Archivo para 1 enero 2007

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La fábula del pez y la botella.

Érase una vez un pez que nació
en el mar. El pez era pequeño, muy pequeño, y los peces
más grandes siempre merodeaban en busca de comida. El pez
pequeño huía de los peces grandes, hasta que un día
encontró una botella vacía en el fondo del mar. Entró
en ella y descubrió que allí se encontraba a salvo. A
través del cristal de la botella veía cómo los
otros peces eran devorados por peces mayores, pero él se
sentía a salvo en su botella. Ningún pez intentaba
comerse la botella. Además, por la boca de la botella entraba
suficiente placton como para no tener que salir de ella. Así
el pez fue creciendo.

Sucedió que el pez comenzó
a ver que peces no tan pequeños eran capaces de burlar a los
grandes y sobrevivir. Pero él se veía a sí mismo
aun demasiado pequeño. Así que decidió seguir
creciendo a salvo en su botella hasta que llegara el momento de poder
salir fuera y estar a salvo.

Pronto descubrió un problema:
aun no se veía capaz de burlar a los peces grandes, pero ya
era del tamaño aproximado de la boca de la botella; así
que tenía que decidir entre salir de la botella –ahora que
aún podía– y arriesgarse a ser presa de los otros
peces, o permanecer a salvo en ella, pero no poder ya nunca salir de
allí.

El pez lo meditó, lo pensó,
y mientras los días fueron pasando y la naturaleza, siguiendo
su curso, hizo que fuese creciendo. El pez sabía que el tiempo
se le agotaba, pero no estaba seguro de sí mismo. No confiaba
en su capacidad de supervivencia, en su fuerza, en su velocidad…
Así que dejó pasar el tiempo, indeciso, hasta que ya no
pudo tomar decisión alguna. Llegó el día en que
comprobó que su tamaño era mayor que el de la boca de
la botella.

Desde ese momento, el pez comprendió
que estaba condenado, y que lo que hasta ahora había sido su
hogar, era ahora su prisión. Sabía que ya nunca saldría
de la botella. Mientras que tuvo sitio en ella, pudo ser aun como un
pez. Pero siguió creciendo, y creciendo, y creciendo… Ahora
el pez ocupa casi toda la botella. Ya no puede moverse dentro de
ella. Sus branquias casi tocan las paredes de la botella. Sabe que en
poco tiempo, si sigue creciendo, las paredes ya aprisionaran sus
branquias y no le dejarán respirar.

El pez no ve salida alguna. Piensa que
aun cabe una remota esperanza: la de que alguien rompa por él
la botella. Sin embargo no es tonto, y sabe que habiendo vivido toda
su vida dentro de la botella, las probabilidades de que sobreviva
fuera de ella son muy escasas. Sabe que no tiene la experiencia
necesaria como para burlar a los peces grandes, que la inactividad
dentro de la botella ha anquilosado sus aletas para poder ser veloz
y escapar; y lo que es peor, él mismo desconoce la existencia
de comida enganchada en anzuelos, trampas mortales para los peces
ingenuos como él.

Por ahora el pez sigue haciendo lo
único que puede hacer: respirar y comer mientras pueda,
mientras las paredes de la botella se lo permitan, sin querer pensar
en la muerte tan horrible a la que está destionado.