Archivo para 12 octubre 2008

12
Oct
08

Critica al capitalismo.

Ya
comencé a advertirlo, en concreto en dos ocasiones. La gente,
sencillamente, no me creía. Pero lo hice: en una ocasión, hace casi dos años, recogí en mi blog las dudas
que comenzaba a sembrar la economía estadounidense. En otra, hace año y medio, vaticiné la bajada de los precios de la
vivienda, algo en aquel momento impensable. Por mucho que discutí
con la gente sobre ello, nadie me creyó. Ahora ambas previsiones son
una realidad.

En el último mes hemos entrado de lleno en la
Crisis, así, con mayúscula. Esa Crisis que algunos medios y algunos
políticos no paraban de mencionar, como si la estuvieran invocando,
para fatigar al Gobierno; esa Crisis que el mismo Gobierno insistía
en obviar; esa Crisis finalmente ha llegado. Y ha resultado ser la
mayor crisis que ha vivido el capitalismo, más allá del mítico
Crash del 29.

Me voy a permitir el lujo, hoy, de hacer una
crítica al origen mismo de esta crisis. Me voy a permitir el lujo de
hacer una crítica al capitalismo. Es algo que quería hacer desde
hace tiempo, como también (que nadie me prejuzgue y saque
conclusiones erroneas) una crítica al marxismo. Pero la falta de
tiempo y los exámenes me han mantenido fuera de mi propio blog
durante demasiado tiempo
(a
excepción de algunos días en que me levantaba inspirado, pocos por
lo demás).

Una constante que se ha repetido en las últimas
semanas es esa letanía que incluso los dirigentes políticos de
medio mundo han hecho suya: esta crisis va a cambiar el capitalismo,
tal y como lo conocíamos hasta ahora. Pero, ¿qué significa
exactamente esa frase? Y sobre todo, ¿qué tiene de especial esta
crisis en concreto, qué la distingue de otras, para que finalmente
vaya a hacer cambiar al propio sistema capitalista?

Voy a
intentar sintetizar mi opnión sobre todo ello. Advierto

de nuevo que
es sólo mi opinión; ni es acertada ni errada, es sencillamente
subjetiva, y por lo tanto tan digna de respeto y consideración como
cualquier otra. Por eso mismo, porque no es ni objetiva ni
profesional, nadie debe esperar en las siguientes lineas ningún dato
que no haya leído hasta la saciedad en el resto de las opiniones
vertidas sobre la Crisis: procuraré no hacer referencias a los
productos tóxicos,
hipotecas basura,
tipos de interés,
etc, aunque no las tengo todas conmigo. Me voy a centrar en los
orígenes humanos de esta crisis, los orígenes profundos.

Para
comprender el por qué de todo esto, tenemos que remontarnos unas
décadas en el tiempo, hasta devolvernos a un mundo dividido en dos
bloques, un mundo constantemente al borde del desastre nuclear. Un
mundo que en realidad eran dos mundos enfrentados, antagónicos,
compartiendo un mismo espacio. En el occidente capitalista y
democrático llegaron a existir dos islas de peligroso comunismo: la
Cuba castrista y el Chile de Salvador Allende. Cuba se convierte en
el prototipo de revolución marxista, inspiración de todo pueblo
pobre que quiere ver cómo sus hijos dejan de morir de hambre
mientras que un latifundista se hace de oro. Chile se convierte en el
primer país (si dejamos al margen la España de la II República) en
el que la revolución se hace por las urnas, en la que el pueblo
decide democráticamente dar el paso a la economía
socialista.

Desde luego este escenario era sencillamente
imposible en EEUU, pero el hecho de que en su "patio trasero"
ocurrieran estas cosas era algo bastante preocupante para Washington.
Y además estaba Europa, con la figura ya en aquel entonces
legendaria del Che Guevara, el ambiente marxista de buena parte de la
juventud y la intelectualidad europeas… En pocas palabras: el
capitalismo, por propio instinto de supervivencia, se vuelve
relativamente humano, relativamente justo. Las amenazas al sistema,
sin ser serias, sí eran preocupantes. Si la sociedad, en general, se
volvía socialista, difícilmente podría el capitalismo ganar al
comunismo la batalla. Por ello, y por la propia presión sindical
-corolario lógico de este ambiente-, el capitalismo mostró por
aquel entonces su cara más amable. Una faceta del capitalismo en la
que el Estado, a cambio de sus impuestos, ofrecía al ciudadano,
dependiendo del país, una amplia gama de servicios baratos, desde
sanidad hasta incluso un hogar para su familia. Al mismo tiempo, la
jornadas laborales de 40 horas semanales, vacaciones pagadas, pagas
extras, contratos indefinidos… El capitalismo se suavizaba para
prevenirse ante una posible amenaza, la de tener al enemigo en casa,
cuando ya lo tenía también fuera de ella. Frente a los valores
funamentales del comunismo -solidaridad y justicia social-, el mundo
occidental presenta los valores de igualdad de oportunidades y
libertad. La idea de que la audacia, el trabajo y los conocimientos
son premiados con el éxito.

La situación cambia radicalmente
desde el momento en que el bloque comunista se hunde. Con una China y
sus satélites cada vez más sumergidos en la economía de mercado y
una Cuba aislada y asfixiada por occidente, los referentes del
comunismo sencillamente desaniman a la socidad a la lucha social. El
hundimiento del telón de acero se vende como el triunfo del
capitalismo y de la democracia, especialmente cuando las presuntas
dificultades de la economía son utilizadas como excusas para hacer
reformas en el mercado laboral que perjudican claramente al
trabajador. El capitalismo, sin ningún sistema con el que competir,
abandona su cara amable. La economía se convierte en la ley de la
selva.

En sus orígenes, el capitalismo se entiende como una
forma de libertad. Libertad de mercado, libertad para buscar la mejor
manera de supervivencia. Libertad para escapar de las garras de un
sistema injusto, el de una sociedad en la que unos pocos, revestidos
por un supuesto derecho divino, mantienen todo el poder y toman todas
las decisiones.

El Renacimiento y luego la Ilustración ven en
el liberalismo económico la posibilidad de dar al hombre la
oportunidad de realizarse a sí mismo. El trabajo, la inteligencia,
los conocimientos, representan los valores que debían de permitir al
individuo salir adelante en un mundo controlado por unas dinastías
basadas en valores caducos. El calvinismo llega aun más lejos al
afirmar que el éxito económico es reflejo de la voluntad de Dios de
salvar a un individuo. Aquél que es pobre no es elegido por Dios
para salvarse. La riqueza y la properidad económica adquieren así
una categoría moral.

Como vemos, el capitalismo se reviste de
valores, valores idénticos a los de la Roma republicana, los de
Cicerón y Catón. El trabajo y la honradez se formulan como las
bases del nuevo sistema. Es curioso leer en
El
Conde de Montecristo

cómo un empresario era capaz de llegar al suicidio antes de faltar a
su palabra, antes de reconocer que no ha sido capaz de cumplir con lo
pactado, antes de incumplir un contrato. Incluso en esa novela de
buenos y malos, los buenos empresarios, que son adorados por sus
empleados como a sus propios padres, pagan con justicia por el
trabajo realizado, a la vez que el empleado guarda absoluta fidelidad
hacia la empresa y trabaja duro, comprendiendo que el bien de la
empresa significa su propio bien.

Esos mismo valores son los
que el capitalismo imbuía, implícitamente, durante la Guerra Fría.
Libre empresa, economía de mercado, igualdad de oportunidades. Pero
también recompensa por el esfuerzo, futuro asegurado en forma de
contrato indefinido, garantías sociales en forma de servicios
públicos y recompensa del esfuerzo. Recompensa del esfuerzo
traducida en unos salarios acordes con el coste de la vida. Unos
precios (gracias al tratado de Bretton Woods) que permitían mantener
un cierto poder adquisitivo a la clase media, el verdadero motor de
la economía. Capitalismo con valores más allá del valor del
dinero.

Pero el capitalismo, por definición, es el sistema en
el que el centro de todo es el capital, el dinero.
Capital
significa, de hecho,
principal.
Se identifica el dinero con lo principal. Es el alfa y la omega del
sistema. Todo gira en torno al dinero. La honradez del capitalismo
primigenio es una consecuencia de ese capitalismo, y no una causa. La
honradez es requerida porque en el capitalismo, la confianza es
fundamental. Confianza en el cumplimiento de la palabra, confianza en
el cumplimiento del contrato. Confianza en que el dinero que se
presta será devuelto con los beneficios previstos, o que el producto
que se vende realmente vale aquello por lo que se pide. Honradez y
trabajo se convierten en los pilares del sistema, como requerimientos
para que todo funcione. Porque lo verdaderamente importante es el
dinero, y si dejan de confiar en ti, dejan de prestarte dinero, dejan
de comprarte, y te hundes.

Ahora bien, cuando el capitalismo
deja de tener una amenza, cuando puede definitivamente abandonar en
medio del camino aquello que lastre el verdadero objetivo (que es
ganar dinero), los valores de honradez y de trabajo dejan de tener
sentido. Se comienza por recortar los gastos que produce el
trabajador. El trabajador prescindible, claro, el no especializado,
la mano de obra. En definitiva, el grueso de la población.

Comienza
un proceso imparable: cualquier cosa es susceptible de negociarse. Se
presiona a los gobiernos (tras el fracaso del Tratado de Bretton
Woods) para que liberalicen sectores hasta entonces en manos
públicas, permitir con ello hacer negocio, ganar dinero. Negociar
con cuestiones hasta entonces consideradas básicas, fundamentales:
suministro elétrico, red ferroviaria, lineas aéreas, y un
larguísimo etcétera. Se presiona a los gobiernos para abaratar el
mercado de trabajo: trabajos temporales, prácticas de empresa,
reducción de los costes de la Seguridad Social, reducción de las
prestaciones por desempleo… Llega la deslocalización de las
empresas, la fuga a oriente de las fábricas, a países donde las
garantías sociales escasean y el mercado laboral es más flexible.
Finalmente, la aparición de la especulación: se especula con el
petroleo, con la vivienda, con los alimentos…

Desaparece el
valor del trabajo. El trabajo duro deja de ser una garantía, no ya
de éxito, sino ni aun de supervivencia. El trabajador, la clase
media, ve cómo suben los precios de la vivienda, de los alimentos y
de todo en general (pues la subida del petroleo afecta a todos los
sectores, no sólo a la gasolina). En muchos casos ve como se pierde
además el puesto de trabajo.

El problema es que es la propia
clase media no sólo el combustible que mueve la máquina, no sólo
es la fuerza trabajadora sin la cual la economía no puede ni
siquiera comenzar el movimiento, sino que además es en muchos casos
el cliente que compra el producto. En la medida en que se ha ido
sustrayendo poder adquisitivo a la clase media (permitiendo que los
precios de los productos básicos subieran sin control; promoviendo
incluso la eliminando puestos de trabajo fijos, que permiten realizar
a los trabajadores planes a largo plazo e inversiones importantes,
especialmente a los jóvenes; privatizando sectores públicos claves
que son sustituidos por negocios que en la mayoría de los casos no
abaratan los precios, sino que incluso los suben), la economía se ha
ido deteriorando. Deteriorando, sí, a pesar de las cifras de
beneficios que exhibian buena parte de las compañías. La actual
crisis, la Crisis, es la prueba de que la economía se ha debilitado.
Porque una economía fuerte no puede existir sin una clase media
fuerte, amplia y con capacidad real de afrontar situaciones como
ésta.

Hemos vivido en una gran mentira, la mentira de que
todo esto era posible, de que el sistema podía aguantar, de que el
mercado es capaz de reajustarse sin intervención exterior, de que
todo vale. Se ha permitido que la los ricos se hagan mucho más
ricos, que los pobres sean más y lo sean más; que la clase media
sea cada vez menos numerosa y más pobre. A muchos se nos ha
explotado en aras de la productividad, en aras de la supervivencia de
la empresa; una empresa que exige un tremendo esfuerzo a sus
trabajadores, pero a los que no recompensa de la misma manera por ese
esfuerzo; una empresa que exige una fidelidad y un compromiso por
parte del empleado, pero que no siente de manera recíproca esa
fidelidad y ese compromiso. Y mientras tanto, a los puestos
directivos se les ha recompesado por los beneficios con sueldos y
primas astronómicas, completamente desproporcionadas. Se ha
permitido que personas con mucho dinero multipliquen su fortuna
sólamente comprando enormes cantidades de un producto (sea cual sea,
sin importar lo básico que resulte; es más, cuanto más básico,
mejor), reteniendolo -para que ante la ausencia de oferta aumente la
demanda-, y vendiendolo al nuevo precio. Muchos de los culpables de
la Crisis han amasado así fortunas increíbles, cantidades ingentes
de dinero, sin pararse a pensar en lo que ese dinero realmente es: el
esfuerzo, el trabajo y los ahorros de miles y miles de personas. Para
muchos era tan sólo dinero, beneficios. El trabajo deja de tener
valor, en cuanto que el empresario no reconoce el verdadero valor del
trabajo del empleado; en cuanto que el trabajador no encuentra
trabajos de duración indefinida y bien remunerados, sino trabajos
temporales es los que a menudo son explotados; en cuanto que las
empresas deciden pagar menos por el mismo trabajo y trasladar sus
fábricas a lugares donde por el mismo esfuerzo (o incluso por un
esfuerzo mucho mayor) pueden pagar mucho menos; en cuanto que uno
puede hacerse insultantemente rico tan sólo especulando, comprando
la suficiente cantidad de un producto y poniéndolo fuera de
circulación el suficiente tiempo como para aumentar su precio; en
cuanto que a los jóvenes se les obliga de facto a realizar prácticas
mal pagadas -en muchos casos gratuitas- durante mucho más tiempo del
que realmente se necesita para aprender…

¿Cómo hemos
podido sobrevivir durante todo este tiempo, entonces? Pues mediante
medidas destinadas a abaratar el precio del dinero, lo que permitía
la concesión de prestamos. Conforme el poder adquisitivo de la clase
media iba mermando, aparecían sofisticadas herramientas estadísticas
para "medir el riesgo" con mayor precisión, lo que
significa que se podía determinar mejor el riesgo que se corría al
prestar dinero, el riesgo de que el beneficiario del préstamo no
pudiera devolverlo. El dinero que la clase media no gana trabajando
(porque se limitaba cada vez más su capacidad de hacerlo), se le
concedía en forma de préstamos.

Se nos ha dicho hasta la
saciedad que el origen de esta crisis está en las hipotecas basura,
en hipotecas y préstamos concedidos a personas sin recursos, sin
avales, sin trabajo. O sea, es como si la culpa la tuviera la gente
pobre y humilde, por querer tener una casa. Hipócrita, ¿no?

En
primer lugar, la responsabilidd de conceder un préstamo no es de la
persona que lo pide, sino de quien da el visto bueno a la operación.
Y el que da el visto bueno a la operación es un directivo, alguien
que mide los riesgos de que dicho préstamo nunca llegue a devolverse
y que cobra mucho dinero precisamente por la responsabilidad de
determinar ese riesgo. Así que, o bien esas personas han calculado
estrepitosamente mal el riesgo, o han decidido, a pesar de todo,
conceder préstamos a personas que evidentemente no podían devolver
el dinero. Claro que, ¿por qué iba a hacer alguien eso…? La
respuesta es sencilla, y se comprende con todo lo apuntado hasta
ahora: beneficios. Los bancos presentan los préstamos como
beneficios, pues es dinero que van a recuperar (las leyes están de
su parte: si tú no puedes pagar el préstamo, le piden el dinero a
tu avalista, y si este tampoco puede pagarlo, se te embargan los
bienes, así que, en principio, siempre recuperan el dinero). Cuanto
mayores son los beneficios, mayores son las primas de los directivos
que aportan a esos beneficios, y mayores son las primas por los
riesgos que se corren. Es como si el que concede el préstamo, el
directivo que da el visto bueno, se responsabilizara de alguna manera
ante el banco de que la inversión no es alocada. Beneficios para el
banco y beneficios para la persona que da el visto bueno.
Dinero.

Claro que, como ya he mencionado, con un poder
adquisitivo de la clase media tan mermado… ¿qué se puede esperar
que suceda? Alguien pide un préstamo hoy para comprar una casa. Es
un préstamo de un proyecto de futuro, proyecto a largo plazo. Es una
persona humilde, pero con ganas de trabajar. Se le concede el
préstamo. Pero resulta que esa persona no encuentra trabajo, o si lo
encuentra es inestable, mal pagado, y los precios suben sin cesar…
Es que tenía que llegar un momento en el que sencillamente la gente
dijese: "lo siento, no puedo pagar más; no tengo dinero (ni
posibilidades de ganarlo) para pagar mi deuda". Eso, pero a gran
escala, con millones de persona, es lo que ha ocurrido ahora.

Un
préstamo no es más que una deuda. Los bancos se venden entre sí
las deudas. Porque las acciones, los bonos, etc, no son otra cosa que
deudas: documentos que dicen que alguien ha decidido poner su dinero
en manos de una empresa o entidad, y que dicha entidad pagará ese
dinero con beneficios. Bancos de todo el mundo han terminado
comprando, sin saberlo, esos préstamos malditos. Y aquí aparece la
crisis de confianza: ya nadie se fía de nadie. No me atrevo a
comprarte nada por si entre las cosas que me vendes están esas
deudas que ya no se van a pagar. Y se hace así porque ni siquiera
los propios bancos saben hasta qué punto tienen entre sus manos esas
deudas, esos préstamos, esas hipotecas. Los bancos "no se
prestan dinero" los unos a los otros, lo que quiere decir que no
se compran deuda, porque no se fían los unos de los otros. El dinero
no circula, no fluye. Si a tu banco se le acaba el dinero que puede
prestar… ¿Cómo te va a prestar dinero? Y si eso es bastante
frustrante para un cliente particular, es completamente letal si el
cliente es una empresa. ¿Cómo puede hacer una empresa una inversión
si no le llega dinero con el cual financiarla? ¿Cómo puede comprar
materiales con los que continuar con su trabajo? ¿Cómo puede
incluso pagar a sus empleados…?

Y si los empleados no puede
cobrar, ¿cómo van a pagar las deudas que han contraído con sus
bancos? Préstamos, hipotecas… Es la crisis de la confianza. El
otro valor del antiguo capitalismo, ha cedido.
La
honradez es presunción, de partida, de que no pretendes aprovecharte
de nadie. Es la forma moral de la confianza.
Se
ha perdido la confianza. Si no hay confianza, la honradez no tiene
sentido. Puede que sea perfectamente legal especular con el precio de
la vivienda, del petroleo o del trigo, pero no es honrado. Puede que
sea perfectamente legal eliminar un puesto de trabajo indefinido y
sustituirlo por un puesto de prácticas mal remuneradas, o por un
puesto de trabajo tempora, pero no es honrado. Puede que sea
perfectamente legal desmantelar una fábrica en España y llevarla a
Singapur, donde por mucho menos dinero, un trabajador realiza el
doble del trabajo que un trabajador en España, pero no es algo
honrado. Es evidente que la honradez ha desaparecido en nuestra
sociedad, especialmente en el capitalismo actual.

La crisis
que estamos viviendo, la Crisis, no es sólo la mayor crisis que vive
nuestro sistema financiero. Es la caída de un mundo sin valores, en
el que el beneficio individual es el único valor. El capitalismo
pretendía ser inmune a los valores, pretendía que la economía
puede existir sin normas, más allá de la propiedad privada y de las
medidas protectoras de los beneficios empresariales. Lo que demuestra
realmente esta crisis es que eso no es posible. Una civilización sin
valores no es una civilización, es una jungla. Una economía sin
reglas es un sistema demasiado frágil.

Pensemos por un
momento en el altísimo grado de desarrollo que hemos obtenido.
Podemos evitar cientos de enfermedades, tenemos una esperanza de vida
(en el mundo occidental) mucho mayor que la que jamás ha existido,
hace décadas que occidente no ve en primera persona una guerra,
hemos llegado a erradicar el hambre de nuestra experiencia cotidiana,
tenemos más derechos y una mayor seguridad de la que jamas ha gozado
ninguna sociedad, la tecnología nos permite realizar cotidianamente
cosas como movernos de una parte a otra del mundo en cuestión de
horas, comunicarnos en tiempo real con personas al otro lado del
globo, acceder a la información tal y como se produce, tener la
mayor reserva de conocimientos que jamás se ha soñado… ¿Por qué
este sistema es tan frágil? ¿Por qué es tan injunsto? El
capitalismo surge como el sistema que propugna (me cito a mí mismo)
"la libertad necesaria para escapar de las garras de un sistema
injusto, el de una sociedad en la que unos pocos, revestidos por un
supuesto derecho divino, mantienen todo el poder y toman todas las
decisiones." Pero ha terminado convirtiéndose en un sistema
injusto, en el que unos pocos, revestido de una riqueza injustamente
acumulada, mantienen todo el poder y toman todas las decisiones. ¿Qué
nos puede salvar del capitalismo?

Hace unos años leí un
libro de un tal Dario Maravall, matemático. Era un libro sobre
investigación matemática, y básicamente defendía la investigación
matemática a todos los niveles (incluso en las ramas más puras y
abstractas), puesto que ese conocimiento pertrechaba de herramientas
que permiten el desarrollo de muchas otras áreas. Como ejemplo
citaba una investigación sobre la modelización del sistema
capitalista liberal sin normas que lo restrinjan. Las ecuaciones que
modelizan ese comportamiento son similares a las que modelizan el
comportamiento de un conjunto de depredadores canívales en un
recinto cerrado (por ejemplo, arañas en un terrario). El resultado
es que, o bien sólo sobrevive una araña, o bien sobreviven
finalmente dos de ellas y se matan mutuamente. No hay equilibrio.
Todo termina en un colapso.

El sistema capitalista, tal y como
lo hemos sufrido desde la desintegración del bloque socialista,
camina hacia el colapso. Está matemáticamente demostrado. Vivimos
en un sistema que camina inexorablemente hacia el colapso. Puede que
llegue mucho antes de que todo el dinero del mundo pertenezca a una
sola empresa o a una sola familia, puede que ese colapso llegue mucho
antes y ya estemos frente a él. Pero lo que no cabe duda es de que
no podemos hacer nada para evitar que terminemos colapsando. Es
matemáticamente imposible evitar el colapso… al menos si
permitimos que el sistema siga siendo el mismo.

Así pues,
vivimos en un sistema que no funciona. El capitalismo no funciona
como modelo social, no sirve para la función para la que se nos ha
enseñado que ha de funcionar: permitirnos mediante nuestro esfuerzo
y nuestra inteligencia ganarnos la vida. Inexorablemente, llegará un
momento en el que el trabajo duro no sea recompensado de manera que
podamos sobrevivir.El capitalismo no conoce el equilibrio. Y no lo
conoce porque su único valor fundamental son los beneficios. No
existe absolutamente nada positivo para el capitalismo, al margen de
los beneficios, de obtener más dinero.

¿De verdad queremos
vivir con un modelo así?

Sé lo que muchos estarán pensando:
el marxismo se ha demostrado incapaz de llevar a una sociedad hacia
el progreso y hacia el bienestar. No lo pongo en duda. No soy
marxista. En su momento haré una crítica al marxismo, como la he
hecho al capitalismo. El marxismo tampoco funciona. Pero el marxismo
no es la única alternativa al capitalismo.

¿Cuál propongo?
En realidad ninguna. Yo sólamente señalo el problema: el
capitalismo no funciona, y el marxismo tampoco. Hay que cambiar de
sistema, es la consecuencia lógica. Pero yo no tengo todas las
respuestas. En cualquier caso, creo que es importante hacerse la
pregunta, porque seguramente, aunque nadie tenga la respuesta, las
opiniones de muchos puedan hacer que obtengamos una respuesta
satisfactoria. En cualquier caso, tampoco creo en revoluciones. No
creo en sistemas que se impongan por la fuerza. Prefiero la
evolución, el cambio gradual y consentido; lento, pero firme. Y por
supuesto, aunque no soy ningún moralista, nuestra sociedad necesita
volver a llenarse de valores. Valores "positivos". Creo en
el relativismo moral y en la libertad de conciencia, pero en lo que
no creo es en una sociedad aséptica, sin valores.

Ninguna
sociedad es amoral. Lo vemos cada vez que se produce una catástrofe
en el mundo: la respuesta de la sociedad es volcarse con las víctimas
y compartir el dolor. Nuestra sociedad no está vacía de valores, a
pesar de todo. Desde luego que es legítimo discutir sobre esos
valores, sobre cuáles son o deberían de ser. Lo que no es lógico
es que si vivimos en una sociedad en la que, a pesar de todo, existen
valores, nuestro sistema económico (que no es otra cosa que la
manera en que regulamos el esfuerzo de todos) carezca de
valores.

Realmente me cuesta creer que a las personas que se
han hecho inmensamente ricas especulando con el precio del trigo o de
la vivienda, por ejemplo, les sea indiferente saber que un niño que
tiene hambre en otra parte del mundo tiene que trabajar 14 horas al
día para aportar a su familia algo para comprar la cada vez más
cara comida. El problema es que ese tipo que se hace inmensamente
rico especulando prefiere no pararse a pensar en ello. Porque si lo
hiciera, tendría que decidir entre obtener beneficios o hacer una
buena obra. Desgraciadamente, el capitalismo no deja opción: sólo
obteniendo beneficios haces bien tu trabajo. Así que el tipo no
llega a pensar en ello. No lo piensa, pero lo sabe. Él y cada uno de
las decenas de miles de otros directivos, empresarios, agentes de
bolsa, etc. Por eso, porque prefieren no pensar en ello, es por lo
que el capitalismo se ha vaciado de valores. Para poder hacerse
ricos, esas personas han tenido que aprender a no pensar en las
consecuencias de sus actos. Han tenido que ponerse una venda en los
ojos y unos tapones en los oídos, para no escuchar ni ver el llanto
de los millones de niños que mueren de hambre cada día mientros
ellos se llenan los bolsillos. Y cuando esa actitud se ha asentado,
ya ha dado igual que el llanto fuera de un niño africano o de tu
compañero de instituto. Porque lo peor de todo esto es que mientras
que la situación estaba localizada en ciertas partes del mundo y
sólo sufrían precísamente los más débiles y los más inocentes,
mientras que las zarpas del sistema no llegaban a la clase media
occidental, todos hemos decidido ponernos vendas en los ojos y
tapones en los oídos y tratar de convencernos los unos a los otros
de que nada se podía hacer. Ha tenido que venir una Crisis sin
precedentes, que nos amenace a todos, para que reconozcamos que esto
no funciona…

Hay que comenzar por cambiar la idea de que el
dinero lo es todo, de que los únicos beneficios son los monetarios.
Parece un tópico, pero es cierto: el dinero no da la felicidad.
Somos tan estúpidos que pensamos en tener cada vez más dinero, como
si eso nos fuese a hacer más felices. Está claro que si las deudas
te ahogan, necesitas ganar dinero, así que lo que podemos afirmar es
que la ausencia de dinero (de medios económicos, de medios, al fin y
al cabo) nos hace infelices. Eso es algo natural: en una situación
así peligra nuestra existencia, y eso nos preocupa en grado sumo. En
una situación así nos sentimos mal, porque es la manera que tiene
la naturaleza de obligarnos a mejorar nuestra situación. Pero de la
misma forma que cuando tienes hambre quieres comer, pero hasta
saciarte, cuando no tienes suficiente dinero, suficientes medios, lo
que realmente necesitas es la cantidad precisa de dinero, los medios
precisos, para solucionar su problema.

A nadie con dos dedos
de frente se le ocurriría pensar que la comida da la felicidad.
Nadie con cierta madurez y sentido común pensaría que la felicidad
se obtiene comiendo. Desde luego que si no comes lo suficiente vas a
ser muy infeliz. Pero todos calificaríamos de enfermo a alguien que
pensara que la comida es exactamente lo único que puede hacerle
feliz. Todos sentiríamos lástima por esa persona. Y si viéramos
que esa persona come inmoderadamente, constantemente, buscando así
la felicidad, comprenderíamos, a poco que lo pensáramos
objetivamente, que esa persona jamás llegará a ser feliz.

Con
el dinero pasa algo tremendamente parecido. No puedes ser feliz sin
dinero, sin medios. Si no tienes dinero, si no tienes medios, si no
tienes algo al menos que te permita tener la tranquilidad de que tus
necesidades económicas van a estar cubiertas (como un trabajo),
siempre vas a estar infeliz, de la misma forma que la persona
hambrienta no puede dejar de pensar en que necesita comer. Pero de la
misma manera que nadie puede encontrar la felicidad comiendo sin
parar, tampoco nadie puede encontrar la felicidad en procurar ganar
indiscriminadamente dinero. Aquél que base su felicidad en el
dinero, sencillamente está tan equivocado como aquél que cree que
únicamente comiendo sin parar puede llegar a ser feliz.

Tal
vez si todos tuviéramos claro esto, no existiría la codicia, la
avaricia, y un modelo en el que los beneficios económicos son lo
único que tiene sentido no tendría sentido.

Pero de todo
esto hablaré en otra ocasión.