08
Nov
09

Mi secreto…

Días de Sena y Montmartre, de gatos que se me mueren y se me llevan el alma, de lluvia, de sobrinos que me roban cosquillas mientras se deshacen en carcajadas, recordándome que yo también tengo siete años algunas veces (o tres). Días de sombras del viento, de páginas llenas de poesía, de horas de lectura robadas a la madrugada. Días de inspiración, de ilusión, de volver sobre proyectos olvidados, de sacarme espinas clavadas durante años, de superar obstáculos titánicos, volver la vista atrás y comprobar que no eran para tanto. Días de Yann Tiersen, de Debussy, de Ravel. Días pintados de acuarelas, con cielos hechos de cenizas y de agua fría, de troncos desnudos, de alfombras de hojas secas, de árboles amarillos, rojos, ocres, naranjas, violetas e incluso verdes.
Días de silencios que saben a miradas, de besos que se dan con las palabras y de miradas que se hacen el amor.
Hay días en que la vida te regala una sonrisa y descubres que dentro de ti acaba de surgir un secreto que no puedes guardar, pero que tampoco sabes contar a los demás…

19
Oct
09

Palabras y vanidades

De vez en cuando las palabras dicen mucho más de lo que pretenden decir. Decía el psicólogo Willhelm Reich en La función del orgasmo que “Las palabras mienten. La forma de expresarlas, nunca.” Y la forma de relacionar unas palabras con algunos conceptos pueden revelar mucho más sobre si misma de lo que una persona tal vez deseara. Es el caso del señor Carlos Solchaga, ex-ministro socialista de los gobiernos de Felipe Gonzalez, según se puede leer en una reciente entrevista en la versión española de la revista Vanity Fair.

Al señor ex-ministro le ha traicionado el subconsciente, y ha revelado con una sola frase toda su ideología. Hablando de las coberturas de las prestaciones por desempleo, dijo que eran muy generosas, y que provocaban que parte de la ciudadanía las veacomo un derecho, una beca y espere hasta agotarla antes de buscar otro trabajo” (sic).

Señor Solchaga: la prestación por desempleo ES UN DERECHO, recogido por nuestra Constitución (Artículo 41: “Los poderes públicos mantendrán un régimen público de Seguridad Social para todos los ciudadanos, que garantice la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, especialmente en caso de desempleo. La asistencia y prestaciones complementarias serán libres.”) y por las leyes. Y le recuerdo al señor Solchaga que, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, una beca es una “Subvención para realizar estudios o investigaciones.” Es decir, el propio concepto de beca presupone que el beneficiario pretende formarse.

Que conste que en el fondo estoy con el Señor Solchaga: existe una cierta parte de la población que prefiere agotar su prestación por desempleo antes de ponerse a buscar trabajo. Pero, por un lado, me parece terrible que use esas dos palabras (“derecho” y “beca”) para criticar esa situación. Para él, el recibir una prestación por desempleo no es un derecho. Piénsenlo bien, porque sus palabras lo han delatado. Para él el Artículo 41 de la Constitución Española no cuenta. Eso es lo que debe de pensar en su fuero interno para que así le haya traicionado el subconsciente. Además, piensa que la prestación por desempleo no debe de verse como una beca: o sea, piensa que la persona que recibe el dinero que la propia Constitución le reconoce no debería usarlo para intentar formarse y ser más útil, tener más posibilidades en el mercado de trabajo.

Pero que conste que, repito, comprendo el fondo de las desafortunadas palabras del ex-ministro. A él lo que le revienta es que haya gente que en lugar de buscar trabajo se dedique a cobrar de ese dinero, del dinero de los impuestos que pagan todos los españoles, para no pegar ni un palo al agua. Y a mí, señor Solchaga, y a mí. Me revienta que haya gente viviendo del trabajo de los demás, del dinero que a cada uno de nosotros nos cobran para que el país funcione. Me revienta que exista gente que se lo monta de tal manera que vive a costa de los demás, chupando del bote. Pero lo que más me revienta es que de todos esos sólo se señale a los que lo hacen legalmente (hecha la ley, hecha la trampa) mientras que cuando se trata de los que se quedan con millones de euros del dinero público, aprovechando el puesto que los ciudadanos le han confiado, unos clamen al cielo y otros los escondan, los protejan y cambien de tema. Y me pone enfermo, lleven las siglas que lleven.

Pero tal vez el señor Solchaga piense que vivir sin trabajar con 700€ al mes, dos hijos, una hipoteca o un alquiler, a euro y pico el litro de gasolina es el sueño de todo español. Tal vez el señor Solchaga nunca haya sabido lo que es estar sin trabajo, la angustia vital que eso supone, la sensación de castración, de impotencia, de hundimiento, de incertidumbre que padece aquél que no se siente útil, que no encuentra sitio donde ganarse de por sí la vida. Porque a pesar de todo, señor Solchaga, en España hay gente que cobra 1000€ al mes despertándose cada mañana bastante antes del amanecer, desperdiciando parte de su vida en metros, trenes o atascos, haciendo decenas o cientos de horas extras que jamás serán pagadas, teniendo que currar fines de semana… A pesar de todo eso, la mayoría de la gente busca trabajo. La inmensa mayoría de la gente busca eso, como lo prueba el espectacular aumento del paro. Los demás, el resto, aquellos que no trabajan son realmente una minoría, una muy pequeña minoría. Y entre esa pequeña minoría también alguno habrá que diga que no, que una mierda pa ti, que en esas condiciones trabaje Panete. Porque hay trabajos en los que te explotan y punto. Y por desgracia, en España, son una cantidad importante de trabajos. Fíjese usted, señor Solchaga. Tal vez resulte que esas personas no es que no quieran trabajar. Tal vez lo que piden es un trabajo digno, cosa que por cierto también es un derecho constitucional. Pero claro, tendría usted que haberse leído la Constitución Española, o a menos hacerlo sin los prejuicios carcas que sus palabras han desvelado.

Con socialistas así, quién necesita liberales.

11
Oct
09

La crisis (II): la desaparición de la clase media

Hace unos años cualquier adolescente entendía que su futuro estaba programado para que fuera aproximadamente el sigiente: estudios universitarios, un trabajo al acabar esos estudios, suficientemente bien pagado, comprar una vivienda y un coche en los que invertiría entre el 40 y el 50% de su sueldo durante cuatro o cinco años, casarse, tener dos o tres hijos, comprar un pequeño chalet en el campo o en la playa después de unos años… La clase media, la clase social a la que pertenecían sus padres, etc.

Si buscamos a ese mismo adolescente hoy en día y comprobamos su situación, el cambio es espeluznante: terminó sus estudios universitarios, pero vive sólo o con su novia en un piso de alquiler, a un precio por el que debería haber podido comprarlo no hace tanto, o cometió la locura de comprar y vive ahora esclavizado a una hipoteca que lo asfixia; si se ha casado, tiene sólo un hijo, y por un descuido; tiene un coche, y puede que lo haya terminado de pagar, pero gasta mucho más en gasolina de lo que (descuento de la inflación aparte) hubiera pagado hace sólo unos años; puede que tenga contrato indefinido, pero su sueldo y el precio de la vivienda no le permite soñar con llevar una vida como la que llevaban sus padres, cuando tal vez durante su adolescencia sólo entraba en casa el sueldo de su padre. Lo curioso es que realmente su situación no es excepcional. De hecho, la mayoría de sus ex-compañeros de estudios viven en circunstancias parecidas. Es como si la vida de estudiante se les hubiera alargado hasta pasado los treinta, sin opción de cambio.

Tras la Primera Guerra Mundial se forjó una nueva clase social: la clase media. Procedía de las masas de siervos de la tierra del medievo y de la pequeña burguesía de las ciudades. Eran los descendientes de los trabajadores de siempre, de los esclavos, campesinos, siervos, el pueblo llano. Eran los nietos de esas personas que habían sufrido las jornadas de 16 horas en las fábricas en el siglo XIX, más los descendientes de los burgueses caídos en desgracia que se habían arruinado o no habían conseguido mantener su alto nivel económico. Esas personas fueron los protagonistas de un enorme cambio social: por primera vez en la historia podían ganar con su trabajo lo que se necesitaba para vivir, y vivir bien. No se limitaban a sobrevivir, sino que tenían ciertas comodidades impensables para sus abuelos y sus padres. En un par de generaciones, el nieto de un campesino, de un obrero del metal o de un pescador podía ser dentista, abogado, o incluso ser empresario. Mientras que su bisabuelo -al que posiblemente conoció- había tenido que pasar hambre, frío y miseria, malviviendo en un cubículo, él ahora tenía su propia casa, coche, electrodomésticos, dinero en el banco, vacaciones en la playa, hijos sanos y educados en colegios, etc.

Pero en algún momento de finales del siglo XX, las cosas cambiaron. La que estaba llamada a ser la generación más preparada de la Historia vio cómo todo lo que se suponía que iba a disfrutar se iba postergando sine die.

Se empezó con los contratos temporales, la aparición de las empresas de trabajo temporal y las subcontratas: empresas que cobran por ser intermedirios entre una empresa que busca gente y una persona que quiere trabajar. ¿Se acuerdan de la especulación? Pues parecido. Antes, cuando una empresa necesitaba trabajadores, ponía un anuncio en el periódico. Ahora contrata a una empresa de trabajo temporal, que es la que pone el anuncio en el periódico. La empresa de trabajo temporal contrata a los trabajadores, y les paga menos de lo que les hubiera pagado la empresa matriz. Ahora, legalmente, todo recae sobre la empresa de trabajo temporal, la subcontrata. Es ella la que se encarga, teóricamente, de todo. ¿Qué se ha conseguido con eso? Pues sencillamente que los trabajadores cobren menos.

Luego aparecieron las prácticas de empresa, esa costumbre que se ha terminado arraigando en el mercado laboral, y que consiste en que un estudiante o recién licenciado ha de trabajar casi gratis para una empresa, haciendo durante seis meses el trabajo de un trabajador normal y corriente, bajo el pretexto de que “está aprendiendo”. La realidad es que el proceso de aprendizaje, en sí, no dura más de un mes, y precisamente para eso es para lo que se hicieron ya los contratos temporales. El resto del tiempo es trabajo que a la empresa le sale muy barato y que está realizando una persona que ya está perfectamente formada.

La proliferanción de este tipo de prácticas permitió una nueva costumbre: “¿cuánto estás dispuesto a cobrar por trabajar con nosotros?” Siempre hay un estudiante o un recién licenciado dispuesto a hacer lo mismo que tú casi gratis. ¿Por qué deberíamos pagarte a ti tanto dinero si alguien en prácticas lo hace por la tercera o la cuarta parte?

La licenciatura, luego los masters (nuevos estudios que han llegado a ser casi un requisito en muchas áreas), luego las prácticas… Al final resulta que incluso los buenos estudiantes tardan cuatro o cinco años más en comenzar a ganar dinero al mismo nivel que lo hacían sus padres. Eso los buenos estudiantes, los que han conseguido aprobar todo a la primera. Otros nos incorporamos al mercado laboral mucho más tarde.

Para continuar con mi explicación, he de aclarar lo que significa el valor del dinero, en términos económicos. Voy a explicar llánamente lo que significa la inflación.

Imagina que necesitas echar gasolina, pero estás cansado y decides ir mañana. Imagina que ese día precisamente el litro de super cuesta (por decir algo) 1,17€. Imagina que precisamente -no lo sabías- al día siguiente la gasolina subía de precio, y se ponía a 1,21€. Tú tienes exactamente la misma cantidad de dinero al despertarte que anoche al acostarte, pero hoy puedes comprar menos gasolina que ayer. La gasolina se ha encarecido. Puede que otros productos se hayan abaratado -por ejemplo, los tomates-, y que con la misma cantidad de dinero puedas finalmente hacer las compras que necesitas. Pero a la larga no sólo sube la gasolina y bajan los tomates. A la larga la mayoría de los productos terminan siendo más caros, con lo que a la larga, con la misma cantidad de dinero puedes comprar menos cosas. Eso es la inflación: el hecho de que el precio de los productos sube. Es lo que mide el IPC. El IPC viene a ser como una medida de cómo ha subido todo, en conjunto, en general -aun cuando productos en particular bajen de precio-. Así que podemos verlo de la siguiente manera: todo está más caro. O podemos verlo de esta otra manera: nuestro dinero hoy vale menos que ayer.

Ésa es una regla de oro de la economía. Y los bancos y las empresas lo saben muy bien. De ahí el interés que cobran los bancos: el dinero que te prestan no vale lo mismo que cuando se lo devuelves. De ahí también que cualquier empresa tarde todo lo que pueda en pagar.

Por ejemplo, en España todos tuvimos una desagradable sorpresa inflacionista cuando comenzó a circular el euro. Curiosamente el gobierno cambió en esas fechas la manera de calcular el IPC, y la inflación -la teórica inflación de la que hablaba el Ministerio de Economía y que ellos habían calculado con las nuevas reglas- era bastante similar a la de antes de la entrada del euro, mientras que todos comprobamos en nuestros bolsillos que lo que antes costaba 100 pesetas ahora costaba 1€… Pero no quiero provocar un debate sobre partidos políticos. No me cabe ni la menor duda de que cualquier otro partido que hubiera estado en el poder hubieran hecho algo similar.

Pues bien, continuemos con mi exposición: según los datos oficiales, la inflación está controlada, y lo ha estado durante los últimos años, en la mayoría de los países desarrollados. Se suele situar en torno al 3% anual. Es decir, que, en general, los precios de las cosas hoy suelen estar, de media, un 3% por encima de lo que lo estaban hace un año. Repito que no es una cuestión de productos particulares. Me juego el cuello a que una lata de ese refresco de cola que estás pensando lleva años sin subir de precio en tu supermercado. Pero eso es algo puntual. Los alimentos (carne, verduras, pescado, pastas, pan, azucar, leche) sí suelen fluctuar, incluso de un supermercado a otro de la misma cadena. Los precios se mueven libremente, porque vivimos en una economía de libre mercado, en la que cada cual ofrece sus productos al precio que le parece. Claro que luego puede que nadie se los compren (¿recuerdan la ley de la oferta y la demanda?). Una economía de libre mercado se basa precisamente en que nadie controla los precios de nada, ni siquiera el Gobierno. Fin de la aclaración.

La clase media representa, en los países desarrollados, la inmensa mayoría de la población. Es la gente corriente, que ni pasa hambre ni tiene tanto dinero como para no necesitar trabajar. Representa el tejido social de un país, y está desapareciendo progresivamente.

¿Cómo está sucediendo esto? Pues esencialmente se está retrasando cada vez más la independencia económica de la gente joven. El fenómeno es complejo, porque no depende de un único factor, pero no deja de crecer. Por un lado, como ya he mencionado, se encuentran las empresas de trabajo temporal. Éstas han conseguido abaratar el precio de un trabajador no cualificado (obreros de la construcción, ayudantes de producción en fábricas, camareros, servicios de limpieza habituales, servicios de atención al cliente, etc, etc). Las personas sin estudios, las que sólo pueden ocupar puestos no cualificados -y que representan una importante cantidad del total de trabajadores- han visto cómo sus sueldos se han recortado en los últimos veinte años. En la película de Ken Loach Pan y rosas se da un dato concreto, que desgraciadamente o recuerdo con exactitud, pero que sirve perfectamente como ejemplo de lo sucedido: a principios de los ochenta, cualquier mujer de la limpieza que trabajara limpiando en alguna de las grandes empresas de Los Ángeles cobraba más y tenía más derechos sociales y laborales que cualquiera de las que hacían su misma labor a finales de los noventa. La situación no ha mejorado en los casi diez años que han pasado desde que se filmó la película, incluso ha empeorado. La zona más humilde de la clase media, aquella que marca la diferencia con los pobres (aquellas personas que no pueden susbsistir por sus propios medios) queda difuminada, desdibujada. Mientras que a principios de los ochenta, cualquier persona que trabajara en algunas de estas actividades era económicamente independiente (capaz de afrontar, con su sueldo, sus propios gastos), hoy en día esas personas necesitan ingresos apartes para poder sobrevivir.

Es importante tener en cuenta lo que esto significa. No sólo se han bajado (y considerablemente) los sueldos en algunos de estos puestos de trabajo. No sólo se gana menos ahora haciendo esos trabajos. Es que, además, por efecto de la inflación, ahora se gana -comparativamente hablando- mucho menos que antes. Si antes un camarero podía comprar una carne cuatro veces a la semana, ahora tal vez sólo pueda hacerlo dos (por decir algo). Y no sólo la carne. La educación de sus hijos, la vivienda, las vacaciones, etc, etc.

El siguiente factor es el que afecta a los estudiantes que acaban de terminar sus estudios. Primero, como ya he dicho, tienen que realizar prácticas de empresa -es casi imposible en muchos sectores encontrar trabajo si no has relizado prácticas de empresa-, en muchos casos tienen también que realizar un master. Estamos hablando entonces de entre 2 años y medio y 3 años más para comenzar a trabajar. Un master es algo muy caro. Lo normal es que un master cueste entre 6.000 y 12.000 €, aunque ahora comienzan a ofertarse masters por bastante menos dinero (nunca por debajo de los 1.500€). En cualquier caso, pueden alcanzar cifras mucho mayores, dependiendo de la especialidad y de la universidad que lo ofrezca. En buena medida, para lograr pagar su master, el estudiante ha de recurrir a un préstamo, a trabajar en puestos no cualificados -con el consecuente abaratamiento de los sueldos en esos puestos: a mayor cantidad de trabajadores (demanda), menor sueldo (oferta)-. De esta manera, los estudiantes, que en principio están mejor situados dentro de la clase media, ponen las cosas más difíciles a los trabajadores no cualificados. De hecho, cada vez más estudiantes corren el riesgo de caer en el sector de los trabajadores no calificados.

Una vez superado el master, en muchos casos se han de realizar prácticas de empresa, es decir, al menos seis meses de trabajo casi gratuíto (a veces literalmente gratuíto). No es un requisito legal, como tampoco lo es el master, pero lo cierto es que en la práctica, conseguir un trabajo cualificado sin tener un master o unas prácticas es en muchos casos algo imposible. En algunas especialidades, se necesitan ambas. En particular para acceder a puestos altos, se suele requerir tener varios años de experiencia, o un master y unas prácticas.

La alternativa es el mileurismo: puestos bajos aunque especializados, mal pagados, y de los que sólo se sale lentamente tras pasar dos o tres años en la misma empresa. De hecho, incluso las prácticas y el master están dejando de ser una garantía contra el mileurismo.

Por supuesto que saben a lo que me refiero, ¿verdad? Un mileurista es una persona que gana mil euros, más o menos, al mes. En pesetas eran unas 160.000, un buen sueldo para empezar. Pero ahora, en la realidad, estamos hablando de lo que entonces equivalía a 100.000 pesetas. Después de impuestos, se te quedan en alrededor del equivalente a 75.000 pesetas. Estudiar una carrera -lo que desde hace unos años se traduce en bastante más de cinco años-, trabajar de camaero o repartidor de pizzas para pagarte parcialmente un master de otros dos años, del que aun tienes que seguir pagando el crédito, realizar seis meses de prácticas para aprender en un mes todo lo que necesitass saber sobre ese puesto de trabajo y finalizar sacando 750€ al mes limpios, durante al menos tus primeros dos años… Si se empieza con 18 años la carrera, digamos que se tarda 6 años en completarla, dos años de master, seis meses de prácticas, dos años cobrando 750€ al mes limpios… Esa persona (A), con 28 ó 29 años empieza a cobrar (con suerte) lo mismo que otra 15 años atrás (B) comenzó a cobrar cuando ya tenía 25. Pero es que a eso no le hemos añadido el factor inflación. Mientras que B con 25 años podía comprar ciertas cosas con ese dinero, A ya no puede hacerlo. La vivienda, los alimentos, la gasolina… todo está bastante más caro que cuando B cobraba, antes de impuestos, 150.000 pesetas. Los 1500€ que tal vez empiece a cobrar A con 29 años (antes de impuestos) le llegan demasiado tarde, y le saben a muy poco.

Por supuesto que su posición es, sin embargo, mucho más ventajosa que su compañero de colegio que decidió no estudiar y comenzar a trabajar. Al menos A tiene trabajo, y sabe que si se queda en paro, tiene unos conocimientos y una experiencia que lo distinguen del resto de la masa de pardos. Su compañero del colegio sólo tiene sus manos y la experiencia que haya podido acumular, que es idéntica a la de cientos de miles de personas como él.

La clase media está desapareciendo. No de manera inmediata, pero sí imparablemente. Conforme pasa el tiempo, las personas que hasta ahora formaban la clase media van envejeciendo, algunas fallecen, y sus puestos son ocupados por otras personas, con menor nivel adquisitivo, con menos dinero. Si un trabajador se prejubila, su puesto de trabajo se pierde. Si un trabajador se jubila, las empresas aprovechan para -en caso de que su puesto no sea imprescindible- crear de ese puesto de trabajo uno o dos puestos de prácticas. Los jóvenes, que han nacido, crecido y vivido en el seno de la clase media, arropados por sus familias, comprueban que a su llegada al mercado laboral son expulsados de la clase media, para caer en ese limbo que es el mileurismo, o en ese otro que son los contratos temporales. El sueño tácito de un trabajo suficientemente bien pagado y seguro se retrasa, se aleja, y termina por convertirse en eso, en un sueño. Los precios de los bienes básicos, en particular de la vivienda y del transporte, están completamente alejados de las posibilidades económicas de los jóvenes. No es sólo que no se les paga lo adecuado, es que se les cobra mucho más de lo que pueden pagar. Sus familias les ayudan con lo que pueden, pero ¿qué pasará el día en que los padres ya no puedan seguir ayudando a sus hijos? ¿Qué pasará el día en que el padre se jubile, o pierda su trabajo? Ese día ya ha llegado para algunas familias, desgraciadamente.

Sé que algunos pensarán “¿y a mí qué, si muchos no estudian porque no quieren? ¿Y qué me importa a mí si en vez de estudiar una carrera con posibilidades decidiste estudiar Humanidades y ahora no encuentras trabajo? ¿Por qué he de preocuparme, si yo ya tengo un puesto de trabajo bien pagado, ya he pasado por un master, unas prácticas, y al fin estoy cobrándolo bien?”. Si no tienes sentido de la solidaridad, si no tienes un poco de humanidad, si no te conmueve ver a un semejante tuyo pasándolo mal, al menos hay un argumento que seguro que te va a importar: tu propio puesto de trabajo.

La única razón de ser de que tú tengas un puesto de trabajo es porque el mercado exige a tu empresa productividad. De nuevo la eterna ley de la oferta y la demanda. Tu empresa, sea la que sea, produce algo (ya sea algún tipo de objeto para venderse, ya sea algún servicio). Si ese producto deja de venderse, para sobrevivir, tu empresa reducirá su plantilla. Todos y cada uno de los puestos de trabajo de tu empresa estarán en examen, para ver cuánto son de necesarios. Si la empresa juzga que tu sueldo es demasiado alto para tu trabajo -y si además considera que uno o dos practicantes pueden hacer tu mismo trabajo por mucho menos dinero-, no te quepa duda de cuál será su decisión.

¿Qué tiene que pasar para que un producto deje de venderse como antes? Pues es bastante sencillo, o bien el producto deja de ser interesante o indispensable, o bien aparece un producto similar y más barato, o bien sencillamente deja e venderse. En cualquier caso, el hecho de que la gente tenga menos dinero para gastar, o que todo se encarezca por encima de las posibilidades de compra de la mayoría de la gente, pone en peligro la venta de cualquier producto. Si la gente puede gastar menos (bien porque le paguen menos, bien porque la inflación haya hecho que su dinero valga menos y pueda comprar menos cosas), comenzará a dejar de gastar tanto. Y es increíble cómo de similar es el comportamiento de la gente en ese sentido. Todo el mundo decide comenzar a ahorrar por el mismo tipo de productos, por ejemplo: el cine, las salidas nocturnas, las cenas fuera de casa, los viajes, pero también los productos electrónicos, la ropa… Para una empresa de ropa de cierta calidad, el hecho de que la población gane menos dinero significa que sus ventas caerán en picado, con lo que, si la situación se alarga más allá de unas semanas, los ingresos caen, y en unos meses se comienza a plantear la necesidad de recortar gastos en la producción. Eso se traduce por lo general en despidos. Así, el hecho de que a los demás no les vaya bien económicamente se puede terminar traduciendo en que tu puesto de trabajo peligre.

Ése ha sido uno de los grandes factores de esta crisis. Lo que ha ocurrido ha sido que las políticas llevadas por la mayoría de las empresas en los últimos diez o quince años, de recortar gastos eliminando puestos de trabajo, sustituyendo los puestos de personas que se jubilaban por puestos de prácticas de empresa, los contratos temporales y los recortes sociales en general han terminado por producir una gran bolsa de gente que puede trabajar pero que no se puede permitir gastar al mismo ritmo y al mismo nivel con que se consumía hace unos años. En nivel adquisitivo general ha descendido, no porque las personas en concreto ganen menos, sino porque los jóvenes que se han ido incorporando al mercado labolar -sustituyendo a las personas que se han ido jubilando o prejubilando- lo hacen cada ve más tarde y cobrando menos, y a su vez, cada vez hay más puestos de trabajo “baratos”.

Esto genera dos preguntas. La primera tiene respuesta inmediata. ¿Por qué o para qué ha ocurrido todo esto? Sencillamente porque toda empresa busca el beneficio económico. Es la ley última del capitalismo: el máximo beneficio. Las empresas buscan la mayor cantidad de dinero, con tal de que no perjudique a su propia supervivencia. De hecho, la supervivencia de una empresa depende exclusivamente de la obtención de beneficios económicos. Las empresas funcionan si hay dinero para pagar a sus empleados, para comprar instrumentos que hay que recambiar, para comprar materias primas, para pagar el transporte de esas materias primas a las fábricas y de los productos a los mercados, etc. Ese dinero sale de los beneficios, y de la inversión. Las empresas buscan inversores que paguen, en espera de recibir parte de los beneficios. Cuanto más beneficio obtiene una empresa, más gente estará dispuesta a invertir en ella. Así que en último término, las empresas existen porque existe gente con dinero dispuesta a conseguir más dinero, sin importarles nada más.

La segunda pregunta requiere un análisis mucho más profundo, y será el tema de un nuevo artículo: ¿cómo hemos podido entonces sobrevivir hasta ahora, si desde hace más de 15 años cada vez hay menos gente con capacidad adquisitiva como para comprar todo lo que se produce? ¿Cómo puedo argumentar que cada vez la gente tiene menos poder adquisitivo, cuando estamos sin lugar a dudad ante el momento de mayor producción de la Historia? La respuesta: próximamente.

26
Sep
09

La crisis (I): la especulación.

Viñeta de Elrich publicada en el periódico El País el 19/11/2009.Sé que ya no está de moda eso de hablar de la crisis económica. Lo seguimos escuchando en las noticias, pero ya por motivos políticos (en los medios nacionales) o para comprobar que todos los augurios dicen que estamos llegando al final de los días negros (en los medios internacionales).

Precísamente por esta razón me gustaría volver a hablar de lo que ha sucedido y dar mi opinión de por qué ha sucedido. Lo hago porque -a pesar de que se me acuse de agorero- no creo que hayamos aprendido la lección, y que por lo tanto tarde o temprano (mi opinión es que mucho más temprano que tarde) volveremos a vernos en las mismas, o en peores.

Hace un año, medios internacionales se referían a la crisis económica que entonces se desataba en términos casi apocalípticos. Se hablaba del fin del capitalismo, de la necesidad de reformarlo, refundarlo o incluso de cambiar de modelo económico. La sensación que tengo, un año después y sin ser ningún entendido en economía y finanzas, es que no se ha hecho nada para evitar que en un futuro nos encontremos en idénticas situaciones. Se ha apelado, a veces con euforia, a los signos de recuperación para hacernos olvidar que hemos llegado a esta situación por algo, y que las cosas han de cambiar mucho para que no volvamos a encontrarnos con el mismo problema.

Sobre el por qué esta crisis es más fuerte que otras anteriores se ha escrito y dicho mucho. Me gustaría no obstante dar mi opinión, que pasaré a detallar, pero que adelanto que se funda en tres factores: la progresiva desaparición de la clase media, el aumento del crédito de “alto riesgo”, pero sobretodo debido a la generalización de la especulación, especialmente a la especulación con los bienes básicos.

La gran pregunta es: ¿por qué esta crisis, que ahora que comienza a declinar ha llegado a ser considerada como la crisis del sistema capitalista? Uno podría preguntarse qué es lo que ha hecho de esta crisis algo tan preocupante para muchos, por qué los medios unánimente la han considerado como la mayor amenaza al sistema económico capitalista, por qué incluso los líderes internacionales comenzaron a hablar de la necesidad de reformar el propio sistema, cuando al fin y al cabo, lo que muchos hemos experimentado no es distinto a lo que antes que nosotros han experimentado ya los que sufrieron las anteriores crisis: aumento del paro y dificultad a la hora de encontrar empleo. Lo normal en una crisis económica, ¿no? ¿Por qué entonces ésta es especial?

Para encontrar la razón hemos de regresar en el tiempo unos años. Podríamos debatir ad nauseam sobre el punto en concreto que comenzó a desencadenarlo todo, pero en realidad eso no tiene importancia. La economía se basa en modelos caóticos, es decir, en modelos matemáticos que no se pueden predecir, pero sí se pueden analizar. La dificultad a la hora de predecir lo que va a ocurrir proviene del famoso efecto mariposa. En economía, cualquier acción, por mínima que sea, podría tener consecuencias impensables, tanto para bien como para mal. Pero por lo general, el tiempo que transcurre entre que una mariposa bate sus alas económicas y que el huracán económico devasta la economía es demasiado amplio (económicamente hablando) como para poder encontrar la dichosa mariposa. Así que nuestra mariposa puede que haya muerto ya hace mucho cuando el batir de sus alas ha provocado la tormenta. Por esa razón me centro no en buscar la mariposa, sino en explicar cómo ha podido ocurrir esto.

En algún momento en el pasado a alguien se le ocurrió una manera inteligente de ganar mucho dinero de manera fácil y rápida. El problema es que se necesitaba mucho dinero para ello. Uno, con ese sistema, podría multiplicar en sólo unos meses el dinero invertido por 2, por 3, por 10… La idea era bien sencilla, y se basaba en la ley principal de la economía: la ley de la oferta y la demanda, que viene a decir que si hay poca leche, la leche es más cara. Está claro, ¿verdad? Si hay poco de un producto, quien lo vende puede decidir subir el precio. Esa es la razón de que productos artesanales, manufacturados, o de gran calidad sean más caros. Si un zapatero italiano tarda cuatro días en fabricar un par de zapatos, los venderá mucho más caros que una fábrica en la que se hacen 2000 en un día. La oferta (la cantidad de producto) es escasa, y la demanda (la cantidad de personas que desean el producto) es amplia, por lo tanto el zapatero puede pedir mucho dinero por sus zapatos. Naturalmente esto depende de un pequeño factor: nuestro zapatero no puede ser un manazas. Si el resultado final de su trabajo es de mala calidad, nadie querrá sus zapatos, luego aunque la oferta sea muy limitada, si la demanda también lo es, el precio no puede ser fijado por el ofertante.

Así que no todo producto da grandes beneficios. Productos como la leche, el pan, el azucar… son bienes básicos. Todos los necesitamos y consumimos a diario. La demanda es alta. Pero la oferta también lo es, por lo que al final el precio tampoco es elevado. Pero, ¿qué pasaría si un producto muy demandado tuviera poca oferta…?

Pensemos por un momento que un producto como la leche comienza a escasear, y que lo hace de manera repentina. Pensemos por un instante en que de la noche a la mañana desaparece la leche de las estanterías de los supermercados. Y supongamos que esa circunstancia no es algo puntual, sino que se extiende en el tiempo: semanas, meses sin leche, sin nata, sin queso, sin yogurt… Las pizzerías no podrían trabajar, miles de millones de restaurantes en el mundo tendrían que cerrar. Y eso por no hablar de la preocupación de miles de millones de madres. Supongamos ahora que se empieza a producir leche y sus derivados, pero en cantidades muy pequeñas. ¿Cuánto estaría dispuesta a pagar la gente por un litro de leche, por un queso, por un yogurt? ¿Alguien imagina el precio que alcanzaría un plato que llevara nata entre sus ingredientes?

Esto que parece economía-ficción es algo que no es tan descabellado. No hace mucho asistimos a un importante aumento del precio en los cereales. La razón fue que el biodiesel puede producirse a partir de trigo, por ejemplo, y las empresas de biodiesel pagan mucho más por el trigo que los panaderos.

A algún hijo de puta sin escrúpulos se le ocurrió un día pensar en lo siguiente: todo el mundo necesita ciertos productos. No necesariamente los compran de manera directa, pero todo el mundo los consume a diario de una manera o de otra. Si uno se hace con muchísimo dinero y consigue comprar una buena parte de todo ese producto que se compra y vende todos los días, podría controlar el precio de ese producto. Por ejemplo: el petroleo. Si consiguiera dinero suficiente como para comprar una enorme cantidad de barriles de petroleo, podría sencillamente encerrar esos barriles. La oferta entonces se reduciría mucho, y como la demanda es la misma, el precio subiría. En ese momento podría sacar mis barriles y venderlos. Así ganaría mucho dinero, mucho más del que necesité para poner en marcha mi plan.

Las cosas no son exáctamente así. De hecho, son más sencillas aun. Nadie necesita realmente almacenar los barriles de petroleo, nadie necesita transportarlos hasta un lugar seguro, encerrarlos en un inmenso almacén, poner guardias de seguridad para que nadie los robe… Lo único que ha de hacer es abrir una cuenta en un agente de inversión y darle la orden de comprar petroleo en la bolsa de Nueva York. No se necesitan varias semanas reteniendo el crudo, basta con hacerlo unos cuantos segundos, minutos, horas en el peor de los casos. El dinero viaja muy rápido. El único obstáculo es conseguir el dinero suficiente.

El proceso que acabo de describir se llama especulación. El petroleo ha sufrido un enorme proceso de especulación. En septiembre del 2003 el precio del barril de petroleo rondaba los 25 dólares. El 11 de julio de 2008 se llegó a pagar 147,25 dólares por un barril Brent. Es casi multiplicar por 6 el precio. Es decir, en casi 5 años, por cada dolar gastado originalmente en especular con el petroleo, se obtendrían 5 dólares extra.

El petroleo es un producto de consumo diario. No me refiero a la gasolina. El petroleo es mucho más que gasolina, es muchísimo más. Yo no tengo coche, ni moto, ni nada de eso, y consumo a diario mucho petroleo. Piense en cualquier envoltorio de casi cualquier producto. Con enorme probabilidad está hecho de plástico, y los plásticos se producen a partir de petroleo. Calefacción, agua caliente: en muchos casos usan como combustible algún derivado del petroleo. La electricidad también puede provenir de centrales termoeléctricas. Pero lo que es más importante: el transporte. Puede que yo no tenga coche, que sea muy ecologista y sólo me mueva en bicicleta, tren, transporte público y ocasionalmente en avión (excepto la bicicleta, todo lo demás se mueve usando algún derivado del petroleo como combustible), pero ¿qué hay de los productos que compro a diario? ¿Cómo ha llegado hasta mi supermercado habitual ese racimo de uvas que me estoy comiendo en este momento? Los productos de todo el mundo se mueven gracias al petroleo, ya sea por tierra, mar o aire. Los combustibles derivados del petroleo son los que permiten que los barcos atraviesen los mares cargados con frutas del otro lado del mundo, son los que posibilitan que en tu supermercado haya tomates murcianos a pocos metros de reproductores mp3 chinos o de wisky escocés. La demanda de petroleo es muy fuerte, y quien puede controlar aunque sea una parte de la oferta, puede hacer estragos en la economía de miles de millones de personas.

Pero el petroleo no es el único bien esencial que hemos visto encarecerse sin motivo aparente en los últimos años. Hace algún tiempo, en España observamos cómo el tomate se encarecía repentinamente, sin ningún motivo aparente. Lo mismo ocurrió con el aceite de oliva hace más tiempo aun. El trigo ya lo he mencionado. También pasó algo parecido con el pollo. Se dio la circunstancia de que mientras por un lado la carne de pollo estaba muy cara, por otro lado los criadores de pollo se veían obligados a venderlos a un precio que ni siquiera cubría lo que a ellos les había costado criarlos. Los criadores de pollo perdían dinero en el momento en el que el pollo estaba más caro en la historia de España.

Excepto en el caso del trigo -que responde a la explicación de los biodiesel-, lo demás se debió únicamente a la especulación. Es lo que conocimos entonces como “los intermediarios”. El problema era que el criador de pollos -o el cultivador de olivo, o el de tomates- no es casi nunca el que vende sus productos en el mercado. Ya poca gente va al mercado. La mayoría de la gente compra en supermercados. El que cria el pollo -o cultiva el tomate, o el olivo- no vende tampoco directamente sus productos a un supermercado. Existen lonjas, que no son otra cosa que lugares donde los que producen alimentos venden su cosecha o sus animales, y ciertas empresas se las compran. Esas empresas no suelen ser tampoco directamente los supermercados. Suelen ser empresas que compran el producto y lo transforman de alguna manera. El pollo  o el tomate llegan casi de la lonja al supermercado, pero no así el aceite o las aceitunas. En cualquier caso, la lonja es un intermediario, y para muchos de nosotros es un intermediario necesario.

El problema es que en la lonja entró la especulación: yo voy a vender mi pollo, y me encuentro con alguien que compra todo el pollo. Esa persona tiene mucho dinero, y lo compra sistemáticamente todo. Así día a día, semana a semana, mes a mes. Al final la lonja deja de tener sentido, porque ya sólo van los productores -todos los que criamos pollos- y ese señor que siempre compra todo. Al desaparecer el resto de compradores él acapara toda la demanda. De repente los papeles se han cambiado, porque como ahora es él el único que compra, la demanda se ha reducido. Ahora él compra barato, muy barato. Y una vez que tiene toda la producción, la vende cara, muy cara. Hace lo mismo que el que especula con el petroleo.

A veces esto se realiza en varias fases, con varios especuladores: uno se lo vende a otro, que lo vende mucho más caro a un tercero, antes de venderlo finalmente a alguien por un precio mucho mayor que el del comienzo. Total, al final todo el mundo come tomate, aceite de oliva y pollo. Al final alguien va a pagar, va a pagar el pollo. Al final los que pagamos el pato somo todos, los de siempre, tú y yo. Y de paso el productor, que ve cómo apenas le da para cubrir gastos, y a veces ni eso. Mientras, cuatro hijos de puta se han forrado sin hacer nada. Bueno sí, puteandonos a todos.

Pero la guinda del pastel no es ni mucho menos esa. A alguien se le ocurrió en mala hora una idea mucho más retorcida: ¿por qué no especular directamente con el bien de consumo que, siendo absolutamente necesario, sea a la vez el más caro de todos? Y así es como nació la especulación inmobiliaria. Hacer mucho dinero especulando con las casas de la gente. Si yo me dedico a comprar casas, pisos, viviendas, etc, consigo hacer que en el mercado inmobiliario descienda la oferta, y como la demanda es la misma (la gente tiene que vivir en algún sitio), el precio aumenta. Al fin y al cabo se trata de que los que compren un piso se pasen un año o dos más pagando. Eso no les va a matar.

Mucho hemos escuchado sobre la burbuja inmobiliaria, pero ¿sabe ya lo que es? Pues precisamente es esto que acabo de explicar: cómo se “hinchan” los precios de las viviendas de manera artificial, debido a que la demanda siempre es más alta que la oferta. Se basa en el principio que antes he comentado: como es un bien de primera necesidad, la gente no va a dejar de comprar casas. Y si nadie las compran, pues se alquilan y ya está. Porque la gente necesita tener un espacio donde vivir. Pero además, la burbuja inmobiliaria se basa en otro principio, que es falso: siempre hay alguien dispuesto a pagar un poco más por la misma vivienda.

Durante años he visto cómo muchos de mis amigos se lanzaban a comprar un piso, con el lema de “los precios no dejan de subir; si no compramos ahora, luego será más caro”. Se daba por sentado que los precios siempre iban a subir. Se respondía al falso principio de que “siempre hay alguien dispuesto a pagar un poco más”. Bajo ese lema, promovido seguramente por los propios especuladores, miles, quizá millones de jóvenes españoles han caído en una terrible trampa. Y como ellos cientos de millones de personas en todo el planeta. Porque la burbuja inmobiliaria, queridos amigos, no es un fenómeno exclusivo de España. No somos tan originales. Antes que la nuestra, exploto lá burbuja inmobiliaria estadounidense, seguida de cerca por la británica. Hace unos años ocurrió lo mismo con la japonesa. Y desde hace relativamente poco se están gestando burbujas inmobiliarias en Marruecos, Polonia, Rusia y Rumanía. Hay que añadir que casualmente, la caída de la economía japonesa -hayá por la década de los noventa- coincidió con el estallido de su burbuja inmobiliaria. Y más recientemente, el estallido de las burbujas inmobiliarias británica y estadounidense fueron los primeros signos de la crisis que ahora vivimos.

Esto, ni más ni menos, es la especulación. Es un medio completamente legítimo de hacer dinero, pero desde luego no es precisamente ético. Así, prácticamente sin inmutarse, mucha gente ha hecho mucho dinero. Ha hecho mucho dinero a costa del esfuerzo de mucha gente, de la gente como tú y como yo. Mientras que tú y yo tenemos -o teneis, los que aun conservais vuestro empleo- que levantaros todas las mañanas muy temprano para ir a trabajar, perder entre una y dos horas al día de vuestro tiempo sólo en llegar o regresar de vuestro puesto de trabajo y encima tener que aguantar a vuestro jefe durante ocho o más horas al día, una serie de personas sólo tienen que levantarse a la hora que quieren, encender su ordenador y comenzar a ganar el dinero que vosotros les estais generando, casi sin inmutarse, casi sin moverse de su asiento. Mientras nosostros tenemos que hacer cuentas para poder salir a cenar una noche al mes, ellos pueden dedicarse a tostarse mientras navegan con sus yates. Y eso sólo porque han decidido que todos nosotros somos unos idiotas dispuestos a pagar lo que sea. Y ellos unos listos, que nos venden lo que sea.

Así estamos. En la próxima entrega hablaré de la desaparición de la clase media. Hasta entonces, saludos.

07
Ago
09

07/08/2009

“Cuando te ocurre algo malo tienes que pensar que se te pasará; aunque tú no lo creas, se te pasará, y a veces te acordarás de las cosas como si le hubieran pasado a otro.”

Elvira Lindo. Manolito Gafotas.

28
Jun
09

Historias de A

A es licenciado en matemática. Obtuvo la mejor nota en la Selectividad en su comunidad autónoma. Realizó su licenciatura a curso por año. Proviene de una familia de clase media, sin lujos pero sin agobios. Durante toda su licenciatura ha disfrutado de la beca compensatoria del ministerio, que le permite estudiar sin tener que trabajar, ya que se le paga la matrícula y alrededor de 3000 € anuales. A tiene una mente realmente brillante, tiene un gran futuro como matemático por delante. Podría trabajar prefectamente en cualquier equipo de investigación (en una universidad o en una empresa).

Obtenida su licenciatura, A se decide por estudiar unas oposiciones para ser profesor de secundaria. No es su vocación. Sabe que dar clases a una panda de adolescentes es estresante, a veces incluso peligroso, y que la sociedad no reconoce ese trabajo. Pero es la oportunidad de ser funcionario, de trabajar en algo seguro, bien pagado, con mucho tiempo libre y buenas vacaciones.

A tiene que competir por una plaza con varios miles de opositores. Algunos son interinos con varios años de experiencia en aulas, por lo que parten con una enorme ventaja sobre él. Si un interino realiza el mismo examen que A, tendrá más puntos que él.

A se prepara el temario durante 2 años. Son dos años de durísimo trabajo, de una enorme disciplina, de repasos. De poco le sirve ahora todo lo que ha estudiado, porque en la oposición no se trata de comprender lo que estudia, sino de luchar contra el paso del tiempo. Es una doble lucha. Por un lado lucha contra el calendario. Las semanas pasan, y A tiene que memorizar los temas, uno a uno, para repetirlos como un papagallo. Por otro lado es una lucha contra el reloj: tiene que condensar cada tema en lo fundamental, para que quepa perfectamente en el tiempo que tiene para exponerlo en el examen. Así que no sirve de mucho todo lo que ha estudiado durante su licenciatura: ahora se trata, sencillamente, de ser el mejor en técnicas de estudio. Y cualquiera que haya estudiado la licenciatura en matemática sabe que estudiar la carrera no tiene absolutamente nada que ver con estudiar un temario. En la licenciatura de matemática no valen las técnicas de estudio. Lo único que vale es comprender lo que lees, comprender cada demostración, cada paso que das, y realizar cientos de ejercicios y problemas. De nada vale subrayar, hacer esquemas, resúmenes, etc. Todo eso no funciona en la licenciatura en matemática. Así que A se ve en la tesitura de tener que comenzar de cero.

A tiene que competir con muchos de sus compañeros, tiene que competir con interinos, tiene que competir con muchos otros opositores de oposiciones anteriores, de otras comunidades. E incluso tiene que competir con licenciados en otras areas, que perfieren dar clases de matemática antes que de aquello de lo que se han  licenciado (por ejemplo, muchos físicos optan por opositar en matemática porque no quieren tener que enseñar química). A está muy seguro de sí mismo, pero una oposición es algo muy distinto a todo lo que ha estudiado anteriormente. Tiene que luchar también contra sí mismo: contra sus nervios, su ansiedad, sus miedos, su agotamiento, su angustia…

Finalmente llega el día del examen. Puede ser que A tenga suerte, haya conseguido el milagro de preparar los setentaytantos temas, y lo haga muy bien, pero también puede ocurrir lo más habitual: que no haya tenido tiempo material de estudiar todos los temas, y no le pregunten ninguno de los que lleva realmente bien preparados. Se puede dar la paradoja (y es una paradoja no muy improbable) que un brillantísimo estudiante como A quede muy por debajo de otros licenciados que terminaron la carrera con mucha menos nota que él, teniendo que dedicarle además varios años más que él.

A decide no ceder, y vuelve a prepararse las oposiciones de la siguiente convocatoria, 2 años más tarde. Ya tiene buena parte del camino recorrido, así que en los dos siguientes años sólo tiene que completar lo que no pudo estudiar en la anterior ocasión, y repasar, repasar mucho. Con suerte, le llaman de la bolsa de interinos para hacer alguna sustitución en algún pueblo de su comunidad autónoma, a veces muy lejanos. Eso le permite adquirir puntos extras.

Finalmente, después de 4 años de intensivo estudio, sacrificios y penurias, nuestro brillantísimo licenciado en matemática ha conseguido ser funcionario de carrera, tiene un puesto de trabajo para el resto de su vida, un sueldo envidiable (sobretodo ahora) y ya tiene la vida resuelta. Pero no todo son ventajas: ahora tiene que comenzar a enseñar, a luchar en las aulas, de por vida. En el fondo, esto no es lo que más le llena, y su trabajo se convierte para él en algo monótono, pesado e intrascendente. No es que lo pase mal, porque entre los profesores, personas que están en una situación parecida a la suya, o que ya la han vivido, suele haber muy buen ambiente, e incluso también tiene buenos alumnos. Pero a él, su trabajo en sí, no le llena. Es completamente administrativo y monótono. Es un trabajo de funcionario. Su mente está hecha para otra cosa.

Además está el tema de las relaciones personales. Tiene que compaginar su realidad laboral con una relación de varios años, lo que a menudo se traduce en llevar una vida durante la semana en un pueblo, y viajar los fines de semana durante varias horas para poder estar junto a su pareja y su familia.

Finalmente A termina asqueado de la matemática. Para él tiene una doble cara: la que tuvo durante sus estudios universitarios, seguramente una cara interesante, fascinante, estimulante, y la otra, la experiencia postuniversitaria: cuatro años de oposiciones, de estudio mecánico e insulso de un temario que en realidad ya conocía perfectamente. Cuatro años en los que la matemática ha parecido quedar para él completamente muerta, paralizada, disecada. Un temario que en su momento le resultó fascinante, interesante, pero que la presión psicológica, el tedio y la monotonía de las oposiciones conviertieron en algo indiferente, en el mejor de los casos. Y luego la cotidianidad de tener que explicar, año tras año, exactamente las mismas cuestiones elementales, los mismos ejercicios, los mismos problemas, a los mismo alumnos completamente desinteresados por la materia. Incluso el temario de las oposiciones, que él encontraba ya sencillo y conocido (a nivel intelectual, meramente matemático), es miles de veces más interesante que esa mecánica de operaciones y reglas de manipulación que, año tras año, tiene que enseñar a esos chavales completamente indiferentes, que sólo quieren que la clase pase cuanto antes. De vez en cuando aparece un chico o una chica brillante, interesado por la materia, y algo de la magia, de la ilusión, vuelve a su espíritu. Pero A está perdido completamente para la matemática. A se ha convertido en un funcionario.

La historia que acabo de contar es ficticia, pero es el argumento general de muchas de las mejores mentes matemáticas que he tenido el privilegio de conocer. En los 12 años que he tardado en completar mi licenciatura, he podido conocer a personas realmente bien dotadas para la matemática, mentes muy brillantes, que podrían haber hecho descubrimientos interesantes, o que podrían haber aportado bastante al avance del conocimiento. Hay muchas personas reales -realmente muchas- que podrían interpretar perfectamente el papel de A. Incluso muchas de esas personas no han tenido tanta suerte como A, y han tenido que pasarlo muy mal durante sus estudios, sus oposiciones o incluso durante su vida laboral como maestro de secundaria. Por supuesto, también hay maestros por vocación, personas muy brillantes que desde el primer día que comenzaron sus estudios tenian ya clarísimo que lo que ellos querían era enseñar, dar clases, ser maestros. Ellos lo son por vocación, y aunque eso no signifique que no lo hayan pasado mal, luego obtienen la recompensa de trabajar exactamente en aquello que siempre han querido. A ellos no les es aplicable esta historia, naturalmente.

Ahora viene mi reflexión: dejando al margen a los maestros vocacionales, aquellas personas para las que enseñar es su pasión, ¿no es un enorme despilfarro de dinero, recursos, y -lo que es peor- de potencial científico todo esto? El Estado invierte en cada una de esas personas una interesante cantidad de recursos para formarlas, para dotarlas de unos conocimientos y unas destrezas con las que desarrollar una labor: la labor del matemático. La matemática trata, en último término, de resolver problemas. Problemas como el de desarrollar las herramientas necesarias con las que modelizar los fenómenos de la realidad. Gracias a la matemática tenemos hoy en día, por ejemplo, los archivos mp3, la telefonía móvil, el GPS… Pero también se han desarrollado nuevas técnicas de detección precoz de enfermedades, se sabe mucho más sobre el genoma, han aparecido nuevas manera de diagnosticar enfermedades, se puede planificar mejor cómo realizar una plantación de tomates para obtener los máximos beneficios, se puede predecir el tiempo meteorológico con bastante más precisión y con más días de antelación… Gracias a la matemática hoy en día una empresa puede decidir cómo realizar los turnos de trabajo para obtener mayores beneficios sin necesitar que los empleados trabajen más. Gracias a la matemática se pueden establecer las rutas más seguras y a la vez más baratas para realizar transportes, tanto de mercancía como de pasajeros, con lo que ahora mismo puedes viajar a Londres, París, Berlín, Roma o Praga por un precio que hace sólo quince años parecía imposible. Gracias a la matemática podemos comprar a través de internet, de manera segura, con lo que cualquiera puede montar en su casa una tienda on-line. Gracias a la matemática se ha podido determinar con una enorme exactitud qué riesgo se corre de que una persona a la que se le da un crédito pueda o no pagarlo (sí, el origen de la actual crisis está precisamente en cómo los bancos ignoraron esos cálculos, en cómo -a pesar de que el riesgo de que esas personas pudieran no devolver el dinero era muy alto- decidieron anteponer beneficios a sentido común, maquillando a veces los resultados matemáticos o minimizando su importancia).

La matemática está detrás de miles de situaciones que la gente ignora. Muchas decisiones muy importantes en tu propia vida se toman en un despacho después de que alguien haya hecho una serie de cálculos. Alguien con una gran capacidad de análisis. Alguien que no es sustituible por una computadora, porque aunque una computadora pueda hacer esos cálculos -y de hecho son ellas las que siempre hacen esas cuentas-, ninguna tiene los conocimientos necesarios para interpretar esos cálculos, ninguna sabe cómo tomar decisiones con esos cálculos.

La investigación es la piedra angular del desarrollo de una sociedad. Un país desarrollado es siempre un país en el que se ha invertido y se invierte mucho en investigación. Existe en España un enorme potencial científico desperdiciado. La ausencia de inveresión en investigación nos condena a ser un país cateto. Sólo hay que pensar en cómo la crisis está afectando a España, el país del ladrillo, y cómo está sin embargo afectando a un país como Alemania, de una gran tradición investigadora. La investigación tiene como corolario la industrialización, la diversificación de la economía, y la capacidad para sortear mucho mejor una situación de crisis económica. En España no se ha dado la oportunidad a muchas de sus mentes más brillantes para que aporten sus ideas, para que contribuyan a la investigación. Al licenciado en matemática se le condena a optar entre ser programador en una cosultoría -1000€ al mes, durante varios años, trabajando sin horario ni calendarios, en un puesto para el que no ha sido formado durante su licenciatura: un matemático no es un programador, aunque puede reconvertirse en uno-, opositar en secundaria, o trabajar de lo que sea, sin ninguna relación con la matemática. Pero lo peor de todo es que no es cierto que no se invierta en esa persona. Como alguien muy inteligentemente me apuntó tras mi anterior artículo, el Estado paga cinco sextas partes del coste de cada alumno universitario. En el caso de los becarios, cubre el 100% de ese coste, y además le ayuda económicamente. El Estado hace una fuerte inversión en cada alumno universitario. Pero es que la hace muy mal.

Si la matrícula de un alumno universitario cubre sólo la sexta parte de lo que realmente cuesta que ese alumno estudie, ¿qué es lo más inteligente? ¿Que el alumno no reciba recursos económicos y alargue sus estudios año tras año, porque tiene que dedicar parte de su tiempo -en muchos casos además son las mejores horas de su tiempo, aquellas en las que más puede aprender- realizando un trabajo completamente no cualificado, obligando al Estado a cubrir, año tras año, las cinco sextas partes de lo que ese alumno cuesta? ¿O es más inteligente cubrir también esa sexta parte y financiar al alumno para que pueda dedicar plenamente su tiempo y sus esfuerzos a estudiar, y termine lo antes posible? A mí no me cabe ni la menor duda de que, con la financiación adecuada, liberándome de tener que impartir clases particulares o de trabajar de lo que fuera para pagarme los estudios, en lugar de 12 años, hubiera necesitado tal vez 6 o a lo más 7. Es sencillo hacer las cuentas: si se me hubiera dado beca desde el principio, el Estado hubiera gastado mucho menos en mí que no haciéndolo. Yo le he costado más al Estado, sin beca, que lo que le hubiera costado con beca. Y os aseguro que mi caso no es un caso aislado.

Pero no es mi intención ir por ese camino. Lo que me pregunto es, ¿para qué esa enorme inversión? ¿Para que luego toda la capacidad se vaya en enseñar a multiplicar potencias de la misma base, año tras año? Está claro que España no puede prescindir de la investigación, de la ciencia, de la cultura, de la Universidad. Hay que ser muy cateto, muy ignorante, muy torpe y muy estúpido para no darse cuenta de que un país desarrollado es siempre un país culto. Actualmente, nivel cultural y nivel económico de una población van parejos (siempre que el Estado invierta lo suficiente en investigación). Por la sencilla razón de que la cultura es conocimiento, el conocimiento bien financiado conlleva investigación, y de la investigación sale la industria, que genera riqueza. Y la cultura es un todo. No basta con crear ingenieros. La gente con conocimientos, la gente culta, tiene unos gustos, unas motivaciones, unas inquietudes. Invertir en arqueología también repercute, a la larga y de manera indirecta, en la producción tecnológica. Los grandes centros científicos de todos los tiempos han sido siempre a la vez grandes centros artísticos y culturales. Los lugares en los que se intenta fomentar la ciencia sin fomentar otros aspectos culturales no cuajan. Por la sencilla razón de que los a científicos, cuando no están estudiando, les gusta distraerse con cosas que no tienen nada que ver con la ciencia. Cualquier sala de teatro, danza, cualquier ópera, cualquier museo de arte tendrá con toda seguridad al menos una tercera parte de su público formado por científicos, médicos, ingenieros, etc. Si le preguntas a cualquier investigador si prefiere vivir en un lugar donde no hay actividades culturales e intelectuales o vivir en un sitio donde hay exposiciones, teatro, librerías, auditorios, la respuesta es evidente.

Un licenciado en matemática es una persona que, con independencia de lo que el Estado haya ya invertido en él, ha realizado ya un enorme esfuerzo formativo. En general, cualquier licenciado lo es, pero yo hablo del caso que me toca, porque es el caso que conozco bien. La sociedad no puede permitirse el lujo que supone formar a alguien así para luego tenerla haciendo un trabajo que podrían haber hecho muchos otros profesionales. Y como un país no puede permitirse el lujo de no invertir en gente que pueda investigar, la conclusión lógica es que lo inteligente es hacer una invesrión más fuerte, para que cuando esa persona se forma, en lugar de irse al extranjero -donde las expectativas laborales son mucho mejores, y además va a tener una enorme oferta cultural-, revierta en la sociedad los dividendos de la inversión que se ha hecho en esa persona. No es sólo una labor del Estado. La empresa también tiene que ser consciente de ello, del enorme potencial de beneficios que supone invertir en investigación. Es una inversión a largo plazo, pero cuyos dividendos son altísimos. No existe ninguna sociedad rica que no mime a su clase intelectual y científica.

A pasará los próximos 40 años enseñando a multiplicar matrices y cosas así. Su gran ineligencia y sus conocimientos ya se están malgastando, y es ya inveitable que se pierdan. Por supuesto que juega un papel importante en la sociedad, pero desde luego no se le permite jugar el importantísimo papel que podría desempeñar.

A veces me pregunto cómo sería el mundo actualmente si Gauss hubiera estudiado unas oposición y se hubiera dedicado toda su vida a bregar con adolescentes en una clase. A veces me pregunto la cantidad de avances que nos estamos perdiendo (y el nivel económico que no llegaremos nunca a alcanzar) por la cantidad de Gauss que están dando clase en institutos.

14
Jun
09

58 millones de euros

Un millón de euros son 166.386.000 pesetas. 58 millones vienen a ser alrededor de los 10.000 millones de pesetas.

Yo tardé 12 años en terminar la licenciatura en matemática, entre otras cosas, porque para poder pagar la matrícula tenía que dar clases particulares, ya que no alcanzaba los parámetros académicos necesarios (aprobar el 80% de los créditos matriculados). Gastaba mis tardes yendo y viniendo (naturalmente andando, porque en Cádiz un bonobús son 10 viajes, no hay ninguna otra oferta para personas que toman mucho el autobús) a las casas de mis alumnos, e intentando meter en la cabeza de aquellos adolescentes cómo se suman fracciones, cómo se multiplican matrices, cómo se derivan funciones… Las horas más fructíferas del día para el estudio se me iban en explicar una y otra vez algo que yo ya sabía perfectamente, en obligar a hacer y corregir una y otra vez, constantemente, ejercicios que para mí no tenían el menor interés, en lugar de aprender y estudiar lo que realmente estaba viendo en clase. Luego llegaba a casa a eso de las ocho, mentalmente desgastado, y después de cenar me ponía a estudiar, hasta que mi cabeza decía “basta”. Cuando llegaba la época de exámenes, mis alumnos, aterrorizados, y sus madres, preocupadas (tanto por el hecho de pensar que su hijo o hija iba a terminar suspendiendo, como por el de pensar que todo el dinero gastado no iba a terminar sirviendo para nada) me pedían dar más clases. Naturalmente, para alguien que tenía que pagar la matrícula de ese curso y preveer cómo pagar la del curso siguiente, esa oferta no se podía rechazar. Así que mientras mis compañeros estaban concentrados estudiando para los exámenes, yo tenía que repartir mi tiempo y mis energías entre estudiar para mis exámenes y en dar más clases a mis alumnos. Por supuesto, el mejor horario se lo llevaban ellos, y yo me tenía que conformar con las obras de mi tiempo y de mi capacidad de concentración. Así año tras año. Los resultados son fáciles de imaginar: ganaba lo suficiente como para pagar la matrícula de las asignaturas que no podía estudiar porque tenía que dar clases particulares.

No me cabe ni la menor duda de que lo que cuento le sonará a más de uno y de una.

Un día me cansé, y le dije a mi madre que al curso siguiente me iba a centrar en los estudios. Que no iba a dar más clases y que necesitaba su ayuda. Ella lo vio bien, e intenté romper el círculo vicioso en el que me hayaba. El problema fue que estaba exactamente en el punto de no retorno de la licenciatura: para comprender lo que estudiaba necesitaba de cientos de conceptos, teoremas, definiciones y resultados que había aprendido (mal) varios años atrás. Mientras que mis compañeros (los que iban más o menos bien) tenían esos resultados y conceptos algo más frescos, y repasarlos no les resultó una proeza, yo tenía que bucear entre apuntes de 4, 5 ó 6 años atrás y recordar qué era esto o aquello. Era como estudiar dos carreras a la vez. Así que aunque creo que hice lo único que podía hacer para poder terminar finalmente mi licenciatura, seguramente lo hice demasiado tarde.

En esos días no podía dejar de pensar en lo paradójico de la siguiente circunstancia: una vez leí que por encima de Medicina, Teleco o Arquitectura, las carreras consideradas más difíciles eran, a la par, Matemática y Física. Si estudias una carrera normal tienes que aprobar un 80% de los créditos matriculados (para el que no esté familiarizado con el lenguaje de los créditos, corresponden a 10 horas de clase; así, una asignatura de 9 créditos es una asignatura de 90 horas de clase, y es la medida que el Ministerio considera a la hora de medir el rendimiento de tu esfuerzo: de cuántos créditos te matriculas y cuántos de ellos apruebas; como digo, para obtener una beca, yo tenía que matricularme de al menos 54 créditos en un curso, aprobar al menos 43,2, o sea, 43,5 con el redondeo, volver a matricularme de 54 créditos y entonces es cuando me podían dar ya la beca). Si estudias una carrera técnica (una ingeniería o una arquitectura), basta con aprobar el 60% de los créditos. La razón: las carreras técnicas se consideran más difíciles por la enorme carga de Física y Matemática que contienen, y se asume que vas a tardar más en terminarla. Lo paradójico es que ni Física ni Matemática se consideran carreras técnicas…

Una vez tuve la oportunidad de charlar con un cargo de cierta importancia dentro del Ministerios de Educación y Ciencia. Cuando le planteé la paradoja me respondió que ojalá hubiera dinero para dar becas a todo el mundo, pero que como no lo había, se tenía que establecer un criterio para decidir cómo repartir el dinero. Huelga decir que la respuesta, como es normal entre los políticos, no respondía a mi pregunta. Pero ante mi inistencia me dijo que así se había considerado oportuno, y me recordó que él no estaba relacionado con ese área del Ministerio.

Así que con el tiempo tuve que volver a dar clases particulares, a andar y andar cada tarde, a repetir una y otra vez cómo se opera con fracciones, cómo se multiplican matrices, cómo se derivan funciones… De nuevo a dejar los restos de mi propio tiempo, las sobras de mi propia energía mental para mi formación. “Ojalá hubiera dinero para dar becas a todo el mundo”. Ojalá hubiera dinero para darme una beca a mí.

Podreis imginar el asco que me da hoy el sistema democrático occidental cuando me entero de que España se ha gastado 58 millones de euros (10.000 millones de pesetas) -entre 2005 y hoy- en unos misiles de alta tecnología. Lo dicho, asco.

08
Jun
09

Elecciones europeas

¿Es que hace falta que venga un matemático a decir que 1+1=2? ¿Los periódicos no saben sumar? Es increíble que todos los análisis de los resultados electorales de ayer incidan en lo mismo, en los datos superficiales, sin ser capaces de encontrar una razón que relacione esos datos, que comprenda cuál es la realidad subyacente.

Por un lado, la altísima abstención. Por otro, el ascenso de la derecha. Que si las elecciones son en clave nacional, que si no se debate sobre Europa, que si los gobiernos han tomado las elecciones europeas como un plebiscito popular… Pues voy a dar mi opinión, mi opinión de ciudadano europeo, parado y sin perspectivas de llegar algún día a formar parte de aquél estado del bienestar.

La abstención aumenta al mismo ritmo que la izquierda pierde votos, en especial la izquierda moderada. Los distintos partidos socialistas han tenido una verdadera sangría de votos. ¿Aumento de la derecha o retroceso de la izquierda? ¿Desencanto ante el proyecto europeo, aburrimiento, indiferencia? ¿No será más bien que una buena parte del electorado no se siente representado por ningún partido?

Es curioso que la abstención comenzara a crecer al mismo tiempo que los partidos de centro izquierda comenzaban a venderse a la empresa. Es curioso ver que la izquierda moderada pierde fuelle conforme se centra más en aspectos secundarios del debate político en detrimento de lo principal: el salario. Los partidos socialistas tienen cada vez un programa más parecido a los partidos de derechas en lo que a economía se refiere. Mucha reconocimiento de los derechos de las minorías -cosa que me parece perfecto-, pero se callan como putas en lo que a que a trabajo se refiere. Mucho diálogo social, mucho gritar a los cuatro vientos que no se va a abaratar el despido, pero ni una palabra sobre cómo cojones se supone que debe sobrevivir un titulado universitario ganando 1000€ al mes y pagando 700€ de hipoteca.

La izquierda europea ha perdido el norte. Se ha bajado los pantalones ante la empresa, ha permitido que la derecha construya Europa como le ha apatecido, y ahora se lamenta por los malos resultados cosechados, por la alta abstención y por dejar Europa en mano de los neoliberales por otros cinco años más, y sobretodo porque a ver qué hacen ahora con tanto candidato que ya no va a tener asiento y que hay que meter con calzador donde sea. Izquierda caviar, de traje y corbata, que vendió a sus votantes por 30 monedas de plata y sólo se lleva las manos a la cabeza cuando ve peligrar de verdad sus escaños (esto es, sus sueldos).

¿Qué razones puede tener una persona de la izquierda moderada para votar? ¿Cómo va a depositar su confianza en un partido que es incapaz defender con uñas y dientes lo conquistado hasta ahora, que prefiere el bien de la empresa al bien de los ciudadanos? ¿Cómo se supone que un licenciado que cobra 1000€ al mes (sin perspectivas de mejorar a medio plazo) y paga 700€ de hipoteca va a confiar en alguien que después de cinco años gobernando -cuatro de los cuales de bonanza económica- se ha dedicado a mirar para otro lado al respecto? ¿Cómo se supone que una persona con ciertos ideales va a sentirse identificada con otra persona que usa el término “progresista” para definirse, pero que es incapaz de levantar la voz y denunciar que mientras los dueños de los bancos ganan cientos de millones de euros al año, los trabajadores (trabajadores, no mendigos) las pasan putas para poder tener un techo? ¿Qué persona con dos dedos de frente va a sentirse identificada con un partido que permite que se destrulla el tejido social, la clase media, que se retroceda en cuestiones como salarios, beneficios laborales, que se recorten impuestos…?

La izquierda moderada ha renunciado hace tiempo a un pilar del izquierdismo: la redistribución de la riqueza. Se dedica a postular que hay que proteger a los que menos tienen, pero se cuidan mucho de atacar a los que más tienen. En consecuencia, al final se reparte sólo lo que ponemos entre todos, con lo que al final los ricos salen siendo más ricos. Como es la clase media la que paga, encima lo que está permitiendo es que la gente pida a gritos menos impuestos: no sólo no es capaz de movilizar electores, sino que además le da argumentos a la derecha para que le robe votantes.

En los países nórdicos se creó un sistema político utópico, un sistema que funciona y que se llevó perfectamente a la práctica allí. Un sistema económico que permite crecimiento económico a la vez que enormes ventajas sociales. Es la demostración de que es posible, de que puede funcionar una economía basada en servicios públicos, impuestos altos, enormes beneficios laborales y sociales, con tal de que se ponga claro que es eso lo que el pueblo quiere. Durante décadas, en Suecia gobernó la socialdemocracia demostrando que el sueño se puede hacer realidad, que funciona y que genera un sistema eficaz y estable.

Sin embargo, en el resto de Europa, lo que estas elecciones han venido a demostrarle a la izquierda es que lo contrario no vale. Venderse a los holdings, a las empresas, poner por delante el beneficio empresarial frente al bienestar del trabajador… renunciar a la lucha de clases, al fin y al cabo, a lo que ha conducido es a que la gente que se siente de izquierda moderada, que piensa en clave de unos ciertos ideales, no se vea identificada ni representada. Lo que estas elecciones han demostrado es que la socialdemocracia tiene que cambiar su discurso, su planteamiento, sus prioridades y su relación con la empresa si quiere volver a recuperar la confianza de sus votantes naturales. O eso, o va a terminar por morir muy pronto empujada por otras opciones políticas.

16
May
09

18 hombres.

Es curioso cómo una misma acción o circunstancia es percibida de manera distinta según sean sus resultados. Alguien que hace algo arriesgado es valiente o insensato según salga o no con éxito de su acción. Escuchamos con frecuencia cómo se alaba a alguien por su intrepidez, por su valor o por su determinación, mientras que también con frecuencia escuchamos voces que cuando menos nos piden prudencia y reflexión cuando decidimos hacer algo que los demás consideran arriesgado, eso si no se nos tacha directamente de locos, idiotas, etcétera.

El 20 de agosto de 1519, cinco naves se internaban en aguas de Atlántico por la desembocadura del Guadalquivir. A bordo se encontraban 265 hombres. El 6  de septiembre de 1522 sólo una de esas naves (curiosamente se llamaba Victoria) con 18 hombres a bordo conseguían enfilar el puerto de San Lucar de Barrameda, circundando por primera vez el globo terraqueo.

La diferencia entre ser uno de los 18 o no, suerte aparte, creo que es la diferencia entre saber asumir una situación nueva, adaptarse a ella, y luchar por mejorarla. En el fondo, creo que eso es la adaptción natural. Estos campeones de la supervivencia tuvieron seguramente que pasarlo realmente mal. Realmente mal. No me cabe ni la menor duda de que tuvieron que dear a un lado sus principios en muchas ocasiones para seguir vivos.

A veces la vida se vuelve, sin razón aparente, gris, tediosa, fea, aburrida. Es como si alguien le hubiera prendido fuego y ya sólo quedaran las cenizas de lo que antes fue algo maravilloso. A veces, como ayer, me siento así.

Pero de la noche a la mañana -literalmente-, aunque las circunstancias no hayan variado en nada, la actitud sí. Me sorprendo a mí mismo con mi renovada actitud, algo impensable hace pocos años -el propio blog es testigo de ello. Las cosas han cambiado desde entonces. He aprendido muchas cosas. Ahora tengo las ideas claras, y las cosas, aunque puedan desordenarse puntualmente dentro de mi cabeza, pronto se recolocan solas. “Todo podría ir a peor”, dice Alaska en Miro la vida pasar, la canción de Fangoria. En efecto. Todo podría empeorar, y si bien es cierto que no siempre depende de uno el que las cosas no empeoren, también es cierto que quien no intenta que las cosas no empeoren, sólo puede ir a peor.

Hace muy pocos meses Pedro Solbes hizo unas polémicas declaraciones que a muchos sentaron mal. Vino a decir que los tiempos de crisis sirven para depurar y eliminar lo innecesario (no recuerdo ni encuentro las palabras exactas). Al margen de la polémica, la idea, en lo que a crisis personales se refiere, es completamente compartida por un servidor. Crisis significa <<cambio>> (en griego); las situaciones extremas nos fuerzan a cambiar o perecer. Es la ley de la selección natural. Sólo el mejor adaptado puede sobrevivir. Y el mejor adaptado significa exactamente eso, el que mejor se adapta.

Desde hace tiempo, cuando tengo días como los de ayer, me da por pensar en los 18 hombre de la nao Victoria, los que lograron llegar a San Lucar de Barrameda. Entonces me doy cuenta de lo que realmente importa, y aunque no pueda evitar sentirme como me tenga que sentir, tampoco permito que un sentimiento controle la situación. Me guta pensar que yo hubiera podido ser uno de los 18 que llegó. Tengo esa manía: no me gusta ser comida para buitres.

A seguir batallando.

15
May
09

1

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

Un nuevo segundo. Y otro. Y otro… El tiempo se arrastra perezosamente, dejando un rastro húmedo y tibio, como una babosa. Llueve dentro de mi cabeza. Hoy no es día para sobrevivir.

Un piano. Satié. Gnossienne número 1. Y el tiempo sigue arrastrándose perezoso.

A veces no queda más remedio que esperar a que termine la tormenta, a que salga el sol. Esperar, aguantar: la virtud del camello.

Pero no deja de ser cruel encerrar un espíritu indómito entre cuatro paredes y obligarle a esperar, aunque sea por su propio bien. Muchacha de grandes ojos verdes: corre, aléjate de mí. No quiero tener que pensar en tí cuando llegue el alba.

Mientras, en algún lugar, la vida sigue su camino, dejándome de lado por el momento.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

P.D.: Regresaré. Al gún día regresaré.