Española, seguramente la más avanzada y democrática que ha existido en nuestro país.

No quiero pecar de parcial. La Segunda República fue también un periodo sangriento, de excesos propios de un pueblo analfabeto que se ve, de la noche a la mañana, completamente libre, confundiendo a veces libertad con libertinaje. Sin restar importancia a las atrocidades que se cometieron, me gustaría no obstante recordar que no puede ni compararse remotamente con la carnicería que supuso la Primera República Francesa, o las cruentás guerras revolucionarias que en tantas repúblicas modernas las han llevado precisamente a lo que son hoy en día.

Otra circunstancia que me siento con el deber de aclarar es que la Segunda República no fue una cuestión de izquierdas. Para ser exactos, no fue una cuestión exclusivamente de la izquierda, a pesar de que desde hace algunos años y desde algunos sectores -tanto progresistas como conservadores- se pretende identificar a los republicanos con los izquierdistas. Cierto es que la práctica totalidad de movimientos progresistas y de izquierdas del momento eran republicanos, pero entre la derecha también abundaban (y aun hoy abundan) las voces republicanas. Como muestra baste mencionar tres datos: la Falange Española se proclamaba (y se sigue proclamando) republicana; parte de la Guardia Civil (alrededor de la mitad) permaneció fiel a la República durante la Guerra Civil (la cual, desde 1937, en el Bando Republicano pasa a denominarse Guardia Nacional Republicana); y el dato más significativo, durante el periodo de gobierno de derechas del Partido Radical y de la CEDA  (1933-1936) no hubo ningún movimiento dirijido a la restauración monárquica. Es más, el hecho mismo de que la España republicana tuviera un gobierno de derechas es en sí mismo otro punto que resta credibilidad a la identificación republicanismo con izquierdismo.

Más allá de la idoneidad de la figura del Rey o incluso del debate más importante aun sobre el federalismo, la idea de la República como forma de estado lleva implícita una enorme carga de madurez y a la vez de amor a la patria por parte de un pueblo. Es una situación psicológica general, cargada de emoción, responsabilidad e ilusión. Cuando uno escucha hablar sobre política a un estadounidense, por ejemplo, o a un francés, o a un suizo, o a un alemán, existe en ellos una cierta convicción democrática, una fe ciega en el Estado, que podría expresarse de esta manera: “todo esto es de todos; todos somos los responsables de hacer que esto salga bien, y nadie nos va a decir qué es lo que tenemos que hacer; haremos lo que decida la mayoría”. Es más una cierta actitud psicológica general y en buena medida inconsciente que una postura consciente. Es la misma sensación de madurez y responsabilidad, a la par que ilusión, que se palpa en un piso compartido por varios jóvenes. “Esto es nuestro, y de nosotros depende que salga adelante”. Es como un inmenso proyecto en común, un proyecto que no necesita de directores ajenos.

La idea de que TODOS los ciudadanos de un país somos iguales, sin excepción, de que no existe ninguna persona singular intocable, que rige el destino de la nación, tiene la evidente implicación psicológica de la madurez, de la ausencia de una figura paterna que controla la situación. En una Monarquía existe un cierto sentimiento atávico y en buena medida inconsciente de que en el fondo todo pertenece al Rey. De hecho, si quisiera, como jefe máximo de las fuerzas armadas, el Rey podría eliminar de un plumazo todas las instituciones democráticas y retomar la posesión absoluta del control del país, como las monarquías absolutas de la Edad Moderna. En el fondo, en una Monarquía, por muy democrática que ésta sea, siempre queda la evocación de la figura paterna, que a la vez que lo controla todo para que tú no tengas que preocuparte de nada, también es el que fija las normas, porque al fin y al cabo vives bajo su techo. Bajo una Monarquía aun existe la sensación de que lo público no es de todos, sino del Rey, o de su abstracción, el Estado. Pero no de todos y cada uno de los ciudadanos. En definitiva, una Monarquía, por muy democrática que sea, inhibe la madurez de un pueblo, porque el Estado se identifica no con el común de los ciudadanos -como ocurre en la República-, sino con una persona singular, intocable y que ha decidido ceder su poder al pueblo. Una de las consecuencias inmediatas de una situación así es la aparición del fenómeno de no sentirse identificado con el Estado, la ausencia de patriotismo, o incluso la asimilación de actitudes infantiles (reaccionarias e irracionales) por parte de los patriotas. En último término, también lo es la aparición de los movimientos separatistas como expresiones del odio a la Corona.

En una República hay, como he indicado, una idea importante: “todo esto es nuestro”. Esa playa, la carretera, las grapas que mantienen unidos los folios de los sumarios en los juzgados, los monumentos, los bosques, la tierra… Todo es de todos. Ese sentimiento, bien encauzado, junto con el de la completa igualdad entre TODOS los ciudadanos, hace aflorar otros sentimientos sociales positivos: el respeto hacia los demás y hacia los público y lo ajeno, la solidaridad, etc. No me parece casual que la República Romana esté identificada con ciertos valores morales, las llamadas virtudes republicanas, y que Catón y Cicerón sean los inspiradores, aun hoy, de esas virtudes ideales de un pueblo.

Me considero republicano por estos motivos. No tengo nada personal en contra de nuestros Reyes.

Salud y República.