Archivo para 12 enero 2008

12
Ene
08

El Enigma.

Tarde de un viernes de enero. Han pasado las fiestas. El sol debe de estar poniéndose. Es aproximadamente la hora del ocaso, pero no se puede saber con exactitud porque el cielo está totalmente gris. Sopla viento frío de poniente, y todo indica que va a llover de un momento a otro. Para muchos, una tarde deprimente. Para mí, fascinante.

Camino por la Avenida Andalucía, hacia el casco antiguo. Desde que tenía 9 años siento la misma sensación en tardes como ésta. Desde que vi por primera vez -y luego leí- La historia interminable de Michael Ende, siento, en tardes como ésta, que el cielo, ceniciento, esconde un gran secreto. Un secreto que el viento roba y se lo cuenta a los pájaros, que vuelan asustados de un lugar a otro, gritándolo con todas sus fuerzas. Un secreto que el viento susurra a los árboles entre las hojas, haciendo temblar sus ramas, haciendoles mecerse asustados, como un loco en una celda. Un secreto que conocen los gatos vagabundos, que se esconden en cualquier parte. Un secreto que aguardan los edificios deshabitados, observando desde sus ventanas como los únicos ajenos al secreto somos los humanos.

Caminando entre los viejos edificios del casco antiguo, uno tiene en esas tardes la sensación de que está siendo observado, de que las esquinas, las fachadas, las puertas, las ventanas, los balcones, las macetas… todo parece que te observa, que cuchichean entre ellos en su secreto lenguaje silencioso. El viento recorre cada calle gritando su mensaje, y parece pararse en tus oídos bramando para hacerte entender.  Pero los humanos, ajenos a ese lenguaje, no somos capaces de observarlo. Y mientras, nubes grises desfilan a grandes zancadas por el cielo. Todo, todo parece repetir un mismo mensaje, un secreto que todos conocen, pero del que los humanos ignoramos siquiera su existencia. Todo parece observarnos. Y en mi cabeza no deja de sonar Montescos y Capuletos de Prokofiev, o En la gruta del rey de la montaña de Grieg.

Parece que de un momento a otro los edificios van a cobrar vida, que los relieves que adornan algunos de esos edificios van a mover sus ojos siguiendo nuestros pasos, o mirando al frente, disimulando que siguen con su mirada, entre preocupada y curiosa, cada uno de nuestros pasos. E inexorablemente, cada vez que alzo la vista siento que el cielo guarda un enorme enigma, algo para nosotros totalmente incognoscible, pero que va a manifestarse de un momento a otro.

En un momento en concreto al cielo se abre un poco, y las nubes adquieren tonalidades rosadas, doradas, anaranjadas, azules y violaceas. Parece como si en las azoteas de los edificios más altos, demonios y ángeles se sentaran unos junto a otros a contemplar a los hombres, totalmente ignorantes de que son observados.

En tardes como ésta, en las que parece que sólo somos peones de un enorme tablero de ajedrez, tengo la sensación de que todo está escrito en algún libro, de que existe en alguna vieja estantería un volumen antiguo, grande, con pastas de piel y hojas amarillentas, en las que se explica ese enigma, en el que se cuenta ese secreto. Un libro en el que, con metáforas, se desvela a los hombres el secreto que el viento le ha arrancado al cielo y que trata desesperadamente de hacernos saber. Una alegoría que pasa desapercibida para quien no sepa lo que realmente lee. Un libro antiguo, en una librería o biblioteca vieja, custodiado por un anciano tan críptico como el texto.

Sin ser realmente consciente de ello, siempre persigo ese libro. Un libro que no sé si existe, en el que, para quien sepa leerlo adecuadamente, se desvela un enigma, el enigma de un secreto que no existe, pero que puedo sentir.